Deadwood: En el Oeste no encontrarás la gloria

(ALERTA, este artículo contiene TODOS los spoilers)

A modo de presentación: la nación del bang-bang

 Corría el año 1640 cuando un grupo de valerosos y benevolentes bretones decidieron huir de las continuas y sangrientas persecuciones religiosas de la vieja Europa y fundar una colonia en el recién descubierto continente americano, una tierra estéril y deshabitada donde consiguieron medrar por la gloria de Dios para poco después rebelarse contra la tiranía inglesa y a favor la libertad de todos aquellos alegres habitantes de la afortunada nueva nación llamada Estados Unidos de América, hogar de los valientes y los audaces, elegidos por el altísimo para crear el automóvil, el baseball, y Star Trek, convirtiéndose en la nación más grande, gorda y libre de las que jamás halla horadado el orbe terráqueo.

 Por su puesto nada de lo anterior tiene el más mínimo sentido para una mente cultivada o cuerda, pero si tienes la suerte de ser uno de esos auto-denominados americanos (como si al nacer en Ecuador uno fuese de Papúa Nueva Guinea), no necesitas saber nada más antes de coger el rifle y salir a la calle a pegar un par de tiros para reclamar las hamburguesas con queso que te corresponden por derecho. Como el resto de naciones que alguna vez han surgido en este lugar llamado Gea, los Estados Unidos se dedicaron rapidamente a convertir su historia en un puñado de mitos cuidadosamente seleccionados para construir una narrativa que otorgue sensación de grandeza al pasado del país y legitimidad a sus pretensiones (nosotros sin ir más lejos tenemos a nuestros últimos de Filipinas, cosa fina), pero como la cultura americana ha sido la predominante en el último siglo (hasta que se materialice la prometida invasión china, que parecer no llegar nunca) nos hemos tenido que tragar continuamente sus mito-chorradas con patatas. Patatas fritas claro.

 Ahí está el lejano Oeste, tierra indómita de grandes espacios abiertos que se convirtió en hogar de vaqueros y pistoleros, donde familias en busca de libertad y huyendo de la intervención gubernamental se asentaban en la frontera para que sus hijas se pudieran casar con jóvenes y guapos, pero descarriados cowboys que por amor decidían sentar la cabeza no sin antes sacrificar a algún sujeto de mentalidad ambigua que anduviese por ahí y que por lo que fuera solían vestir de negro y entraban por la derecha en todas las escenas y se quitaban el sombrero por delante (cosas de los códigos cinematográficos de los cincuenta, yo que se), y donde habitaban unos indios que no eran mejores que manadas de lobos, que se dedicaban sin ningún buen motivo a quemar granjas, asaltar diligencias y secuestrar hijas, ganándose lo que les iba a venir poco después, que no iba a ser poca cosa. Salvo que no.

 Esta serie de chorradas inconexas son responsabilidad, al menos en parte, de Frederick Jackson Turner, historiador yanqui que en el temprano 1893 escribió El significado de la frontera en la historia americana, donde defendía que la expansión hacia el Oeste fue la responsable de algunas características clave de la sociedad estadounidense: la fe ciega en el individualismo, la democracia, o incluso la movilidad económica. No vamos a entrar en como llegó el señor Turner a tales conclusiones, por que aunque no lo parezca esto aun no es una clase de historia (ni si quiera me he metido a explicar a los jeffersonianos ni la doctrina del destino manifiesto), lo que importa es que la idea ofrecía una narrativa lógica según la cual la expansión hacia el Oeste sirvió para forjar el carácter de la nación, lavando los pecados de la guerra civil, y sirviendo de filtro para que los malvados sucumbiesen ante la valentía de los justos y los libres, lo cual era un campo abonado para la creación de mitos en un país que bebe mitos y mea ataques preventivos en oriente medio.

