Los lectores de tinta de Doi Saket

The ink readers of Doi Saket de Thomas Olde Heuvelt, nominado al premio Hugo a mejor relato en 2014. Publicado originalmente en tor.com

Fue durante una noche del duodécimo mes lunar de este año cuando dos manos fuertes empujaron al joven Tangmoo contra el lecho del río Mae Ping, cumpliendo así, irónicamente, su único deseo. Tangmoo zarandeaba los brazos salvajemente, agitando el agua arremolinada. El blanco de sus ojos reflejaba los estallidos de los fuegos artificiales, mientras sus gritos ahogados subían en burbujas a la superficie, donde explotaban en silencio: ¡Socorro, socorro, socorro, socorro!

Estos sofocados gritos de auxilio fueron confundidos con el goteo del rocío de la mañana por dos luciérnagas fusionadas en vuelo, cuyo único deseo era no llegar nunca a tener larvas y prolongar así su danza de amor hasta el infinito. Tanto se sorprendieron, que las dos contuvieron el aliento, y por un segundo, justo cuando el macho eyaculaba, se separaron. La fuerza de la costumbre las incitó, posteriormente, a repetir este acto en todos sus futuros clímax, por lo que su más profundo deseo se convirtió en realidad.

Pero esto solo sucedió por la casualidad de la circunstancia. Lo importante aquí es que Tangmoo gritó, y sus pulmones se llenaron de agua, y por piedad, no quería morir de ese modo.

Con el fin de comprender plenamente la tragedia de este drama, tenemos que retroceder unos cuantos días y echar un vistazo a la aldea de Doi Saket, situada en la orilla de ese mismo río. Una tarde, como una hora antes del momento de su tercer bol de arroz del día, el muy gordo exterminador de malas hierbas Uan (“enormemente grasiento” en tailandés), entró corriendo en la plaza del templo. Sin aliento, como consecuencia de las posaderas de gran tamaño que le habían dado su nombre, se detuvo para recuperar la respiración, apoyándose en el enorme falo de piedra situado fuera del templo (pero no en los terrenos del templo de por sí, ya que Buda no aprueba ese tipo de disparates no budistas), antes de anunciar entre respiraciones sibilantes: “¡Venid a ver, venid a ver! ¡El primer deseo ha llegado!”

“¡Cuidado!” gritó el maloliente fabricante de lámparas Tao (“tortuga”), cuyo nombre no provenía de su cabeza de cáscara de huevo o de su apariencia de tortuga, si no de su extrema robustez, y señaló al falo de piedra.

En su frenesí, Uan había olvidado el consenso general que rodeaba al antiguo símbolo de fertilidad. La adultera peladora de arroz Somchai (“mujer de verdad”) engañó una vez a su marido con tres vecinos y un tendero de una aldea cercana tras haber sido vista ante el altar fálico, tocándose a si misma y envuelta tan solo en cintas de seda. Como castigo, Somchai fue enterrada hasta la cintura en el arrozal para que su exceso de fertilidad se filtrase a los cultivos, se decidió que el falo de piedra no volviese a ser tocado, y que solo se le saludase al pasar a su lado con una breve inclinación de cabeza, algo que fue fervientemente imitado por los aldeanos, lo que como consecuencia dio lugar a una gran abundancia de sexo oral.

Rápido como un rayo, Uan se alejó del falo (pero fue demasiado tarde: al año siguiente su mujer daría luz a trillizos) y gritó, “¡Venid al río, todos vosotros! ¡El primer deseo está llegando –lo he visto con mis propios ojos!”

“¿Ya?” dijo la muy educada recolectora de cangrejos Kulap, justo cuando volvía del campo de arroz con su cesta. “No me lo creo. Es demasiado pronto.”

Dentro de su casa, el generalmente respetado Puu Yaybaan, jefe de la aldea, oyó la conmoción y salió corriendo a la puerta. “¿Qué ocurre?” gritó, dispersando a las gallinas con su salvaje bramido. “¿Qué es todo este jaleo?”

“Uan dice que el primer deseo está aquí,” dijo Kulap, arrugando su nariz de una manera que era completamente contraria a su naturaleza gentil. “Pero no me lo creo.”

“¿Es verdad?” preguntó el Puu Yaybaan.

“Es tan verdad como que estoy aquí de pié ante vosotros,” insistió Uan, y en verdad, allí estaba.

“Y bien… ¿Lo has rescatado?” Preguntó Tao, colocando la lámpara a sus pies.

“Claro que no,” respondió Uan. “No puedo nadar, soy demasiado pesado como para mantenerme a flote. ¡Vamos, todo el mundo! ¡Al río!

El barullo hizo abrirse a muchas ventanas, y sonar a muchos móviles, y a muchas hojas de bananos volver a enrollarse tímidamente en su árbol, ya que la curiosidad era lo único que podía movilizar al unísono a todos los habitantes del pueblo. Y así fue que, al llegar a la rivera del río, todos lo vieron. Un haz brillante en la placida corriente. Un lirio flotante hecho de papel crepe. Una perla dentro de un loto floreciente. El primer deseo del Loi Krathong.

El filosófico irrigador Daeng (“rojo”), nombrado por la sangre que le cubrió al nacer, dijo vadeando las aguas poco profundas: “¿Es un deseo de felicidad? ¿Un deseo de amor? ¿Un último deseo? ¿Un deseo imposible?”

