Hannibal: Buenas Noches, Señor Monstruo

(ALERTA, este artículo contiene TODOS los spilers)

Nos gustan los monstruos.

Nos gustan los monstruos por que solo pensar en ellos es como sujetar el pomo de una puerta entreabierta donde al otro lado solo nos espera la oscuridad. Por las noches en vela, con la luz encendida por el miedo que causaba pensar en el recorrido a oscuras entre el interruptor y la cama.

Nos gustan los monstruos por que, al contrario que la mayoría de nosotros, tienen la valentía de dedicar su vida a aquellas cosas por las que sienten pasión (aunque consistan en actividades horripilantes, por lo general), a pesar de que eso les lleve normalmente a una muerte prematura y violenta. Nos gusta saber que disfrutan de su vida y son felices. Nos gusta saber que al menos alguien lo hace. Aunque sea un monstruo.

Nos gustan por que a pesar de la admiración que sentimos por su independencia y de todos lo errores que hallamos podido cometer en la vida, al menos no hemos dado rienda suelta a nuestros más bajos instintos y hemos salido a la calle a decapitar personas por gusto. Por que como especie hemos tardado lo nuestro en aprender que no se puede ir por ahí matando gente por que nos de la real gana (todavía nos queda aprenderlo de los animales, aunque en este caso en concreto “antes de empezar, he de advertirles. Nada aquí es vegetariano”). Nos gustan por que, comparados con la Momia o el monstruo de Frankentein, somos unos triunfadores.

Nos gustan los monstruos por que hacer lo que les viene en gana les hace unos rebeldes inconformistas. Nos gusta que el drogadicto del doctor House, a pesar de poner constante e irresponsablemente la vida de sus pacientes en riesgo, siempre termine disfrutando de la humillación de aquellos que dudaban de él. Nos gusta que el misógino, alcohólico, y cobarde de Don Draper sea tan bueno en su trabajo que siempre termine llevando razón. Nos gusta que el Abed Malo de Community quiera serrarle el brazo al Jeff bueno solo por que le gusta que el mundo sea un lugar oscuro.

Nos gustan los monstruos.

Quizá por eso cuando Hannibal Lecter y Will Graham han terminado por tirarse al abismo que les llamaba hambriento desde la primera temporada, también se han llevado con ellos un poco de nuestro corazón, y nuestro hígado, y riñones y páncreas, y vísceras en general, por que ellos son mucho de eso. Y lo han hecho envueltos en sangre, locura, amistad y puede que incluso amor, no hay de que sorprenderse, después de tres temporadas hemos aprendido que nunca se sabe lo que se le puede estar pasando por la cabeza al doctor Lecter.

De entre toda la remesa de monstruos que se arrastran en la bodega de nuestras pesadillas, este Hannibal ha sido un suavignon blanc. Y me refiero a “este”, el que nos ocupa hoy específicamente, por que es ligeramente distinto al de las novelas de Tomas Harris, o para ser más precisos y justos, al Hannibal de Anthony Hopkins (por que a Harris parece que le escribe los thrillers un chimpancé con un boli pegado con celo a las nalgas, por mucho que le pese a Stephen King). Este Hannibal nuestro tiene los labios del actor Mads Mikkelsen, unos labios que parecen hechos para sorber ostras o tu alma. Al resto de su rostro lo hemos visto pasar impertérrito por nuestras pantallas durante tres temporadas dotando a Hannibal Lecter de una perfecta cara de poker, como si con él no fuese la carnicería que se producía a su al rededor.

Lo mejor que han sabido hacer los guionistas de la serie, precisamente, ha sido tomar una distancia prudencial con las anteriores versiones, pero sin alejarse demasiado, jugando con lo que el espectador puede o no puede saber. Sabíamos que en la película de El Dragón Rojo a Freddie Lounds (aquí interpretada en un cambio de género por Lara Jean Chorostecki) le pegaban a una silla de ruedas ardiendo, y que en Hannibal a Ray Liotta le cortaban la parte superior de la cabeza para comerse su cerebro, así que según avanzaba la trama esperábamos que sucedieran ciertos acontecimientos, pero no pasaban, o si, o si pero un tanto diferentes. Más que representar certezas argumentales, los guionistas decidieron servir sensaciones, lo cual significaba que fuera cual fuera tu conocimiento previo a las novelas de Harris, la incertidumbre estaba garantizada. Mis felicitaciones al chef.