 La dramatización de la historia del Oeste caló tan hondo en la cultura americana que durante todo el siglo XX los libros, la radio, el cine y la televisión se llenaron de caballos blancos, señales de humo, rifles Winchester y revólveres Colt, mientras John Wayne, James Steward y Gary Cooper se paseaban por las pantallas de medio mundo luciendo chalecos ridículos. Pero claro, seguramente el Oeste se parecía más a Meridiano de sangre y a las novelas de A. B. Guthrie que a Bonanza o Centauros del desierto, así que con el desgaste sufrido por el mero paso del tiempo, el mito del oeste heroico, limpio y justo terminó virando hacia su vertiente más sangrienta bajo la influencia de las violentas mentes de cineastas como Sam Peckinpah y Sergio Leone, pero aun en su manifestación más cruda, los protagonistas de estas historias no eran más que pistoleros, mercenarios y cazadores de recompensas que no parecían tener más motivación que un puñado de dolares para liarla a tiros durante un par de horas (y que a su vez fueron desmitificados por Clint Eastwood en Sin perdón), haciendo las delicias de los miembros de la Asociación Nacional del Rifle, esos chalados que nos parecen tan distantes y exóticos, y que suelen sacar a coalición la violencia ejercida en la conquista del Oeste cuando argumentan que el derecho de regalar una escopeta recortada con la compra de una botella de whisky de Kentucky, se debería preservar por la especial relación que ha tenido la historia de los Estados Unidos con la violencia, que sería como defender que los españoles deberíamos ir por la calle todavía con vizcaínas y toledanas, lo cual molaría un puñao, pero la cosa acabaría como el Cristo de la aurora.

 En cuanto a la televisión, lamentablemente ni si quiera nos llegó a alcanzar la misericordia de la violencia gratuita y las gloriosas rondas de muertes sin justificar, las recreaciones más memorables del oeste en la pequeña pantalla no son más que el equivalente televisivo a catálogos de trajes de novia, olor de nubes y yogures de fibra, ensoñaciones que harían vomitar sangre a los creadores de Médico de familia: abominaciones pasteleras como Bonanza, La casa de la pradera o La doctora Quinn.

 Pero aquí entra en escena Deadwood, dispuesta a coger a Michael Landon del cuello, arrearle una patada en los huevos, un tiro en los dientes y darle de comer a los cerdos, a la vez que se dedica a violar el género con más facilidad que con la que se limpia una mancha de sangre del suelo.

deadwood

Swearengen, hijo puta

 En 2003, David Milch, un guionista con un par de premios en su haber y personalidad turbulenta, se pasó por la HBO para ofrecerle una serie sobre dos detectives en la Roma de Nerón. La HBO rechazó el proyecto, no por que sonaba un poco como una locura, por que en la HBO les gusta más los proyectos raros que a un tonto un lápicero, si no por que ya estaban metidos en la producción de Roma, que ya iba de, pues eso, de Roma. Pero si que aceptaron su segunda opción aparentemente más aburrida, una serie sobre la vida en un pueblo del Oeste llamada Deadwood. Cuando Milch les dijo que la serie iba a estar llena de exabruptos, enfermedades de transmisión sexual, algún que otro yonki, y gente que recitaba monólogos mientras recibía placer oral de los labios de una prostituta con sobrepeso, los responsables de la HBO, entrando en éxtasis, le contestaron que le iban a dar una cantidad inabarcable de dolares y que se gastara los millones como a él le viniera en gana, que ellos se dedicarían a mirar hacia otro lado.

 Milch aprovechó la confianza que ponía la HBO en su aparente locura para crear desde el suelo de su despacho (y a oscuras, por que al parecer es así como escribe sus guiones) (en serio, el señor Milch está como cabra loca) una de las series mejor escritas que nuestras pantallas han tenido jamás el honor de proyectarnos, y que si ciertos televidentes que no logran sacar la cabeza de los culos de Tony Soprano y Omar Little hubiesen sido capaz de apreciar (Los Soprano y The Wire son series más que excelentes, tampoco quiero que me quemen las cosechas), podríamos haber disfrutado de un final merecedor del lirismo salvaje proveniente de ese purgatorio indómito situado en las tierras salvajes más allá de la moral que era Deadwood.