El parco en palabras dueño del restaurante Sorn (“cabra salvaje”), nombrado por algún curioso percance agrícola que nadie recordaba, apuntó con su mortero de piedra al brillo en el agua y dijo, “Si no hacemos algo, se va a ir flotando.”

“¡Alguien tiene que ir a cogerlo!” clamó el Puu Yaybaan, haciendo callar a los espectadores. Los hombres dudaron en la orilla, algunos niños vadearon hacia la corriente hasta que sus madres le silbaron indicándoles que volvieran, hasta que el escuálido cazador de ranas Yai (“larguirucho”) se quitó la ropa y se zambulló en las profundas aguas de color verde. (La costumbre tailandesa de dirigirse unos a otros con apodos se utiliza para recordarse mejor y para engañar así a los espíritus y que olviden los verdaderos nombres de las personas. Como terminan haciendo los propios tailandeses, en todo caso. Independientemente de lo poco favorecedor que pueda resultar el apodo, se utiliza continuamente en la vida cotidiana, y no tiene necesariamente un origen tradicional. El díscolo conductor de cosechadoras Sungkaew, por ejemplo, llamó a su hija Loli por los cigarrillos Marlboro Lights, y el desempleado buscador de setas Pakpao llamó a su hijo Cam por David Beckham, hasta que sus compañeros descubrieron que en el dialecto montañés “Ham” significa “saco testicular”, causando así que su afectada madre iniciara una campaña incesante para lograr cambiarle el nombre por “Porno”.)

“¿Qué es? ¿Cuál es el primer deseo?” gritó la gente cuando Yai resurgió y alcanzó la pequeña embarcación “¿Tiene una nota dentro?”

Aún con los pies en el agua, Yai desdobló las hojas de loto y sostuvo la húmeda pieza de papel. “Esperad, tengo problemas para leerlo. Las palabras están un poco borrosas. Pero dice…” –hizo una pausa dramática mientras el río contenía el aliento – “Deseo que mi búfalo de agua moribundo se ponga bien – Boborn S. de San Phak Wan.”

“¡EL LOI KRATHONG HA COMENZADO!” declaró el Puu Yaybaan a través del sistema de megafonía de la aldea, utilizado para anunciar todas las noticias importantes así como las que no lo eran, y sus pocas palabras fueron recibidas con algarabía por las multitudes en la margen del río. El astuto monje Sûa (“tigre”) empezó a cantar la tradicional melodía del Loi Krathong, al poco se unieron los viejos de la aldea dando palmas y los niños salpicándose agua unos a otros, mientras río arriba, en la ciudad de Chiang Mai, miles y miles de deseos eran lanzados al río.

Brilla la luna llena de Noviembre

Loi Krathong, Loi Krathong

Y las aguas son altas en el río y en el klong

Loi Krathong, Loi Krathong

El Loi Krathong está aquí y todos están llenos de alegría

Estamos juntos en el klong

Cada uno con su krathong

Al alejarnos nos ponemos a rezar

Para un día mejor contemplar

El joven Tangmoo (“sandía”) oyó el ruido desde la copa del árbol teng-rang donde estaba encaramado, ocupándose de deslizar un trozo de algodón trenzado alrededor de la rama rota y terriblemente frágil. El árbol había sido alcanzado por un rallo el verano pasado. No importaba como Tangmoo apuntalase, clavase, o sujetase la madera muerta, cada día, al rededor del mediodía, producía un ruidoso crujido y aquella cosa infernal se inclinaba un poco más hacia la casa de su padre. Cada día Tangmoo subía al árbol con nuevas tablas o cuerdas, y cada día la proporción entre elementos naturales contra elementos artificiales en el árbol teng-rang crecía un poco más a favor del material de apuntalamiento. Su madre le guardaba el dinero de su paga en un viejo wok, con el fin de que lo ahorrara para que un día se pudiese permitir el lujo de pagar a un paisajista para eliminar el peligro. Pero a Tangmoo no le importaba realizar su tarea diaria. De alguna manera le recordaba a un ritual sagrado. La copa y las hojas del árbol le provocaban el recuerdo subconsciente de la sandía vacía por la que había sido nombrado; una cuna que le había proporcionado muchos días y noches abrigadas cuando era un bebe.

“¡TODO EL MUNDO AL RÍO!” sonó la voz del Puu Yaybaan a través de los campos. “¡HAY DESEOS QUE CUMPLIR! ¡OH, Y ACORDAOS DE PONER MUCHAS MONEDAS EN EL ÁRBOL DEL DINERO FUERA DEL TEMPLO. VEREMOS UN DÍA MEJOR!”

Tangmoo descendió del árbol. Se paró para dejar una ofrenda de naranjas y cigarrillos en la pequeña casa del espíritu y decir una plegaria, para agradecer al espíritu del árbol por bendecirlos con una casa aún no aplastada bajo la rama muerta. (Aunque Tangmoo creía en Buda y sus lecciones y en la reencarnación y todo eso, no significaba que no tuviese tiempo para espíritus. Pero de hecho la benevolencia de la rama no tenía nada que ver con el espíritu del árbol –tan traumatizado por el rayo que hacía tiempo que se había ido a vivir a otro lugar– si no que estaba estrechamente relacionada con el buen karma del joven Tangmoo.)

