Las historias de selkies son para perdedores

Selkie Stories Are for Losers de Sofia Samatar, publicado originalmente en Strange Horizons. Nominado los premios Hugo y Nebula a Mejor Relato 2014


Odio las historias de selkies. Todas van de cómo subes al ático para buscar un libro, y encuentras un abrigo viejo y mugriento y lo llevas escaleras abajo sujetándolo con asco entre la punta de los dedos y preguntas “¿Qué es esto?” Y no vuelves a ver a tu madre nunca más.


Trabajo en un restaurante llamado Le Pacha. Empecé a trabajar después de que mi madre se marchase, para ayudar a pagar las facturas. Durante mi primera noche de trabajo el jefe me gritó dos veces, me quemé los dedos con un plato caliente, derramé sopa de lentejas y perejil sobre mi delantal, y me dejé las llaves en la cocina.

Al principio no me di cuenta de que me las había dejado. Me quedé en el aparcamiento, respirando lentamente y dejando que el olor a aceite se me fuera del pelo, y cuando los demás coches ya se habían ido metí la mano en el bolsillo de la chaqueta. Entonces me dí cuenta.

Volví corriendo al restaurante y golpeé la puerta. Por supuesto, nadie respondió. Olí el humo de cigarrillo solo un instante antes de escuchar la voz.

“Hey”.

Me di la vuelta, Mona estaba allí, con el humo blanco corriendo entre sus dedos.

“Me he dejado las llaves dentro”, dije.


Mona y yo somos las únicas chicas que trabajamos en Le Pacha. Todos forman parte de la misma familia menos yo. El propietario, que responde al nombre de “Tío Tad”, es de verdad su tío, el hermano de su madre. “No hables con él a menos que sea necesario”, me advirtió Mona una vez. “Es un cerdo”. Eso fue después de que suspirara, dejara caer su cigarrillo, lo aplastara con el zapato y pusiera el píe sobre mis manos entrelazadas para ayudarla a colarse por la ventana. Después se abrió paso por la cocina y me abrió la puerta. Dijo: “Madame”, con voz grave, e hizo una reverencia. Al menos creo que dijo “Madame”, podría haber dicho “Mi Lady”. No recuerdo esa noche demasiado bien porque bebimos un montón de vino. Mona dijo que ya que nos habíamos colado, bien podríamos robar algo, y alineó todas las botellas de vino tinto que ya habían sido abiertas. La iluminé con la luz del móvil mientras sacaba los tapones de goma y vertía un poco de cada botella en una jarra de plástico. Lo llamó “El Vino de la Casa.” Estaba sorprendida de que fuera tan amable conmigo, porque apenas habíamos intercambiado un par de palabras mientras habíamos estado trabajando. Después me contó que odiaba a todo el mundo la primera vez que les conocía. Llamé a casa, pero mi padre no contesto; seguramente estaba en el sótano. Le dejé un mensaje y apagué el teléfono. “¿Sabes lo que me ha dicho un tío hoy?” preguntó Mona. “Quería cuscús con ternera y me ha pedido un “chu-chu” con ternera”.


La madre de Mona no trabaja en Le Pacha, pero a veces viene sobre las tres, se sienta en la sección de Mona y llora. Entonces Mona se cala su gorra naranja de baseball y sale por la puerta de atrás para fumarse un cigarrillo, y yo me hago cargo de su sección. La madre de Mona nunca me pide nada. Tiene los ojos de Mona, o Mona tiene los suyos: enormes y enfadados ojos con pestañas que se curvan hacia arriba en los extremos. Sacude la cabeza y dice: “Nada, nada”. Al final siempre sale Tio Tad y la madre de Mona le besa y le abraza, sollozando algo en árabe.


Después del trabajo Mona dice: “¿Tienes las llaves?”

Subimos a mi coche y conduzco hasta la Zona Hueso, un enorme cementerio sobre una colina. Paro en el aparcamiento vacío y Mona se lía un porro. Solo hay una farola, brillando alta y fría en mitad de la explanada. Mona se quita los zapatos, pone los pies sobre el salpicadero y llora. Me advirtió de aquello la noche que nos conocimos: le dije algo estúpido como “Que graciosa eres” y ella dijo “En realidad lloro mucho. Es algo que deberías saber”. Estaba tan feliz de que pensara que debía saber cosas sobre ella que no me importó. Sigue sin importarme, pero es verdad que Mona llora mucho. Llora porque tiene miedo de que su madre le arrastre de vuelta a Egipto, donde solía vivir su familia, y donde Mona nunca ha estado “¿Qué iba a hacer ahí? Ni si quiera se árabe”. Se limpia el maquillaje corrido con la manga, y le digo que mire la luz de la farola y se imagine que es una fogata en la que tiramos todas las historias de selkies jamás escritas y las vemos arder.