Decía que de todos los monstruos, este Hannibal ha sido de lo mejor, precisamente por una de las diferencias con sus clones de ficción: nuestro Hannibal no entiende de reglas. En la película Hannibal se sacaban de la manga que el buen doctor se merendaba a aquellos que no alcanzaban sus estándares sobre educación o profesionalidad. En Hannibal, el origen del mal (que el señor tenga piedad con quien tuviese que ver con ese bodrio) también se nos presentaba un origen para el caníbal. En la serie todo esto se trata brevemente durante el principio de la tercera temporada. Resulta que nació en Lituania (Mads Mikkelsen es danés, pero por el acento para el espectador como si es de la Ponia), por lo que fuera se comió a su hermana, y también había por ahí una japonesa dando vueltas por algún motivo (Tao Okamoto) o algo. Pero seamos sinceros, todo esto no le importa lo más mínimo a nadie, por que con los monstruos es como tener hambre, que cuando te terminas de zampar una pizza familiar tu solo, la idea pierde todo el atractivo, pues cuando le quitas el misterio a Hannibal, pues lo mismo, se pierde toda la gracia.

Con las reglas, iba diciendo, pasa algo similar, que terminan siendo una chorrada. Con Freddy Krueger, por ejemplo, bastaba con creer que no era real y no podía hacerte nada, claro que por entonces ya se había cepillado a todos tus amigos y pasar página con tanta rapidez era un insulto a su memoria. Dexter Morgan, ese otro psicópata televisivo, (crossover HannibalDexter. Que mundo tan mágico sería ese) era un asesino en serie que solo mataba a quien se lo merecía, pero eso le hacía predecible, incluso adorable por tramos, pero como monstruo dejaba mucho que desear. Cuando Dexter se estrenó allá por el lejano año 2006, se levantaron muchas voces críticas sobre que el protagonista de una serie de televisión fuese un monstruo (y está claro que lo era), a pesar de sus “reglas”, y durante el resto de la serie los guionistas se desvivieron por intentar compaginar lo que la serie merecía con lo que pedía la creciente crítica moral, quizá esa fue la razón por la que el final de la serie fue el que fue (del que ya hablaremos en otro momento)

Y aunque al Hannibal de Mikkelsen también se le hace pagar por su naturaleza (de momento, al menos) no es como Dexter, es más como un xenomorfo de Alien, o el depredador de, pues eso de Depredador, con él no hay regla que valga, es una fuerza de la naturaleza, imparable, ingobernable, no se puede manipular o negociar con él, si te cruzas en su camino, lo más seguro es que acabes reducido a un filet mignon, y eso será lo mejor que te puede pasar, por que si de verdad le caes mal, puedes acabar como el pobre doctor Chilton (Raúl Esparza) al que le sacan las tripas aun con vida, le destrozan la cara de un balazo, y al final le queman vivo, no sin antes arrancarle los labios para que Hannibal tenga algo que merendar en su celda.

Y no viene solo, él solo es un primer plato acompañado por toda una guarnición de asesinos en serie que hacen de Baltimore la ciudad más terrorífica y peligrosa en la que poner un pie (por si acaso al ver The Wire te habían entrado unas ganas locas de ir). Esta panda de encantadores angelitos pueden convertirte en uno de ellos arrancándote los omóplatos y convirtiéndolos en alas, o hacerte formar parte de un tótem de cuatro metros de altura hecho de restos humanos, o convertirte en un violoncelo para hacer sonar tus cuerdas vocales. El cielo es el límite si estás como una cabra.

Todo esto pasará, por supuesto, sin que el doctor Lecter pestañeé si quiera. Él mismo no se molesta en justificar su naturaleza “Los psicópatas no están locos” nos dice “Son completamente conscientes de los que hacen y de las consecuencias de sus actos”, dejando a entender que sabe perfectamente lo que esta haciendo a cada momento pero se la trae al pairo. A veces deja ver que hay algún tipo de metodología o de justificación sobre la elección de sus víctimas, pero para cuando llegas a la tercera temporada, ya estás a vuelta de todo, has dejado de escucharlo y te limitas a disfrutar de su arte.