Al acercarse a la orilla del río, Tangmoo vio a su hermano pequeño Nataphum escavando agujeros en la arena, completamente ausente.

“Hey, Tangmoo,” saludó Nataphum.

“¿No vienes a ver?” preguntó Tangmoo. “Los deseos ya están aquí.”

“Nah, no quiero. Tengo hambre. Desearía que el tiempo pasara más deprisa para poder cenar ya.”

“Yo estoy bien.” dijo Tangmoo encogiéndose de hombros.

Un poco más abajo, donde el tranquilo río Mae Ping era ahora escenario de salpicaduras y salvaje bullicio, Tangmoo arrancó una orquídea Mariposa, por impulso meramente. Al hacerlo, el cáliz de la orquídea se agitó, causando que diminutos granos de polen, invisibles al ojo humano, fuesen lanzados a la deriva y llevados aguas arriba por una repentina corriente de aire. Un temblor atravesó la aldea. Aquellos que pelaban arroz levantaron la cabeza. Los amantes se silenciaron. ¿Y el polen? Aterrizó en una de las fosas nasales del aburrido Nataphum. Tan pronto como el pequeño aspiró una brizna de aire, una rara alergia le hizo quedarse dormido al instante, solo para ser despertado unas horas después por el cantar de los grillos. Sorprendido por el súbito cumplimiento de su deseo, Nataphum corrió a casa para llenar su rugiente estómago.

Pero esto, al igual que ocurrió con las libélulas, fue puramente casual, y nada debe ser leído de ello.

Para entonces, la superficie del río estaba rebosante de krathongs. Como a cualquier otro niño en Doi Saket, a Tangmoo le habían contado innumerables veces la tragicómica historia de los orígenes del Loi Krathong, y por ello era consciente de la inestimable influencia de esa pequeña aldea a la que llamaba hogar. Hacía setecientos años, Neng Tanapong, hija de un sacerdote Brahman del reino de Sukhothai, había estado jugando en esa misma orilla de ese mismo río. La joven se sorprendió tanto por la aparición de la diosa del río Phra Mae Khongka (quien por coincidencia había elegido ese mismo tramo del río para darse un baño) que tuvo un desafortunado resbalón, se cayó al río y se ahogó. Todo el mundo conocía la historia, en la muerte, leía los deseos de las balsas de loto que pasaban sobre sus ojos muertos haciéndolos realidad. Y todos sabían que este evento era recreado en Doi Saket cada año en honor a la diosa del río, y que eran ellos mismos quienes concedían los deseos gracias a su ceremonia.

¡Oh, el festival! Por toda Tailandia la gente se embriagaba en un estupor de whisky barato, se rasgaban las gargantas cantando en sesiones de karaoke a la luz de la luna, y hacían el amor, noche tras noche, bajo fuegos artificiales y luces de linternas. Todo el mundo lanzaba krathongs al agua y khom loi al aire. Todo el mundo pedía deseos.

Pero mientras la gente en Chiang Mai festejaba, los aldeanos de Dai Saket se ponían a trabajar. Bajo la guía del díscolo conductor de cosechadoras Sungkaew, colgaban redes cruzando el río y apresaban los krathongs. Los hombres remaban arriba y abajo con pequeños botes, mientras las mujeres esperaban en la orilla para ayudarles a aliviar su cansancio. Varitas de incienso eran arrojadas a un montón de humeantes brasas, esparciendo un fabuloso aroma que una brisa sensual trasladaba a través de los campos de arroz como un mensaje susurrado. Las velas se fundían y la cera era utilizada como combustible para los Khom Loi. Monedas, joyas, y otros objetos de valor sacrificados a la diosa del río eran recogidos por el Puu Yaybaan y colocados en la estructura de madera que se preparaba junto al falo de piedra fuera del templo, para que todos pudiesen seguir el ejemplo de los más generosos. ¡Ay de los mortales que intentasen robar! les esperaba una noche colgando del sagrado árbol daeng, y una reencarnación en larva de mosquito del denge.

“Sucios ladrones,” se quejaría el Puu Yaybaan.

Pero las notas con deseos era lo que más importaba. Si todavía eran legibles se amontonaban en una pila: una vida de amor y felicidad por aquí, una nueva cadera ortopédica para mi madre por ahí, y a veces listas enteras: 1) Una buena cantidad de suerte; 2) 20.000 bath (unos 600 euros) (no es demasiado, ¿no?); 3) Una puerta nueva, que debería haber comprado hace años si no fuera por que mi jefe Kemkhaeng no fuese tan jodidamente tacaño como para darme un adelanto de vez en cuando; 4) Una pierna rota para Kemkhaeng; 6)…

En otras notas la tinta se había corrido tanto por el viaje por agua que lectores de tinta especiales, iniciados para la ocasión, eran enviados al río. A dos monjes, Sûa y Mongkut, se les daba la tarea de interpretar los frágiles hilos de tinta bajo la superficie del agua. Por tres días nadaban de aquí para allá, arrastrándose hasta el borde del río, con los ojos acuosos, para comunicar los deseos a los escribas que esperaban en la orilla, antes de sumergirse otra vez. Si ni siquiera se encontraba una nota, se le daba el krathong al exaltado Abad Chanarong (“poderoso guerrero”), quien destilaría metafísicamente el intencionado deseo del pequeño loto.