“Tú y tus historias de selkies”, dice. Le digo que no son mis historias de selkies, que nunca lo serían, y que nunca contaría ninguna, lo cual es verdad, nunca lo haré, y no le cuento cómo aquel día subí al ático o que lo que en realidad estaba buscando era un libro que solía leer cuando era pequeña, La Bella y la Bestia, que es una historia bastante decente sobre un animal que es convertido en humano y se queda así, como debe ser. No le digo a Mona que el pelo negro de la Bella crecía en espiral hasta el borde de la página, o que la Bestia tenía cuernos amarillos y un traje elegante, o que en lugar de encontrar el libro encontré un abrigo, y que mi madre se lo puso, salió por la puerta de la cocina y puso en marcha el coche.


Una de esas historias de selkies trata sobre un hombre de Mýrdalur. Estaba un día sobre los acantilados cuando escuchó gente cantando y bailando en una cueva, encontró un puñado de pieles apiladas sobre una roca, se llevó una de las pieles a su casa y la guardó en un cofre, y al volver, una chica estaba sentada allí, llorando. Estaba desnuda, le puso algo de ropa encima y se la llevó a casa. Se casaron y tuvieron hijos. Ya sabéis como va esto. Un día el hombre se cambia de ropa y olvida sacar la llave del cofre del bolsillo, y cuando su mujer hace la colada, la encuentra.


“No vas a irte a Egipto”, le digo a Mona. “Vamos a ir a Colorado, ¿recuerdas?”

Ese es nuestro gran sueño, ir a Colorado. Donde nació Mona. Vivió allí hasta que cumplió los cuatro. Todavía recuerda las rocas, los pinos y el aire frío. Dice que las nubes de Colorado son claras, como fragmentos de un espejo. En Colorado, los padres de Mona se divorciaron y su madre intentó suicidarse por primera vez. Lo volvió a intentar otra vez aquí. Metió la cabeza en el horno, apoyándola sobre una almohada. Mona estaba en séptimo.


Las selkies vuelven al mar casi al instante, como si nunca se hubiesen ido. Esa es una de las cosas que las diferencian de los humanos. Una vez, mi padre intentó volver a un lugar: estaba en el ejército, destinado en Alemania, y subió a Noruega para buscar el pueblo del que había venido mi tatarabuela. Consiguió encontrar el lugar, incluso encontró una granja que tenía nuestro apellido. En el pueblo, fue a un restaurante y pidió lutefisk, una especie de pescado asqueroso que mi abuela solía hacer. La cocinera salió de la cocina y le miró como si estuviese loco. Le dijo que el lutefisk solo se comía en Navidad.

Ahí se acabo el plan de mi padre de traer de vuelta el sabor original del lutefisk. Ahora todo lo que le queda de Noruega es la vieja biblia de mi tatarabuela. También está el diario que escribió en aquella misma granja, pero no podemos leerlo, solo hay tres palabras legibles en todo el libro: Un día horrible.


Podríais pensar que mi padre se hizo con mi madre en Noruega, donde tienen focas. Pero no fue así, la conoció en una piscina.


En cuanto a mi madre, nunca hablaba de su familia. Una vez le pregunté y me respondió que “no son como nosotros”. En aquel entonces pensé que a lo mejor eran drogadictos o asesinos, que quizá estaban en prisión en alguna parte. Ahora desearía que fuese verdad.


Una de las historias que no le cuento a Mona viene del Diccionario del Folclore Británico en el Idioma Inglés. En esta historia, es la hija pequeña de la selkie la que le muestra dónde está escondida la piel. No sabe lo que va pasar, por supuesto, solo sabe que su madre busca una piel, y recuerda a su padre sacando una de debajo de la cama para acariciarla. La madre de la pequeña saca la piel y le dice: “¡Hasta siempre, peerie buddo!” No se para a pensar como la va ha echar de menos su hija, o que si ha estado aguantando la respiración todo ese tiempo, seguro que puede seguir haciéndolo un poco más. Se limita a ponerse la piel y lanzarse al mar.


Después de que se fuera mi madre, esperé a que mi padre volviese del trabajo. No dijo nada cuando le conté lo del abrigo. Se quedó quieto en la cocina frotándose los dedos suavemente casi como si estuviese chasqueándolos pero sin emitir sonido alguno. Después se sentó y encendió un cigarrillo. Nunca le había visto fumar dentro de casa. Mama va a perder la cabeza, pensé, y después me dí cuenta de que no, mi madre no iba a perder nada. Nosotros eramos los perdedores, mi padre y yo.