 Al comienzo de la serie, Seth Bullock (Timothy Oliphant) deja su puesto como sheriff en un pueblo de Montana con la idea de ganarse la vida pacifica y honradamente abriendo una tienda con su amigo Sol Star (John Hawkes) en el floreciente pueblo minero de Deadwood. El pueblo está gobernado por un cacique local paranoico y amoral llamado Al Swearengen (Ian McShane), que controla todos los negocios turbios de la ciudad desde su taberna y prostíbulo, el Gem. Aunque el primer impulso del noble Bullock es enfrentarse al perverso Swearengen, a lo largo de las tres temporadas que dura la serie ira aceptando de forma pasiva e inconsciente que en la frontera las lineas entre lo que está mal y lo que está bien se encuentran tan pervertidas que de lo único que sirve rebelarse es para acabar como comida para los cerdos, el método favorito en Deadwood para la eliminación de desechos orgánicos.

 Al principio el personaje de Swearengen se nos muestra como un monstruo de moral retorcida capaz de mandar matar a una niña con tal de proteger sus negocios, que incluyen el robo, la prostitución y la distribución de opio, pero frente al soso y dubitativo Bullock, Swearengen es irreverente, insultante, violento y pendenciero, se gana el corazón del espectador a base de atravesarle el pecho con un cuchillo de caza. Con el tiempo se nos muestran fugaces facetas positivas de su perturbada personalidad con la intención de que nuestra simpatía hacia él parezca justificada: muestra cierta lealtad y cariño hacia sus subordinados, acaba con la vida del párroco por no poder soportar ver su dolor fruto de la enfermedad terminal de la que es víctima, descubrimos que mantiene a la coja con problemas mentales a su servicio por lástima hacia ella. Pero aunque es difícil, no hay que dejarse engañar, Al Swearengen es un hijo de puta de la peor calaña y no hay vuelta de hoja. Como claramente expresa el señor Wu: “Swearengen, hijo puta” y punto.

 A lo largo de la serie Swearengen no evoluciona lo más mínimo, solo le vamos conociendo cada vez un poco mejor, pero permanece siendo el mismo hijo puta encantador, pero hijo puta al fin y al cabo. Es capaz de sacrificar a sus subordinados a pesar de la supuesta lealtad mutua, cuando acaba con la vida del párroco le asfixia para ahorrarse una bala, hace de la vida de la coja un infierno a base de insultos. En el primer episodio, cuando una familia es asesinada a las afueras del pueblo siendo culpa indirecta de Swearengen, el alegre tabernero suelta esta perla en forma de discurso a sus parroquianos resumiendo la situación moral de su carácter:

 Dios proteja las almas de esa pobre familia… y coños a mitad de precio durante el próximo cuarto de hora.

 Pero a pesar de su carisma, no es más que otro elemento estructural del pueblo de Deadwood, como sus casas o el fango de las calles, forma parte de un escenario puesto allí para que Seth Bullock, el triste, anodino, y cargante Seth Bullock aprenda su lección sobre el bien y el mal.

 Mientras lo demás personajes se dedican a maquinar, a hacer maldades grandes o pequeñas, o a enfrentarse a sus pesadillas personales, Bullock parece que se dedica únicamente a pasear por ahí con cara de pocos amigos. Por la naturaleza del carácter con el que le escribieron, cuando puede siempre intenta hacer el bien, pero al final esos intentos siempre resultan ser estériles o se quedan a medias.

 Nunca hay finales felices en Deadwood, la misma naturaleza del lugar hace que Bullock siempre tenga que transigir ante los intereses de los demás personajes para poder coexistir. Con el tiempo se da cuenta de que para vivir pacíficamente en Deadwood tiene que permitir los trapicheos de Swearengen y evitar males mayores, pero el conocimiento de esta verdad le corroe por dentro, se puede percibir en la interpretación de Timothy Oliphant basada únicamente en miradas de mala leche, como a lo largo de la serie la tormenta que se está gestando en su interior va creciendo hasta alcanzar proporciones autodestructivas.