Todo el mundo en la aldea podría contaros que en una ocasión se había visto al exaltado Abad flotar un poco sobre su alfombrilla de oración mientras meditaba, con un krathong en las manos y miles y miles más bajo sus exaltados pies descalzos. A todos ellos se les había contado la historia con tanta frecuencia durante sus años de estudiantes que estaban plenamente convencidos que era cierta. Aunque ninguno lo había visto con sus propios ojos. De hecho, el Abad era un viejo senil que tenía problemas para leer los versos y, lo que es más importante, babeaba continuamente. Si alguna vez había sido capaz de levitar, lo había olvidado tanto como sus primeros pasos. Aun así, después de mucho debate acalorado, votación, conteo y recuento, el consejo de la aldea había decidido que la clarividencia era más sagrada que la demencia, por lo que siempre se le debía dar el beneficio de la duda. Y así, descodificaban el parloteo inarticulado del exaltado Abad, y cada deseo del norte de Tailandia era leído en anticipación de la ceremonia que se celebraría la última noche.

¿Y los deseos?

Se cumplían todos. O algunos, al menos.

Porque en la oscuridad de la noche, el Puu Yaybaan, acompañado por los monjes Sûa y Mongkut, condujo su desvencijada camioneta a la aldea de San Phak Wan. En el camino hacia allí, vieron un búfalo de agua de una salud radiante y le atrajeron fuera de su arrozal. Mientras Mongkut vigilaba en el exterior de la casa de Bovorn S., los otros dos cambiaban su búfalo moribundo por el búfalo en forma. Corriente abajo, tiraron al buey enfermo por un puente. Surgió una sola vez por encima del agua, mugiendo, y después de eso no se escuchó nada más salvo el sonido de las cigarras.

“¡QUÉ BUENA SUERTE!” declaró el Puu Yaybaan al amanecer del nuevo día. “¡BOBORN S. DE SAN PHAK LLENÓ SU KRATHONG CON CIEN BATH Y EL ANILLO DE ORO DE SU MUJER, Y SU DESEO SE HA HECHO REALIDAD! ¡SU BÚFALO ESTÁ TAN SANO COMO UN RATÓN SALTARÍN! ¡HACED COMO ÉL, DONAD GENEROSAMENTE, Y VUESTROS DESEOS SERÁN ESCUCHADOS! AH, Y ESPECIFICAD CLARAMENTE VUESTRO NOMBRE EN LOS DESEOS –BUDA NO LEE LAS MENTES, YA SABÉIS.”

El rumor se propagó como el fuego por los sistemas de megafonía de las aldeas cercanas y las de más allá, y no pasó mucho tiempo antes de que el deseo fuese confirmado por un entusiasta Bovorn S., que derramó lágrimas de alegría sobre el lomo de su desconcertado búfalo.

¿Qué? Pensaron algunos en Doi Saket. Pero la ceremonia no es hasta mañana por la noche. Ni si quiera hemos concedido su deseo todavía.

Sûa, sin embargo, declaró que el ritual era puramente simbólico y que la concesión de deseos era asunto del karma (de aquellos que los otorgaban, por supuesto, dejando de lado astutamente si se refería a los ingenuos aldeanos o a los disolutos monjes), y aquello fue el fin de la discusión.

Los krothong se llenaron con una cantidad de riquezas nunca antes vista. Procedentes de todas partes, personas acudían al templo a donar sus ganancias, que se veían muy bien en el árbol del dinero (haciéndolo parecer mucho más saludable), para después verse muy bien en la cuenta bancaria del Puu Yaybaan (haciéndole a él mucho más rico). El templo no vería ni un centavo. Una cantidad vergonzosamente insignificante se destinaba para la concesión de un deseo aquí y allá, solo para mantener viva la leyenda. El exaltado Abad murmuraba invariablemente un “gracias” sin entrar a formar parte del engaño, porque si había alguien que no se tomaba al vejestorio en serio, ese era el Puu Yaybaan.

Por su puesto, los propios aldeanos también tenían sus deseos. Incontables deseos. Deseos muy diversos que serían lanzados al aire en globos durante la ceremonia. Y a pesar de ser adeptos a conceder deseos y así, al menos en teoría, garantizarse una buena existencia, todo hombre necesita deseos para poder creer en algo.

El muy gordo exterminador de malas hierbas Uan deseaba amor, y si eso no estaba escrito, la idea de amor, y si eso no estaba escrito, un abrazo superficial.

La triste vecina Isra había estado deseando una carta de su nieto Om desde hacía seis años, cuando se fue a estudiar informática a Singapur y no volvió.

La bien educada recolectora de cangrejos Kulap deseaba un gong, solo por que le gustaba el sonido.

Gaew, el benévolo padre de Tangmoo, deseaba una buena vida para sus hijos, Singha, Nataphun y Noi, y por supuesto, para el propio Tangmoo.

El filósofo irrigador Daeng deseaba estar muerto.

La adultera peladora de arroz Somchai suplicaba potencia para la masculinidad siempre flácida de su marido, para que este pudiese finalmente, después de tantos años, tomar su virginidad.