Por que ante todo Hannibal Lecter (y de Hannibal extendemos el piropo a los realizadores de la serie) es un artista. Se nos cuenta como empezó su carrera homicida en Florencia, convirtiendo los cuerpos de sus victimas en representaciones de La Primavera de Botticelli, y a partir de ahí desarrolló su gusto por crear escenas del crimen de alto valor estético y lírico, gusto que por lo que se ven también comparten el resto de asesinos de Baltimore, como el locuelo que crea un mural con cuerpos humanos. Sea por lo que fuere, la serie es como un continuo onanismo visual, ya sean las escenas del crimen merecedoras de ser expuestas en el Tyssen o los continuos pasajes oníricos de Will Graham, sentarse a contemplar como desfilan toda una serie de enajenaciones esquizofrenicas por delante de nuestra atónita mirada, merece la aparente penitencia de ver capítulos de tres cuartos de hora de duración donde pueden pasar veinte minutos de continuas locuras visuales sin que nadie diga ni una sola palabra para, entonces, soltar alguna sentencia lapidaria a la par que incomprensible, y dejarnos de nuevo a solas con el aquelarre. Vamos, cena con espectáculo.

En general los responsables de la serie han conseguido que todos los planos, reconstrucciones de partes amputadas, los menús antropófagos, los baños de sangre, o los totéms en putrefacción, adquieran un esplendor y magnificencia estética tal que, en algún momento pienses que si has de morir (y me temo que es un requisito indispensable), mejor que sea a manos de Hannibal y convertirte así en el cisne que siempre has sabido que eras en el interior. Además puede que te sirva con cisne para cenar, nunca se sabe, ese señor come cosas muy raras.

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Malas influencias para Will Graham

¿Pero acaso Hannibal solo trata de un puñado de psicópatas que se dedican a asesinar por amor al arte (nunca mejor dicho) y de un silencioso y amenazador ciervo negro antropomorfo que se dedica a aparecer de vez en cuando para decir hola e irse por donde a venido? No. Hannibal trata de algo mucho más importante: trata sobre la amistad.

Es extraño, lo se, pero al menos no cabrea tanto como cuando en House of Cards te dicen de repente que todo trataba sobre la importancia del matrimonio. Además, ya resultaba raro al principio de la primera temporada que en una serie llamada Hannibal, el susodicho apenas apareciera y sin embargo se pasara la mayor parte del tiempo en pantalla un tío muy rarito y nervioso llamado Will Graham (Hugh Dancy).

El pobre Will tiene un pequeño problema, o una bendición si como él te dedicas a desfacer entuertos homicidas: sus extremos niveles de empatía le ayudan a meterse en la mente de los asesinos al contemplar escenas del crimen. Para Jack Crawford (Laurence Fishburne), director de ciencias del comportamiento del FBI, esta habilidad es como maná caído del cielo, y convence a Will para volver a trabajar con él como asesor en unos cuantos casos. Pero la habilidad de Will conlleva un cierto riesgo, y es que meterse en la cabeza de asesinos en serie resulta no ser muy saludable, por lo que Crawford decide traer a un nuevo analista para que vigile a Will y trabaje junto a él. Desgraciadamente elige, como no, al renombrado doctor en psiquiatría, Hannibal Lecter.

En un principio Hannibal ve a Will como una curiosidad científica. Aunque no lo descubrimos hasta muy adentrada la serie, el objetivo de Hannibal es el mismo durante tres temporadas, hacer con Will lo que ha hecho con otros muchos de sus pacientes antes: empujarle a convertirse en un monstruo homicida. Y aunque Will siempre se encontrará al borde del abismo (incluso llega a creerse el culpable de los crímenes de Hannibal/Destripador de Baltimore y es acusado por ello), nunca llega a cruzar la ralla de cometer un asesinato con sus propias manos (aunque empuja a otros a ello) hasta el último capítulo de la serie, cuando Hannibal y él, mano a mano, matan al asesino en serie que se hace llamar El Gran Dragón Rojo. Entonces Hannibal le dice a Will lleno de lo que se puede describir como alivio (aunque con Hannibal/Mikkelsen estas cosas de los sentimientos son algo difíciles de interpretar): “Lo ves, esto es lo que siempre quise para tí”.

Y por primera vez (e inevitablemente, última) creemos a Hannibal.