 Lo que mejor sabe hacer la serie es masticar la tensión que emana cada episodio esperando que Seth Bullock y Al Swearengen se líen a tiros en un épico duelo en el Gem. Pero en Deadwood no hay épica ni gloria, Bullock tiene que pasar los días soñando con acabar con el turbio Swearengen aunque eso le cueste la vida y la de sus amigos. En alguna ocasión la tensión se libera brevemente y Bullock y Swearengen acaban a golpes en mitad de la calle y cubiertos de barro. Pero como siempre Bullock ha de dejarlo pasar y seguir guardándose los instintos homicidas. Tiene que permitir que Swearengen le hable de tiroteos y complots mientras él se ve obligado a escucharlo con paciencia mientras lleva al hombro el ataúd con el que va a enterrar a su hijo-sobrino. No es hasta la última temporada, cuando el destino de la serie ya estaba sellado, que a Bullock se le permite volver a dejar escapar su ira acumulada utilizando de saco de boxeo al patético y cobarde personaje de Farnum (William Sanderson), que por primera vez no se merecía el castigo.

 Para entonces a Bullock se le ha permitido algo que a la mayoría de los demás personajes no: ha cambiado, se ha dado cuenta de que no es el héroe de una novela gótica donde Swearengen es un monstruo que vive en un castillo llamado Gem, que no hay nuevos comienzos y todas las esperanzas más allá del horizonte son vanas, que hay gente a la que no se le puede rescatar, que Deadwood no es una utopía fronteriza donde los pioneros son alegres familias nucleares con ropas tan limpias que parecen sacadas de un anuncio de Calgon a lo Casa de la Pradera. A Deadwood desde el este solo llega basura, como desperdicios arrastrados por una inundación.

 Allí no llegan soñadores, solo aquellos que no han logrado encajar en ningún lugar civilizado, y todo lo que creemos bueno acaba inevitablemente arrastrándose por el fango. La viuda rica y civilizada (Molly Parker) es drogadicta, el editor del periódico (el pederasta Jeffrey Jones) es ingenuo y estúpido, el párroco (Ray Mckinnon) sufre de un tumor cerebral que le vuelve loco, incluso el doctor (Brad Dourif) que se comporta como la brújula moral del pueblo, tuvo que huir al oeste por que se dedicaba a robar cadáveres para realizar estudios anatómicos.

 Pero también ocurre lo mismo a la inversa, aquellos personajes que parecen objetos rotos esparcidos por el pueblo resultan ser los más dignos de admiración, la coja que trabaja para Swearengen (Geri Jewell) resulta ser más inteligente de lo que parece, Richardson (Ralph Richeson), el débil mental que trabaja en el hotel para Farnum, es leal hasta el llanto, y las prostitutas maltratadas física y psicológicamente, Trixie (Paula Malcomson) y Joanie Stubbs (Kim Dickens) demuestran ser las habitantes más dignas y fuertes de Deadwood.

 Luego están aquellos personajes que se encuentran más allá de la salvación, asesinos y yonkis dejados allí por la marea. Gente como Cy Tolliver (Powers Boothe), el desquiciado y cruel dueño del prostíbulo rival del Gem, o el propio Farlum, un miembro supuestamente digno de la creciente sociedad de Deadwood, dueño del único hotel, que en realidad es un cobarde y traicionero que sigue respirando por la sola voluntad de Swearengen, y que gusta de dar monólogos de grandeza encerrado en la bodega por miedo a que nadie le oiga. Cuando se monta un simulacro de gobierno local en Deadwood, es nombrado para su deleite con el título vacío y sin atribuciones de Alcalde, aunque el gobierno, como todo lo que tiene aspecto de civilización en Deadwood, no sea más que una burla.

 El pueblo es un agujero negro que en vez de luz traga pureza, nada que parezca intrínsecamente bueno prospera entre sus habitantes, las jóvenes se ven obligadas a prostituirse tarde o temprano y el hijo adoptivo de Bullock muere sin pena ni gloria cuando un caballo desbocado le aplasta el pecho.

 En el otro extremo del espectro, siempre hay cabida para un poco más de maldad para sorpresa de la gente de buen hacer. Cuando estamos convencidos de que Al Swearengen es el demonio personificado, llega al pueblo Tolliver para sacarnos la idea a balazos. Aunque al principio parece una versión más civilizada de Swearengen, no es más que un triste y rencoroso conspirador capaz de las mayores crueldades para con sus rivales e incluso para con sus supuestas amistades, que tienen que soportar estoicas sus constantes ataques de ira. Y cuando creemos que la cosa no puede ir a peor, aparecen primero Francis Wolcott (Garret Dillahunt), un geólogo depravado asesino en serie de prostitutas (por que ¿Por qué no?) y después su jefe, el multimillonario George Hearst (Gerald McRaney) dispuesto a hacerse con todo el oro de la región aunque para ello tenga que arrasar el pueblo entero, y cuyas tácticas son tan poco diplomáticas que logra unir a todos los bandos de Deadwood contra él, convirtiendo así a Swearengen en un involuntario anti-heroe.