Incluso el corrupto monje Sûa tenía un deseo. Deseaba que, al menos una vez, pudiese ver con sus propios ojos a la Diosa del río Phra Mae Khongkha, aun cuando no creía en ella.

Solo el joven Tangmoo no deseaba nada. Nunca había deseado nada. ¿No sería maravilloso tener algo que desear? Solía pensar. Tangmoo se relacionaba con el mundo desde la más pura sinceridad, siempre buscando algo que mereciese la pena desear, pero nunca encontraba nada que le emocionase lo suficiente como para engendrar un deseo. Todos los asuntos de los demás aldeanos, sus disputas y problemas, sus intrigas y pesares, sus dramas y sus vergüenzas… nada parecía ser más importante de lo que en realidad era. Y así, la vida de Tangmoo se convirtió en una serie de experiencias que simplemente soportaba, sin percibir en ellas ningún milagro apreciable.

Pero aquella primera noche del Loi Krathong no pudo dormir. Silenciosamente, salió al exterior. Más abajo, en el río, el turno de noche y los lectores de tinta seguían con su trabajo, pero en la aldea solo se encontraban despiertos los chichaks (unos pequeños lagartos suficientemente inteligentes como para articular su propio nombre).

Tangmoo alzó la mirada. Miles y miles de khom loi flotaban por el aire como enjambres de medusas fluorescentes contra el dosel nocturno. El cielo estaba cargado de deseos. Los más cercanos parecían moverse más deprisa, dirigiéndose hacia el sur. Cuando llegaban a altitudes más altas viraban hacia el oeste, hacia las montañas. ¿A dónde van? Se preguntó Tangmoo. Todos ellos flotaban despacio, calmados, apuntando hacia un destino desconocido. Volaron sobre el borde del universo y más allá.

Al día siguiente, Tangmoo partió al alba. Caminó todo el día, kilómetros y más kilómetros, y al caer la noche llegó al templo dorado de Doi Suthep, situado sobre una colina mirando a Chiang Mai. El Buen Abad le dio un pequeño bol de arroz para comer y se sentó junto a él en los escalones.

“¿Por qué has venido hasta aquí, hijo mio?” preguntó aquel hombre sabio.

Tangmoo apuntó con la cabeza hacia el cielo púrpura que se extendía sobre la ciudad y dijo, “Los deseos. Me gustaría saber a donde van.”

El Buen Abad tenía un talento excepcional para invocar las enseñanzas de Buda con todos los problemas relevantes e irrelevantes que le relataban aquellos que llegaban hasta allí para pedirle consejo. Incluso cuando un dilema parecía imposible de resolver, lograba sorprender a su audiencia con una única y uniforme respuesta que resultaba ser siempre correcta: que la pregunta era confusa y por definición irrelevante, ya que el propósito de toda vida espiritual es evitar la confusión. Y esa era la razón por la que el Abad de Doi Suthep era el hombre más querido del norte de Tailandia: hacía parecer todo convenientemente simple.

“Oh, nadie lo sabe,” iluminó el Abad en este caso. Se alisó las arrugas de su túnica y sonrió cortésmente.

¿Eso es todo? Podría haber pensado cualquier otro, ofendido ¿Para eso me he arrastrado descalzo hasta esta maldita montaña? Pero Tangmoo no. Miró a la confusión de fuegos artificiales sobre Chiang Mai y a la procesión de luces en el Bazar Nocturno, reflejándose sobre la superficie del río que podría o no, tomar su vida al día siguiente. El agua ardiendo, los silbidos y las explosiones, la gente festejando, todo ello creaba un caos tan consistente que volvía a transformarse en orden. Y por todas partes los khom loi se elevaban en el aire, como si la ciudad vertiese lágrimas de fuego invertidas.

“Chiang Mai consiste en tres mundos,” explicó el Abad. “El primer mundo es el que puedes ver frente a ti. Un mundo vibrante; viviendo y festejando y deseando. Luego está el mundo situado sobre él, un mundo de serenidad donde uno puede elevarse sobre lo mundano. Liberándose de sus deseos, la gente intenta alcanzar el mundo superior, para convertirse en parte de él. Hay dos capas, deslizándose la una sobre la otra.”

Tangmoo miró a los khom loi, flotando calmadamente sobre el caos de la ciudad.

“Pero hay otro mundo debajo,” continuó el monje. “Un mundo de callejones, de oscuridad, de pasadizos y corrupción. El mundo de los ciegos. ¿Ves? La superficie, salvaje y brillante; su lado oscuro en las profundidades; y finalmente, sobre ellos, lo sereno, lo trascendente, deseando hacer el bien. Viéndolo así, se asemeja bastante a un ser humano. Chiang Mai, la Rosa del Norte, es una persona que respira, que vive.”

“¿Pero que me dice eso sobre a dónde van los deseos?” preguntó Tangmoo.

“Quizá no importe a donde van los deseos,” dijo el Abad. “Quizá la pregunta debería ser, cómo podemos llegar nosotros allá. Mira ahí.”

Señaló a dos khom loi elevándose por el aire a una velocidad increíble, dejando atrás a todos los demás. De repente, uno de ellos empezó a brillar con más intensidad y viró bruscamente hacia el oeste, mientras que el otro parpadeó, revoloteó en caída libre, y se desvaneció. “¿Qué crees que ha pasado con esos dos deseos? ¿Por qué han ascendido más rápido que los demás?”