Todavía me espera despierto, así que, justo antes de medianoche salgo del aparcamiento. Espero volver lo suficientemente pronto para que no refunfuñe, pero lo suficientemente tarde como para que no le apetezca subir del sótano, dejar de ver viejas series de televisión, y sermonearme sobre la universidad. Le he dicho que no voy a ir a la universidad. Me voy a Colorado, un estado sin costa. Solo veinte de los cincuenta estados están completamente rodeados de tierra, lo que significa que no hacen frontera ni con los Grandes Lagos ni con el mar. Mona enciende la luz y trata de ponerse rímel mirándose al espejo, yo giro bruscamente para que falle. Apaga la luz y me golpea. Todas las ventanas están bajadas para airear el coche, y el pelo de Mona vuela salvaje alrededor de su rostro. Peerie Buddo, el libro dice que es “un termino cariñoso”. “Peerie Buddo”, le digo a Mona. Le entra hipo. No puede parar de reírse.


Nunca he besado a Mona. No puedo parar de pensar en hacerlo, pero sigo diciéndome que no es un buen momento. No es que crea que vaya a asustarse o algo. Ni si quiera es que tema que no me devuelva el beso. Es peor: tengo miedo de que me bese, pero no lo sienta.


Probablemente uno de los mayores perdedores que se hayan enamorado jamás de una selkie fue aquel que llevaba a todas partes la piel en su mochila. Tenía tanto miedo de que su mujer la encontrara que llevaba la piel encima en todo momento, al ir a pescar, al ir a emborracharse al pueblo… Entonces un día consiguió una pesca espectacular. Recogió tantos peces que no podía llevarlos todos a casa con su red. Vació la mochila, la llenó de pescado, se puso la piel sobre el hombro, y en la subida hacia su casa, se le cayó.

“Gray in front and gray in back, ‘tis the very thing I lack.” [gris por delante y gris por detrás, esto es justamente lo que me falta] Esto dijo la mujer del pescador cuando encontró la piel. El hombre corrió para atraparla, incluso llegó a besarla aun cuando ya se había transformado en foca, pero esta se arrastró por el camino y se lanzó al agua. El hombre se quedó quieto entre las frías olas que golpeaban a la altura de las rodillas, llorando y apestando a pescado. En las historias de selkies, los besos no arreglan nada. No se produce ninguna transformación mágica a causa de un beso. ¿Qué clase de cuento de hadas es ese?


“No se habría despertado”, dice Mona. “La saqué del horno y la dejé en el suelo, apagué el gas y abrí las ventanas. No es que me sintiese especialmente audaz en aquel momento, ni si quiera podía pensar. Llamé a Tío Tad y a la policía y seguía sin pensar en nada.”

Yo no creo que no fuese audaz. Incluso trató de dar a su madre primeros auxilios, pero su madre no despertó hasta más tarde, en el hospital. Prácticamente tuvieron que meter una mano y sacarla a rastras de la muerte, así de cerca estuvo. La muerte es tan fina como la piel, solía decir Mona. Gris por delante y gris por detrás.


Querida Mona: cuando te veo, me duele la piel.


Paro en su calle para que se baje. La casa es oscura, la más oscura de toda la calle, porque a la madre de Mona no le gusta dejar la luz del porche encendida. Dice que se cuela entre las persianas y no le deja dormir. La madre de Mona tiene un precioso dormitorio escaleras arriba, con un montón de fotografías antiguas en marcos dorados, pero duerme en el sillón del salón junto al acuario. Mirar los peces le ayuda a dormir, aunque también dice que este país no tiene peces de verdad. Es lo que Mona llama uno de los “refranes” de su madre.

Mona sale del coche, arrancando el pedazo de mi corazón que lleva con ella a donde quiera que va. Se para junto al coche y se inclina ante la puerta abierta. Casi no puedo verla, pero puedo oler el perfume de limón que se pone en el pelo, mezclado con olor a sudor y marihuana. Mona huele a bosque, no a mar. “Dios mío”, dice, “Se me ha olvidado contártelo. Esta noche, ¿sabes la mesa seis? ¿El grupo de amigos de Tio Tad?”

“Sí”.

“Pues querían sopa con la comida, y se me olvida. ¿Y sabes lo que me dice el tío viejo? ¿El tío ese bajito que se sienta a la cabecera de la mesa?”