 Entre toda esta marisma maloliente de personajes es donde Bullock aprende su lección, y nosotros también, por que esta no es la historia que nos habían contado de valientes emprendedores que prosperan a pesar de las calamidades y los malvados, la única manera de sobrevivir en Deadwood, como bien pregona el personaje de Whitney Ellsworth (Jim Beaver) es no meterse en los asuntos de nadie y dejarse llevar por la corriente de aquellos que tienen las pistolas y los cuchillos. Al final el propio Ellsworth tendrá que morir para demostrarlo.

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El sonido del trueno

WILD BILL HICKOK: Conoce usted los truenos ¿Verdad señora Garret?

GARRET: Por supuesto.

W.B.H: ¿Se imaginaria el sonido de uno si se lo pido?

G: Claro señor Hickok.

W.B.H: Su esposo y yo tuvimos una conversación, le dije que se fuera si no quería acabar mal, pero no se lo dije como un trueno. Señora, escuche este trueno.

 De esta manera tan pausada y sutil, el legendario Wild Bill Hickok (Keith Carradine) se suma a la linea de pensamiento del malogrado Ellsworth para aconsejarle a la recientemente enviudada Alma Garret que ponga tanto espacio entre ella y Deadwood como le sea posible y ayer mejor que mañana. Lamentablemente, al igual que Ellsworth, Hickok no puede seguir su propio consejo y acaba tieso en el mugriento suelo de un mohoso bar de mala muerte.

 Y así Deadwood sigue su proceso de tratar a los mitos como a las prostitutas del Gem, violándolos y quitándoselos de encima como polvo del camino sin dar un centavo por su memoria. Aunque Deadwood era un lugar real y Wild Bill Hickok murió asesinado tal como relata la serie, esta se encarga de arrebatarle a su muerte cualquier tipo de gloria o sentido. De nada sirve tener la reputación de ser el hombre más rápido del oeste si un borracho te descerraja un tiro en la nuca.

 Bullock ve en la figura de Hickok un rayo de esperanza entre tanta excrecencia, una figura que pregona justicia e infunde respeto, juntos podrían llevar la paz a Deadwood y poner a Al Swearengen en su sitio, pero entonces es asesinado por un borracho y la fe de Bullock por el pueblo se va por el desagüe. Aunque hubiese sobrevivido, la serie retrata a un Hickok muy diferente a la idealizada figura romántica que Bullock y los espectadores esperan, es un ludópata nihilista que vive de las migajas que su amigo Charlie Utter (Dayton Callie) consigue sacar a los dueños de los bares para que el legendario Hickok juegue en sus mesas, de la misma manera Wyatt Earp y su hermano son solo un par de estafadores de tres al cuarto que hacen una aparición esporádica por el pueblo antes de tener que poner los pies en polvorosa para poder salvar sus pellejos. Calamity Jane (Robin Weigert) es una patética borracha (el propio David Milch ha sufrido de ludopatía, alcoholismo y drogadicción, la santísima trinidad de las adicciones) que no puede mantenerse sobria ni ante la tumba de su mejor amigo, y que como el Bubbles de The Wire actúa como testigo inconsciente de todo lo que ocurre en la serie, que a pesar de su buen corazón y mejores intenciones, no logramos ver nunca sobria, y la mayor parte del tiempo en pantalla se dedica a pasear por las calles de Deadwood meándose encima y repitiendo variaciones de la misma frase: “Si, estoy borracha ¿Y a ti que coño te importa?