“Quizá eran deseos realmente ardientes,” conjeturó Tangmoo.

“¿Amor? ¿Felicidad? ¿Dinero? ¿Qué será que merece tal velocidad?”

“El deseo de desear algo…”

“O quizá el deseo de liberarse de todo deseo.”

Pero… Pensó Tangmoo. Pero…

“¿Y por qué un deseo era fuerte y seguro, mientras el otro se extinguió como una vela?”

“Quizá era un mal deseo, un deseo de venganza, o un deseo de muerte…”

“O quizá solo fue una distribución algo torpe del combustible,” dijo el monje encogiéndose de hombros, y luego sonrió. “Es hora de que te vallas a casa, hijo mio. Tus padres deben de estar preocupados”.

El chico tiene un buen corazón, pensó el Buen Abad benévolamente tras haberse despedido. Pidió un tuk-tuk para que esperase al chico y le llevase a casa tan pronto como alcanzara el más bajo de los trescientos escalones. Cuando el sabio monje entró en el templo, llevando el cuenco de arroz vacío del joven Tangmoo en su mano derecha, tropezó con sus ropajes y se cayó de bruces. El bol de arroz se hizo pedazos contra el suelo. Milagrosamente, el propio Abad no sufrió ni un rasguño. Sin embargo, mientras barría los fragmentos, fue inesperadamente sacudido por un largamente anhelado pero diligentemente suprimido deseo de expresar su creatividad, creando, por ejemplo, pequeños y delicados mosaicos. Durante toda la noche, el monje trabajó con los fragmentos y se sintió más feliz de lo que se había sentido en mucho tiempo. Y así, el Buen Abad, tan alejado del camino hacia la iluminación como el joven Tangmoo, vio cumplirse su mayor deseo, haciendo añicos toda su porcelana en el proceso.

Pero esto, con toda probabilidad, nada tuvo que ver con la llegada del muchacho.

Al día siguiente, todos los polvorientos caminos de Doi Saket se encontraban franqueados por linternas de todos los colores y tamaños. Colgaban de las ramas, cables eléctricos, y asustadas gallinas. Aún más fueron colgadas sobre muros, en los jardines y al rededor de la plaza del templo. El muy gordo exterminador de malas hierbas Uan se encargó de la organización de la mesa al oeste de la plaza, asegurándose de que todo el mundo que no le cayese bien se sentase lo más alejado que fuese posible de su persona, justo debajo de los vibrantes altavoces del equipo de karaoke. Todos los aldeanos se encontraban ocupados cocinando manjares o preparando los miles de khom loi para que todos fuesen encendidos simultáneamente esa noche –una pesadilla logística de increíbles proporciones.

Cuando finalmente llegó el crepúsculo, después de que los exhaustos lectores de tinta hubiesen vuelto del río con sus túnicas goteando y un último puñado de deseos, y de que el Exaltado Abad se quedase dormido sobre su alfombrilla de meditación… fue cuando comenzó la fiesta en Doi Saket. La gente cantaba y comía como si no hubiese un mañana. Niños capturaban lagartos y apostaban sobre cuál sería el más rápido. Niñas ataban hilos a mariposas Atlas de vivos colores y las llevaban por ahí como si fuesen cometas. Hombres y mujeres se desgarraban lascivamente la ropa y los miembros bajo el falo encantado.

“ESTÁ BIEN, GENTE. YA ES SUFICIENTE,” proclamó el Puu Yaybaan alrededor de las diez de la noche. “¡QUE EMPIECE LA CEREMONIA!”

El exaltado Abad (todavía dormido y por lo tanto resignado completamente a su papel) fue cargado fuera del templo sobre su asiento para guiar a los aldeanos en la meditación. El silencio que descendió sobre la multitud fue tan ensordecedor que hasta los cangrejos en el arrozal levantaron la mirada sorprendidos; aquel era el único momento en todo el año en que los habitantes de la aldea mantenían sus bocas cerradas al mismo tiempo (porque durante la noche la mayoría de ellos no paraban de hablar en sueños).

Solamente el joven Tangmoo no participaba en esta introspección comunal, de igual modo que no había formado parte del resto de las festividades. Tras apuntalar la rama seca del árbol teng-rang con un nuevo trozo de madera, se retiró a un lugar tranquilo detrás el templo. Había estado sentado allí durante horas, con su espalda descansando contra una rueda de la réplica de madera de la diosa del río Phra Mae Khongkha, que sería trasladada a la plaza del templo durante la ceremonia. Liberándose de sus deseos, la gente intenta alcanzar el mundo superior. Tangmoo se sentía como una persona ahogándose, agitándose. Si liberarse del deseo era el camino hacia la cumbre a la que aspiraba todo ser, ¿cómo se suponía que podía él justificar su propia existencia?