La vida de un asesino en serie, aunque sumamente entretenida y llena de emociones, también resulta ser bastante solitaria. Hannibal tiene a su psiquiatra/víctima la doctora Bedelia de Meurier para hacerle compañía (interpretada por Gillian Anderson, que por fin parece haber dejado atrás para bien su papel de agente Scully) (salvo que Expediente X va a volver con nuevas temporadas en 2016 y volverá a resolver casos paranormales con David Duchovny, ella sabrá) (pero entre el nuevo casting de Expediente X está Joel Mchale, de Community, así que no hay mal que por bien no venga), que siente hacia él una rara mezcla de sentimientos amor/terror. Pero todo cansa, así que según Will Graham se va resistiendo a sus manipulaciones para que se dedique a cometer asesinatos a diestro y siniestro, se va encariñando con él. Su habilidad empática hace de Will la persona que más cerca se encuentre jamás de comprender de verdad a Hannibal, y este así lo reconoce, así que hace lo posible para tenerle siempre cerca. Al principio pondrá su supervivencia por encima de su deseo de amistad e incluso, como ya hemos comentado, le cargará con la responsabilidad de sus asesinatos, pero más tarde, cuando se vea obligado a huir, hace lo posible para llamar la atención de Will, e incluso, al final, se deja capturar para que, como le dice a Will, este sepa siempre donde encontrarlo.

Todo esto suena demasiado pasional para tratarse de la amistad entre un psicópata declarado y un psicópata en potencia, así que si alguno de los lectores ha llegado a plantearse seriamente la posibilidad que exponíamos al principio sobre la más que probable relación de amor no consumado entre Will y Hannibal, pude no estar demasiado equivocado, en la propia serie juegan con esta ambigüedad solo por diversión. “¿Está Hannibal enamorado de mí?” le pregunta Will a la doctora de Meurier, y esta le responde: “¿Siente a diario una puñalada de hambre hacia ti y encuentra alimento en tu mera visión? Si. Pero ¿Te sucede lo mismo a ti?” Lo más probable es que si.

Esto le da un doble sentido a la escena de la primera temporada donde Hannibal olía con curiosidad a Will por la espalda, lo cual, por cierto, es lo más cercano que ha estado la serie al humor. Además no seríais los únicos en llegar a esta conclusión, internet, también conocido como el vientre de la bestia de siete cabezas, está lleno de fanfiction sobre el tema (la documentación para un artículo es una tarea oscura, llena de pesadillas y delirios que te acompañarán por siempre).

Al final, el creador de la serie, Bryan Fuller, ha tenido que salir al paso para negarlo todo, pero hace tiempo que esa comanda salió de la cocina, y no hay manera de traerla de vuelta.

Volviendo al tema de los monstruos, nos queda la gran incógnita de la serie ¿Es Will Graham de verdad un monstruo? ¿o solo lo es por que empatiza con ellos? ¿O es eso lo que le hace precisamente un monstruo? Hannibal lo tiene claro, y la doctora Du Maurier también: “Extremos actos de crueldad requieren un alto grado de empatía” le repite a Will. Pero es un monstruo durmiente, es una lección al espectador (quizá la única que reciba de tanta demencia) ¿Quién no ha deseado alguna vez llevar a cabo actos de extrema crueldad, como dice Du Maurier, contra otras personas? Pero nos contenemos, como hace Will Graham, por que al otro lado espera el abismo. Un abismo que para Will Graham es literal, y por el que cae según rompe su única regla y comete el acto al que Hannibal le ha estado empujando desde el primer momento. Para Will Graham es mucho más difícil que para nosotros resistirse a la tentación de dejar salir los demonios que llevamos dentro, pero precisamente por eso es el héroe de esta historia.

El único héroe, ya que estamos en ello, todos los demás personajes se dedican a manipular a Will, a buscar la fama o la venganza, o incluso a llamarle monstruo, mientras que Hannibal, el supuesto monstruo de la historia, solo quiere lo mejor para Will (vale, en una ocasión le raja el vientre y en otra le intenta abrir la cabeza con una sierra eléctrica, pero comparado con como acaban la mayoría de personajes, es un abrazo), en el peor de los casos solo es un niño que lanza un vaso al suelo para ver lo que pasa.

El personaje de Abed en Community decía: “Los psiquiatras solo son gente que desea que las personas interesantes estén enfermas por que es mejor decir que uno mismo esta “sano”, que decir que es aburrido.