 Pero la leyenda del oeste más afectada por esta actitud de la serie ante el mito es la violencia en sí. Con tal cantidad de malhechores, pendencieros y gente de mal vivir, al espectador le da la sensación de que hay una llamativa falta de tiroteos en Deadwood. El propio Swearengen prefiere solucionar sus problemas con manipulaciones y subterfugios, nada que llame la atención hacia su pequeño feudo de la depravación. “A veces me gustaría golpearles en la cabeza, robarles y tirar sus cuerpos al río” le dice sobre sus clientes Al Swearengen a su competidor proxeneta Tolliver, “Si, pero eso estaría mal” le responde este con sarcasmo y desprecio. Y esto más o menos lo resume todo.

 En ocasiones los tiros despedazan la membrana de tensión que envuelve Deadwood y al menos durante unos segundos todos pueden respirar tranquilos, salvo los muertos, claro esta. Eso si, mejor no organizar matanzas por un quitame de ahí esas pajas, aunque cuando no les dejan más remedio, Al Swearengen y compañía no dudan en desatar los infiernos sobre aquellos que logran tensar demasiado la cuerda. Nunca se trata en todo caso de una violencia épica de enfrentamientos al atardecer donde los malvados son limpiados de la faz de la tierra transportados por los vientos del altísimo, es una violencia sucia, visceral, manchada de barro, heces y semen, la gente tarda en morir entre estertores y sin ninguna ceremonia.

 Durante la tercera y última temporada, cuando llega al pueblo el millonario George Hearst la tensión se vuelve a disparar y Dan Doroty (W. Earl Brown), el leal subalterno de Swearengen, se ve obligado a luchar a muerte con un matón brutal de Hearst en mitad de la calle mientras sus respectivos jefes observan desde sus balcones el desenlace sin intención de intervenir sea cual sea el resultado. La escena dura sus buenos cinco minutos, y no hace falta decir que no es una pelea limpia, en Deadwood no hay nada que lo sea, se arrancan mejillas, se sacan ojos y se rompen cabezas, ríete tu de Juego de Tronos y que si montañas y víboras y mierdas.

  Como bien lo expone Swearengen: en Deadwood “Cada paso una puta aventura

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Aquí nadie va a cabalgar hacia la puta puesta de sol

 Y como el hijo adoptivo de Bullock, un día la serie simplemente dejó de respirar. Los espectadores, con la razón que le daban los precedentes, se vieron un tanto repelidos por el género, y a pesar de las buenas críticas, las audiencias nunca llegaron a despegar.

 Al mismo tiempo la serie le costaba a la HBO una buena barbaridad de dolares por capítulo. En aras del realismo, los decorados se hicieron ex profeso para la serie y cada temporada eran ampliados según las necesidades del guión. Además, la serie sufrió de un mal endémico de las series americanas: temporadas de la longitud de un centenar de biblias, cuando los británicos hacen verdaderas maravillas con seis capítulos y un especial de Navidad. Doce capítulos por temporada (que aun así parecen pocos comparados con, por ejemplo, la barbaridad interminable de los veintitrés de Heroes) hacía que la serie no solo se resintiese económicamente, también su calidad sufrió poco a poco ligeros descalabros por tener que crear lineas narrativas paralelas para llenar tiempo en pantalla. Y así el leal espectador de Deadwood tuvo que aguantar insulsas historias que ni le iban ni le venían, como las desventuras de Negro General (Franklyn Ajaye) y Steve (Michael Harney) el racista borracho del pueblo, o lo que es peor, el sin sentido de la compañía de actores que llegan al pueblo en la última temporada, liderados por Jack Langrishe (Brian Coxel actor, no el físico calentorro), y cuyas muchas y largas escenas se hacían eternas por el sin sentido de un arco argumental que ha nadie le importaba lo más mínimo y que se olía, como así fue, que no iba a llegar a ninguna parte.

 Otro de los clavos en el ataúd de Deadwood fue las continuas rarezas de su creador, entre las cuales estuvo la insistencia de escoger para el papel del geólogo psicópata Francis Wolcott al actor Garret Dillahunt, que ya había aparecido durante la primera temporada de la serie como el asesino de Wild Bill Hickok, lo cual contribuyó a que Deadwood fuese un poco más confusa de lo que debería ser una serie que estaba pendiente de un hilo.