“¿Qué?”

“Va y dice: ¡Vous êtes bête, mademoiselle!

Lo dice en una voz grave y ronca, y se ríe. Solo puedo decir que es francés, pero eso es todo.

“¿Qué significa eso?”

¡Es usted idiota, señorita!

Agacha la cabeza, ahogando sus risas.

“¿Te llamó idiota?”

“Si, bête es como bestia.”

Levanta la cabeza y la sacude. La luz del porche de otra persona se refleja en su nariz. Finge un acento noruego y dice: “Un día horrible

Asiento con la cabeza. Y porque lo decimos todo el tiempo, y porque es una tontería que podrías llamar uno de nuestros “refranes”, o quizá por la hierba que he fumado, un montón de días parecen comprimidos en ese momento, más de los que puedas contar. Está el momento en el que todos salimos en noche vieja y Tío Ted me llevó a casa en coche, y cuando se paró y abrí la puerta me dijo que la cerrara, y dije “Lo haré cuando esté al otro lado”, y cuando se lo conté a Mona nos reímos tanto que nos tuvimos que esconder en el baño. Está el día en que algunos chicos que conocemos del instituto se pasaron por el restaurante y les servimos vino a pesar de que no tenían la edad y Mona se puso nerviosa y lo derramó todo sobre el mantel, y el día que vino su primo de visita y nos hizo sándwiches de queso y menta en el microondas y le gritaron por malgastar comida. Y el día de la fiesta de cumpleaños de la madre de Mona, cuando Tío Ted puso música y nos hizo bailar a todos, y los ojos de la madre de Mona se llenaron de lágrimas, y después Mona me dijo: “Debería haber huido. Soy lo único que la retiene aquí”. Unos días horribles. Los mejores días de mi vida.


“Adíos”, susurra Mona. La sigo mirando hasta que desaparece dentro de su casa.


Mi madre solía nadar todas las mañanas en el YMCA. Me llevaba con ella cuando era pequeña. No me gustaba nadar. Me sentaba con un libro mientras ella nadaba arriba y abajo, arriba y abajo, un rayo oscuro en el agua. Cuando leí Mrs. Frisby and the Rats of NIMH, mi madre me parecía una rata de laboratorio cumpliendo tareas por la manera en que continuaba tocando un extremo de la piscina y después el otro. Al final, salía del agua y se quitaba el gorro de baño. En el vestuario colgaba su bañador, un delgado trapo gris que goteaba sobre el suelo. La mayoría de las mujeres ponían el gancho de su candado a través de las tiras de los bañadores, para que pudiesen secarse fuera de las taquillas sin que pudieran robarlos, pero mi madre nunca hacía eso. Se limitaba a colgar el traje de baño de la cerradura. “Nadie va a robar este trapo viejo”, decía. Y nadie lo hizo.


Ese debería haber sido el final de la historia, pero no lo fue. Mi padre me dijo que mi madre era una elemental, una extraña, que no era una de nosotros. No fue mi culpa que se marchara, fue porque no aprendió a respirar fuera del agua. Es la peor historia que he escuchado en la vida. Nunca se lo voy a contar a Mona, ni siquiera cuando nos vamos a Colorado con todo lo que necesitamos en el maletero de mi coche, y la espero frente al supermercado como siempre hemos planeado, y viene corriendo, sonriendo bajo su gorra naranja de baseball. No voy a decirle lo peligrosos que son los áticos, o cómo algunas personas no pueden empezar de nuevo, o cómo aún veo a mi madre en el reflejo de los escaparates de las tiendas con el pelo largo del mismo tono gris que su abrigo, o cómo cuando mis primos pequeños vienen de visita vamos al zoo y las focas me reconocen, y salen del agua y me hablan en un idioma extranjero. Nunca se lo diría. Estoy demasiado asustada. Ni siquiera le voy a decir lo que necesita saber: que tenemos que ser más fuertes que nuestras madres, que tenemos que construir nuestra propia historia, que espero que no cambie de opinión y me deje tirada en Colorado porque no lo entendería, la odiaría por siempre y quemaría todas sus cosas y me mantendría despierta toda la noche gritando en los bosques, porque no ser capaz de respirar es una idiotez. ¿Quién ha oído alguna vez sobre alguien capaz de respirar en un sitio sí pero en otro no? Pero nosotras no somos así, Mona y yo, y las historias de selkies son solo para perdedores atrapados en el lado equivocado de la magia –que dejan caer sus cosas, que lo cuentan todo, que se dejan sus llaves por ahí, que dejan ir a los que quieren.


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