En Hannibal pasa lo contrario, los psiquiatras son gente sumamente enferma que por lo general demuestran no reconocer a un maníaco homicida ni cuando está delante de sus narices. Y es que en una serie que trata básicamente de psiquiatras (cuatro de los personajes principales son psiquiatras, y aunque Will y Jack Crawford, no lo son, como mínimo saben de que están hablando los demás cuando se encuentran en petit comité) nunca se sabe si son más peligrosos ellos o sus pacientes. Los pacientes matan personas, si, pero sus psiquiatras o bien no son incapaces de impedirlo a pesar de ser su único trabajo, o los manipulan una y otra vez para conseguir sus propio intereses aunque ello cueste la vida de decenas de inocentes. Por ejemplo, Jack Crawford, del que se puede argumentar facilmente que es el gran villano de la serie (el muy metomentodo no para de entrometerse en el romance entre Hannibal y Will que solo desean ser felices), obliga una y otra vez a Will Graham, su supuesto amigo, a meterse en la mente de criminales aunque sabe que tarde o temprano eso le va a conducir a perder el juicio. Se puede afirmar con facilidad que la gente supuestamente “sana” de la serie son los verdaderos monstruos. Pero luego Hannibal se come a alguien y todo vuelve a quedar meridianamente claro.

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El milagro de la carne.

Claro que, si bien Hannibal como psiquiatra no se preocupaba especialmente por la salud mental de sus pacientes, el equipo creativo de la serie hacía lo propio con los espectadores. Como los propios motivos del caníbal, los de los guionistas permanecen aun hoy siendo un misterio que ni el propio departamento de ciencias del comportamiento del FBI podría ser capaz de desentrañar.

Todo el asunto resultó ser de lo más extraño desde el principio. Para empezar la serie se emitía en la NBC, una cadena que depende de la estación del año te ofrece suculencias nauseabundas como America’s got Talent, The voice, o American Ninja Warrior; cuyo menú en cuanto a dramas es digno de la Taberna MacPaco de la esquina: Chicago Fire, Grimm, The Blacklist (que prometía mucho pero tras un par de episodios se quedó al nivel de una ensaladilla rusa de la semana anterior), o la trillada y cada vez más insustancial (o incluso polémica por lo absurda) Ley y orden, y todas sus locas variedades (Unidad de víctimas especiales, Acción criminal, Los Ángeles), a pesar de este historial de comida enlatada también tuvieron ese Jamón de Jabugo que es la primera temporada de Heroes, pero aquello acabó como el Rosario de la Aurora (ya hablaremos de ello en otro artículo por que la cosa se las trae); pero la especialidad de la casa en la NBC es la larga (y excepcional) carta de comedias: 30 rock, Chuck (que merece una revisión), Unbrekeable Kimmy Schimdt (que promete lo suyo tras su primera temporada, aunque la NBC se la ha vendido a Netflix), que cuenta con platos de leyenda como Saturday Night Live, Friends, The Tonight Show, y verdaderas delicatessen para los paladares más espléndidos: The Office, Parks and Recreation, y Community. (seis temporadas y una película, por favor).

Pues bien, en este restaurante familiar con zona infantil que es la NBC, un día se les ocurrió que lo mejor para el negocio sería darle una serie sobre Hannibal el caníbal a un tipo más bien oscurete llamado Bryan Fuller, cuyas creaciones rezuman una preocupante obsesión con la muerte. Como ejemplo en la más que recomendable Criando Malvas (Pushing DaisiesABC, 2007) (Podéis ver a Joel Mchale de Community brevemente en el trailer) el protagonista era un pastelero con la habilidad de resucitar brevemente personas fallecidas, y en Tan Muertos como yo (Dead like me, Showtime, 2003) los protagonistas eran los encargados de llevar a cabo el trabajo de la Muerte misma. Sin embargo, con la NBC Fuller siempre había mostrado su cara menos tétrica y solo había participado con ellos en dos guiones que no llegaron a convertirse en serie, y en la producción y unos cuantos guiones de la ya mencionada Heroes (incluyendo “Company Man”, que fue nombrado uno de los 100 mejores episodios de la historia de la televisión por la revista TV Guide). Ahora lleva una tienda de muebles en Los Angeles, lo cual es mucho mas sano que pasarse el día pensando en cosas muertas.

Quizá a los responsables de la cadena les engañó el episodio piloto, que a pesar de ser un producto un tanto más oscuro de lo que están acostumbrados los espectadores de la NBC, no parecía más que otro drama policial de detectives y asesinos jugando semanalmente al aquí te pillo aquí te mato, (entiéndase de manera literal y no metafórica). Así que como la serie estaba basada en un producto famoso y consolidado como era Hannibal Lecter, se dio luz verde a la serie de manera más temeraria que el que acepta una invitación a cenar a casa del psiquiatra de Baltimore.