 Tras tres temporadas, finalmente la HBO anunció que no renovarían para una cuarta, y los guionistas se vieron obligados a escribir un final deprisa y corriendo que no satisfizo a nadie. Durante bastante tiempo los rumores sobre que la serie recibiría un final adecuado en forma de dos películas para televisión de dos horas de duración cada una corrieron por los mentideros de la HBO como un caballo desbocado, pero según fue pasando el tiempo y los actores iban comprometiéndose con nuevos proyectos, el resurgir de Deadwood parecía cada vez más improbable, hasta que finalmente el destino del pueblo se selló al anunciarse que los escenarios habían sido desmantelados para siempre y Deadwood había dejado de existir, metafórica y físicamente.

 Los actores lograron salir bien parados de sus aventuras en el lejano oeste. A Molly Parker, la viuda Garret, la podemos ver como la protegida de Frank Underwood en House os Cards, acompañada por Gerald McRaney, que pasó de interpretar a un millonario sin corazón en Deadwood, a interpretar a un multimillonario sin corazón en la serie de Netflix; Anna Gun, que interpretó a la viuda del hermano de Seth Bullock con la que este se ve obligado a casarse, consiguió el papel de Skyler, la sufrida e incomprendida esposa de Whalter White en Breaking Bad; tras su doble papel Garret Dillahunt acabó como abuelo incompetente en Raising Hope, a Powers Boothe le podemos ver en Nashville, William Sanderson se pasó por True Blood, y Michael Harney por True Detective y Orange is the New Black, mientras que John Hawkes llegó a estar nominado a un Óscar por Las sesiones.

 Pero ha habido principalmente dos series que no han mostrado ninguna vergüenza a la hora nutrirse de los restos del naufragio de Deadwood. Justified, un western moderno pero aun así más clásico que Deadwood (aquí os dejo un artículo de alguien a quien le gustó esta serie mucho más que a mí), tiene como protagonista a Timothy Oliphant, que se puede decir que repite papel pero con diferente nombre, sin bigote, y con teléfono móvil. En el pueblo de Harlan, Kentucky, también acabaron W. Earl Brown, Jim Beaver, Peter Jason, y Bret Sexton. Por Sons of Anarchy, pasaron otros muchos vecinos de Deadwood: Kim Dickens, Paula Malcomson, Titus Welliver (también conocido con el nombre de Humo negro Lostzilla), Ray McKinnon, Dayton Callie y Robert Weigert.

 Las cosas fueron mucho peor para el locuelo de David Milch. Tras la cancelación de Deadwood produjo otra serie para la HBO llamada John from Cincinnati, que fue suspendida tras su primera temporada y de la que nadie parece acordarse. Sin desanimarse por el fracaso, produjo el piloto de una serie con el título Last of the ninth sobre el departamento de policía de Nueva York durante los años setenta, pero no paso de ahí y la cadena declinó su oferta, aunque dos años después le volvió a recibir con los brazos abiertos cuando les ofreció una serie sobre el mundo de las carreras de caballos que protagonizaría Dustin Hoffman y cuyo piloto dirigiría Michael Mann. Desgraciadamente la serie, llamada Luck, nunca llegó a tener demasiados seguidores, y tras una sola temporada fue cancelada en parte por la continua muerte de los caballos usados durante el rodaje. Después de aquello ninguna de las creaciones de Milch llegaron a ver la luz, hoy en día se rumorea que está trabajando en una adaptación de las obras de William Faulkner, pero valla usted a saber como acabará eso.

 De manera bastante simbólica y anticlimática, en el final improvisado de Deadwood los malos se salen con la suya. George Hearst deja el pueblo obteniendo lo que quiere, y Al Swearengen & Co. Se ven obligados a doblegarse ante los deseos del magnate para seguir con sus negocios. Nunca sabremos si Seth Bullock y Alma Garret acabarían juntos, si Trixie la prostituta dejaría finalmente su oficio y se escaparía con Sol, si Tolliber saldría de la espiral decadente de resentida autodestrucción y violencia en la que se encontraba sumergido. En el último plano de la serie contemplamos como Swearengen, de rodillas, intenta limpiar la mancha de sangre dejada sobre el suelo de su despacho, pero algunas manchas son más difíciles de limpiar que otras, y nosotros no olvidaremos Deadwood tan fácilmente.

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