Si fueras un dinosaurio, amor mío

If You Were a Dinosaur, My Love de Rachel Swirsky, publicado originalmente en Apex Magazine.

 Si fueras un dinosaurio, amor mío, entonces serías un T-rex. Serías uno pequeño, solo un metro y setenta y siete centímetros, la misma altura que el tú-humano. Tendrías los huesos frágiles, y un andar tan grácil y delicado como te lo permitieran unas garras tan inmensas. Tus ojos brillarían dulcemente tras tu cresta osea.

 Si fueras un T-rex, entonces me convertiría en el guardián del zoo para poder pasar todo mi tiempo a tu lado. Te llevaría gallinas crudas y cabras vivas. Observaría brillar la sangre entre tus dientes. Haría mi cama en el suelo de tu jaula, en la tierra húmeda, acolchada por las hojas. Cuando no pudieses dormir, te cantaría nanas.

 Si te cantara nanas, me sorprendería de lo rápido que te harías a la música. Armonizarías conmigo, tu áspera y vibrante voz serviría como un extraño contrapunto a la mía. Cuando pensaras que estoy dormida, cantarías canciones nocturnas de amor no correspondido.

 Si cantaras canciones nocturnas de amor no correspondido, te llevaría de gira, iríamos a Broadway. Subirías al escenario, con tus garras clavándose en las tablas. Los espectadores llorarían ante la bella melancolía de tu cantar.

 Si los espectadores llorasen ante la bella melancolía de tu cantar, rogarían que se destinasen fondos para volver a traer a la vida especies extintas. El dinero fluiría hacia instituciones científicas. Los biólogos reverterían la genética de los pollos hasta descubrir como darles fauces y garras. Los paleontologos desenterrarían fósiles para rastrear su colágeno. Los genetistas descifrarían como crear un dinosaurio de la nada descubriendo que secuencias exactas del ADN codifican todo lo necesario para una criatura, desde el tamaño de las pupilas hasta lo que permite al cerebro admirar un atardecer. Trabajarían hasta crearte una compañera.

 Si te crearan una compañera, sería dama de honor en tu boda. Envuelta en una gasa verde que me hiciese ver pálida, observaría incomoda como pronuncias tus votos. Estaría celosa, por su puesto, y también triste, por que quiero casarme contigo. Sabría que lo mejor es que te casases con otra criatura como tú, una que compartiese tu cuerpo, y tus huesos, y tu modelo genético. Os miraría mientras posáis ante el altar y te amaría aun más de lo que ya lo hago ahora. Mi alma se sentiría ligera porque sabría que tú y yo habríamos creado algo nuevo en el mundo y al mismo tiempo habríamos revivido algo viejo. Me sentiría como algo prestado, por que habría tomado prestada tu felicidad. Solo me faltaría algo azul.

 Si solo me faltara algo azul, correría a lo largo de la nave de la iglesia, con los tacones resonando en el mármol, hasta que llegase a un florero junto al primer banco. Sacaría una hortensia del mismo tono que el cielo y la aplastaría contra mi pecho, y mi corazón latiría como una flor. Florecería. Mi felicidad se convertiría en pétalos. La gasa verde se convertiría en hojas. Mis piernas serían pálidos tallos, mi pelo delicados pistilos. De mi garganta, las abejas beberían exóticos néctares. Asombraría a todos los reunidos: los biólogos, los paleontologos y los genetistas, los reporteros, los mirones y los aficionados a la música, todas aquellas personas que, engañados por la parafernalia de hélices dobles y fósiles de la clonación de dinosaurios, creían que vivían en un mundo de ficción científica, cuando en realidad vivían en un mundo de magia donde todo era posible.

 Si viviésemos en un mundo de magia donde todo fuese posible, entonces serías un dinosaurio, amor mío. Serías una criatura de increíble fortaleza y valentía, pero también de una gran ternura. Tus fauces y garras atemorizarían a tus enemigos sin ningún esfuerzo. Mientras tú (el tú humano, hermoso y frágil) debe confiar en su ingenio y encanto.

 Un T-rex, incluso uno pequeño, nunca tendría que haberse enfrentado a cinco fanfarrones ebrios de ginebra y malicia. Un T-rex habría enseñado sus colmillos y se habrían asustado. Se habrían escondido debajo de las mesas en vez de lanzaras por los aires. Se habrían abrazado entre sí en busca de protección en lugar de hacerse con los palos de billar con los que te pegaron una paliza mientras te llamaban maricón, moro, nenaza, mariquita, sudaca, y cualquier otro calificativo que se les pasara por la cabeza, sin importar si tenían algo que ver contigo o no, gritando y gritando mientras te deslizabas hacia el suelo manchado con tu propia sangre.

 Si fueras un dinosaurio, amor mío, te habría enseñado los aromas de aquellos hombres. Te habría guiado hacia ellos silenciosamente, muy silenciosamente. Aun así te habrían visto. Huirían. Tus fosas nasales se dilatarían al aspirar el aire nocturno, y entonces, con la velocidad de un depredador, atacarías. Observaría como cercenas sus vidas, el fluir rojo, el derrame rutilante, espirales confusas, y me reiría, me reiría, me reiría.

 Pero si me riese, me riese, y me riese, con el tiempo me sentiría culpable. Me prometería no volver a hacer algo semejante nunca más. Apartaría la mirada de los periódicos cuando enseñasen fotos de las viudas entre lágrimas y los hijos sin padres, como ellos deben apartar la mirada de los periódicos que enseñan mi cara. Como adoran los reporteros mi cara, la cara de la prometida del paleontólogo con su boda a medio organizar, con cestos de hortensias ya encargados y trajes de dama de honor de gasa verde ya recogidos. La prometida del paleontólogo que espera al lado de la cama de un hombre que puede que nunca se despierte.

Si fueras un dinosaurio, amor mío, entonces nada podría hacerte daño, y si nada pudiese hacerte daño a ti, nada podría hacerme daño a mí. Eclosionaría como la flor más hermosa. Me extendería con alegría hacia el sol. Confiaría en tus dientes y tus garras para mantenernos a ti/yo/nosotros a salvo ahora y para siempre de la tiza de los palos de billar, del arrastrar de las zapatillas de las enfermeras por el pasillo del hospital, y del latir inconstante de mi corazón roto.

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