Una portentosa musaraña que se echaba la siesta sobre el eje de madera de la diosa del río alzó repentinamente sus orejas. Un segundo después se escabulló, chillando. Pareció asustarse por algo. Tangmoo pensó que quizá había detectado a un tigre cercano. Entonces escuchó voces aproximarse. De repente, Tangmoo sintió miedo, ya que se suponía que no debía estar allí. Por impulso, se zambulló en los mismos arbustos entre los que había desaparecido la musaraña, y permaneció allí en silencio, ignorante de que su pié derecho se encontraba en equilibrio sobre una ramita seca apunto de romperse. (Irónicamente, la ramita venía de un árbol teng-rang; era un espécimen mucho más pequeño de la que amenazaba la casa de su padre, pero con consecuencias mucho más trascendentales.)

Desde su escondite, Tangmoo vio aparecer al generalmente respetado Puu Yaybaan y a los monjes Sûa y Mongkut. El trió se paró bajo la representación de madera de la diosa del río, a penas a un metro de donde Tangmoo se encontraba oculto. Tenía miedo incluso de respirar. Los hombres estaban absortos en una acalorada discusión, de la cual solo fragmentos llegaban a oídos de Tangmoo: “…no debe levantar sospechas…” y “…no he estado buceando como un idiota para nada, maldita sea…” y “…seis deseos cumplidos, eso es más de lo que…” y “¡Bien! Pero va a salir de tu parte…”

¿Se puede culpar a la ramita por partirse en ese preciso momento y jugar un papel tan fundamental en la destrucción y creación de tantas vidas del norte de Tilandia? Sea como fuere, sucedió, y el eco resonó en los temblorosos oídos de Tangmoo.

“¿Qué ha sido eso?” gritó el Puu Yaybaan.

“¡Aquí!” dijo Sûa, triunfante. Dos manos fuertes, veloces como serpientes, se precipitaron entre los arbustos y agarraron a Tangmoo por el pescuezo, arrastrándolo hacia fuera. “¡Un espía! ¿Qué estás haciendo aquí pequeño bastardo?”

“Yo… nada,” balbuceó Tangmoo. “Solo estaba… meditando.”

“¿En los arbustos?” dijo escéptico el Puu Yaybaan.

Mongkut miró a su alrededor con nerviosismo. “¿Cuánto tiempo lleva ahí?”

“Lo ha escuchado todo,” siseó el jefe de la aldea.

“No… no se… no tengo ni idea de lo que estaban hablando,” dijo Tangmoo. Intentó liberar su brazo. “Creo que debería volver a la plaza del templo, o mi madre…”

“Va a contarles todo,” dijo Sûa, apretando con más fuerza el brazo del chico. “Tenemos que hacer algo.”

“No, en serio, no se de que…”

“¡Mentiroso! ¡Traidor!” dijo Sûa con una furia repentina, rociando el rostro de Tangmoo con largas tiras de saliva.

“No podemos darle la oportunidad de arruinarlo todo,” decidió el Puu Yaybaan en un susurro. Más que la ira incontrolable de Sûa, aquella fue la señal para Tangmoo para liberarse de un tirón y salir corriendo como un loco.

“¡Hey!” gritó Sûa.

“¡Tras él!” exclamó Mongkut.

“Encárgate de esto,” ladró el Puu Yaybaan a Sûa. “¿Te lo estoy dejado suficientemente claro? Mongkut y yo empezaremos la ceremonia antes de que la gente empiece a preguntarse que nos está reteniendo.”

Corriendo a ciegas, Tangmoo se precipitó en la oscuridad. Sûa corrió tras él. Se aventuraron a toda velocidad por el sinuoso sendero que se alejaba del templo, cruzando la selva, atravesando la espesura. Sûa le pisaba los talones gruñendo como un gato salvaje, mientras que a menos de trescientos metros de ellos, en la plaza del templo, todas las linternas con sus deseos habían sido ya encendidas y empezaban a llenarse con aire caliente. Se alzaron gritos de alegría cuando la estatua de madera de Phra Mae Khongkha entró rodando en la plaza, y nadie escuchó los dementes rugidos de Sûa: “¡VUELVE AQUÍ, MISERABLE MENTIROSO! ¿ES QUE NO HAS HECHO SUFICIENTE?”

Finalmente, la luz de la luna se abrió camino. Los pies salpicaron sobre el agua. Consternado, Tangmoo se dio cuenta de que había llegado al río. Se volvió hacia su agresor al mismo tiempo que su hermana pequeña Noi se volvía sobre el podio frente al templo. Había sido escogida ese año para representar el papel de Neng Panatong. Sonriendo orgullosa con su precioso vestido, sin duda Noi estaba pensando en su hermano mayor, en algún lugar entre aquella frenética multitud.

“Te tengo,” sonrió Sûa, introduciéndose en las aguas poco profundas del río.

“Escucha,” gimió Tangmoo, tropezando hacia atrás, cuando se encontraba con el agua a la altura del muslo. “No tengo ni idea de que estabais hablando. ¿Cómo voy a hablar con nadie de algo que no sé?”

“Pequeño,” dijo el tigre. “Lo que sepas o no sepas no importa.”