Como al intentar preparar tortilla de patatas por primera vez sin intervención matriarcal (o al cometer tu primer asesinato, que en el caso que nos ocupa resultan ser dos asuntos similares), las cosas empezaron a ir muy mal muy deprisa. Al emitirse el primer episodio los espectadores de la NBC no lograron entender del todo de lo que estaban siendo testigos (en un sentido bastante literal), ante sus ojos se sucedían una cantidad ingente de planos interminables, escenas oníricas y litros de sangre, y por si fuera poco, el reclamo de la serie, el propio Hannibal (por que así se llamaba la serie, después de todo) no aparecía hasta los últimos veinte minutos y hacía más bien poca cosa. Así que las audiencias nunca llegaron a despegar, por decirlo amigablemente. Tanto es así que los propios guionistas, en entrevistas realizadas con motivo del final de la serie, reconocieron que al enterarse de las paupérrimas audiencias y ante la amenaza mas que loable de una cancelación, decidieron ponerse en plan kamikaze, y en vez de intentar salvar la serie a base de reducir su carácter y crear un producto más generalista y sin sustancia, pusieron toda la carne en el asador y la hicieron incluso más lenta, más onírica y más sangrienta.

El resultado que salió de esa cocina no es del gusto de todos, desde luego no es de consumo fácil (ya se que los juegos de palabras son el nivel más bajo de humor, pero ya que hemos llegado hasta aquí por qué no ir un poco más lejos, además el propio Bryan Fuller recibió en 2014 el premio Corny a Mejor Escritor de Juegos de Palabras, así que dejad que me vuelva un poco loco con el tema, por que de locos va hoy la cosa, así que a joder al Verne), las escenas de casquería no solo eran sangrientas, se hicieron viscerales (de nuevo, en el sentido más literal) hasta la nausea (también literalmente), las secuencias oníricas ocupaban más tiempo en pantalla que, en numerosas ocasiones, el propio Hannibal, y eran cada vez más indescifrables salvo para aquellos que las escribían (¿Qué representa el ciervo negro? ¿Es Hannibal? ¿Es el monstruo que crece dentro de Will? ¿La mezcla entre los dos? ¿Un ciervo con problemas de melanismo que pasaba por el plato y dijeron: “Déjalo, que nos queda media hora de episodio y llevamos veinte minutos de planos desenfocados de brazos cercenados de niñas pequeñas), a lo que hay que sumarle que servían a la creencia de que el dinero está para gastarlo, así que no dudaron en tirarlo por la ventana (a lo Alana Bloom) para conseguir la mayor perfección en el detalle posible, lo cual incluía, por ejemplo, un ejército de asesores culinarios para el doctor Lecter, estilistas también culinarios (existe la profesión), e incluso un Jamón Ibérico que costó sus buenos 3.500 euros, por que al parecer el dinero crece en los árboles, como las setas de las personas.

Con todo esto podría parecer que todas las predicciones se harían realidad y la alarma del horno de Hannibal estuviese a punto de sonar, pero contra todo pronóstico la NBC renovó la serie por razones inexplicables e inexplicadas, lo que los guionistas interpretaron con que algo estaban haciendo bien, y llevaron su locura y la de sus personajes a la máxima expresión, y todo era gente saliendo de caballos y convertida en exposiciones anatómicas, y a pesar de crear un final de temporada lleno de muertes (al final no tantas) y mutilaciones a manos llenas, que era como mostrar un gran y sangriento dedo corazón a una cadena que, por otra parte, solo les había dado amor, resulta que les volvieron a renovar, recibiendo doble ración de lo mismo como respuesta. Y lo mejor de todo es que cuando se anunció que la serie llegaría a su fin al finalizar la tercera temporada, no fue por las bajas audiencias (Firefly fue suspendida con una audiencia mucho mayor que la que llegó a alcanzar Hannibal, aunque los tiempos eran muy diferentes entonces), si no por que la trama no podía dar más de si, se acercaba al los tiempos de El silencio de los corderos y la cadena no pudo hacerse con los derechos del personaje de Clarice Starling.

Al final, la serie de Fuller consiguió mantenerse en antena durante tres temporadas, llenando las pantallas de carnicerías poéticas, miembros cercenados, torsos con forma de corazón cobrando vida y convirtiéndose en ciervos, horas de puro masoquismo visual y material para el onanismo de espectadores de películas snuff en busca de porno suave, logrando con su continuidad obrar un milagro casi tan grande como el de las seis temporadas de Community, pero “casi”, que tampoco hay que pasarse.

En serio, ved Community, es la leche.

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