Gruñendo, se arrojó sobre Tangmoo, su túnica azafrán ondeó en el agua como una nube de sangre: no, no, no, no, el brazo gigante de madera de la diosa del río descendió sobre la pequeña Noi y ella alzó la mirada con un grito ahogado, la multitud jadeó con tanto entusiasmo y tan poca moderación que parecían haberse vuelto locos; si, si, si, si, el río se arremolinó sobre Tangmoo, destellos iluminaron la noche, crepitaron fuegos artificiales, salpicando, agitándose, sus pies patearon desesperadamente, desplazando estrellas de mar del fondo del río, gritos ahogados se elevaron en burbujas hacia la superficie, explotando en silencio; ¡Socorro, socorro, socorro, socorro! La joven Neng Tanapong se ahogó envuelta en tela de satén mientras miles de khom loi se elevaban al mismo tiempo, la multitud cayó de rodillas, contemplando entre lágrimas aquel milagro de fuego, los deseos llenaban la noche, el falo de piedra se encogió de vergüenza, y Tangmoo se ahogó en el río.

Pero no sin un testigo.

Porque desde la oscuridad de la orilla del río, una sombra se alzó sobre las demás. Era, por supuesto, Phrae Mae Khongkha que, tras conferir vida al río mucho tiempo atrás, se había detenido para tomar un respiro en su lecho. Y así sucedió que Sûa, el monje, chorreando agua y exhausto por el esfuerzo, miró por encima del hombro y vio su mayor deseo cumplido, aun cuando no podía creer lo que veía. Su cuerpo fue encontrado aguas abajo al día siguiente, pero no sus manos cercenadas. Nunca se llegaron a encontrar.

¿Y Tangmoo?

Estoy seguro de que si hubieseis observado cuidadosamente, hubieseis podido ver una diminuta mota de luz que se elevaba desde el río. Flotó hacia el cielo nocturno, subiendo a toda prisa para unirse a los khom loi. Ahí la pequeña luz encontró la paz. En el fondo del río, en los ojos muertos de Tangmoo, podríais ver reflejado un cielo estrellado rebosante de deseos. A su alrededor corrían arremolinándose mechones de tinta, y los leyó todos.

Al medio día del día siguiente se oyó un crujido cuando la rama muerta del árbol teng-rang cedió, pero no había nadie para volver a asegurarla en su sitio. Dos días después finalmente se quebró, y destruyó, no solo la casa, también la parte del cerebro del padre de Tangmoo responsable de la reorientación de la pena. Desde ese momento, Gaew, que se encontraba inconsolable desde la muerte de su primogénito, dedicó una vida delirantemente feliz a sus restantes hijos, ayudado por su esposa, que admitió tristemente: Pensar que la vida es buena es mejor que no vivir en absoluto.

El colapso de la rama condenada tuvo la consecuencia añadida de que ahora, todas las mañanas, un rayo particularmente molesto de luz atormentaba el ojo del filosófico y siempre deseoso de una muerte temprana irrigador Daeng, causándole incontrolables ataques de ira y privación de sueño severa. No pasó mucho tiempo, por lo tanto, antes de que Daeng se quedase dormido al volante mientras conducía por la carretera principal. Se estrelló contra un camión lleno de cerdos en su camino al matadero, rodó catorce veces y encontró una desconocida actitud de alegría ante la vida al descubrir que había sobrevivido al accidente sin un solo rasguño. Al contrario que los cerdos. Tan lúgubre era el lugar del accidente -trozos sangrientos de cerdo esparcidos por toda la carretera- que apareció en las noticias de todo el sudeste asiático. Incluso en Singapur, donde Om llevaba trabajando en un restaurante tailandés desde hacía seis años, enviando cada mes un e-mail a su afligida abuela, que no tenía internet. Om le escribió entonces una carta, diciendo: Estoy bien abuela. Tengo un doctorado en informática y estoy ganando mucho dinero. Toma un poco -e incluyó sus propinas en el sobre. Cuando Isra encontró el sobre en el buzón una semana después, murió de felicidad.

Deseos, deseos, deseos por doquier. La bien educada recolectora de cangrejos Kulap encontró en el arrozal un pedazo de chatarra del malogrado camión de Daeng y lo usó para forjar un gong. Cuando lo hizo sonar una noche, tocó en una frecuencia tal, que encantó a cada hombre de Doi Saket atrayéndoles hacia su pequeña casa. Tan pronto como el muy gordo exterminador de malas hierbas Uan la vio, se enamoró de ella de pies a cabeza. Kulap le dio un abrazo superficial, y al menos, la idea del amor.

Deseos, como perlas en un collar de causa y efecto. El gong de Kulap se mantuvo sonando a través de los arrozales durante noches sin fin, resonando finalmente en el torrente sanguíneo de la masculinidad del marido de Somchai, desalojando un objeto extraño de sus venas. Inmediatamente la poseyó con toda la lujuria que se le había negado durante todos estos años, y Somchai fue engullida en ondas de energía coital que se extendieron en millas a la redonda -llegando incluso tan lejos como a Chang Mai, donde se abrieron piernas, se masajearon muslos y se exclamaron orgasmos. Por todo el norte de Tailandia los deseos se hicieron realidad. Se forjaron lazos de amor. Nacieron niños. Kemkhaeng se rompió una pierna.

Y quizá todo esto fue solo coincidencia, como tanto en la vida.

Pero dejadme deciros esto, en algún lugar, una pequeña luz encontró su enjambre. Se dejó llevar a la deriva por los vientos que soplaban hacia el oeste. Todo el camino deseó, y deseó, y deseó. Y así, deseando, la luz y sus deseos volaron sobre el borde del universo y más allá.

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