La reina del río

The Fisher Queen, de Alyssa Wong

MI MADRE ERA UN PEZ. Por eso nado tan bien según mi padre, que es un simple pescador, con la lógica simple de un pescador, pero con un toque innato para el drama. Y aunque es cierto que puedo cortar el agua con la agilidad de un alevín, o como una mano sumergida en el río desde el borde de una motora, personalmente creo que es porque nadie puede crecer en las orillas del Mekong sin saber dos cosas: nadar y como evitar a las sirenas.

   Las sirenas como mi madre, según los cuentos de mi padre, son peces. No son gente, son estúpidas como los peces, se comen nuestra basura como los peces, se venden en el mercado como los peces. Mantén a tus hijos alejados del agua, mantén tus bienes bajo llave, y si se acercan a la orilla, grita mucho y golpea cacerolas hasta que se asusten y se vayan. Son bastante básicas.

   Una vez, mis hermanas trataron de hablar con una sirena. Se quedó atrapada en una de las redes de enganche de mi padre, y cuando fueron a revisar las redes de detrás de la casa, encontraron a la sirena enredada. Era una de agua dulce, de las que se alimentan de lo que encuentran en el fondo del río, con un pelo largo y escaso cuyo color aun hoy es un tema de discusión entre mis hermanas. Iris, la mayor, se sintió mal por ella e hizo que May le echase algo de agua  en sus aleteantes branquias con su cubo rojo de plástico. Le pidió a la sirena que si no era mucha molestia les dijese su nombre. Pero se limitó a quedarse mirándolas fijamente con sus ridículos ojos laterales, con la enorme boca abriéndose y cerrándose mientras el fango se deslizaba por sus bigotes. Entonces padre llegó a casa y gritó a Iris y May por recoger las redes demasiado pronto y tocar a la sirena, que probablemente tenía piojos de mar y todo tipo de enfermedades.

   Por aquel entonces solo era una niña, pero mis hermanas cuentan la historia todo el tiempo. Iris quiere ser bióloga marina, casi ha acabado el instituto, pero es demasiado tonta como para ir a la universidad. No para de darnos lecciones sobre peces de los que hemos estado rodeados toda la vida. Una vez robé para ella un libro de biología de clase de los mayores y duerme con él bajo la almohada. A May no le interesa el instituto y seguramente acabará casándose con uno de los chicos que viven a lo largo de los muelles para no tener que repetir el décimo curso una vez más. La sirena es uno de esos recuerdos compartidos que tienen, una pequeña chispa de magia de los tiempos en que aun creían que nuestra madre era un pez y aquella sirena quizá una especie de prima lejana.

   Pero ahora tengo quince años, soy un miembro de pleno derecho en un barco de arrastre, demasiado mayor como para que mi padre me engañe con una historia que se ha inventado para no tener que explicarnos por qué nuestra tan humana madre se marchó y nos dejó tiradas con nuestro padre.

   Estoy atándome las botas y preparándome para salir hacia el barco cuando May se asoma desde la litera de arriba, dejando caer su largo pelo negro sobre mi cara. “Toma”. Se quita a tientas su collar y me pone su Buda de nácar en la palma de la mano. “Vuelve a salvo, ¿vale?”

   Me deslizo la cadena encerada por la cabeza. Todavía esta oscuro, el sol no saldrá en un par de horas. “Sí, claro. Vuélvete a dormir.”

   Revuelve las sabanas a su alrededor, lo pliegues se alzan como olas rompiendo en el océano. “Lo digo en serio”, murmura. “No vuelvas como un fantasma”.

   Iris, roncando en la litera de abajo, ni siquiera se inmuta. “Los fantasmas son una tontería”, le digo a May, agarrando la mochila que cuelga del borde de la cama. Nuestra pequeña casa solo tiene dos habitaciones, un pequeño techo azul de metal sobre un dormitorio y una cocina que se balancea sobre pilones clavados en el lecho del río. El saco de dormir de padre no está, así que supongo que ya está abordo del Pakpao. “Te veo en un par de días.”

   Siempre compruebo las redes de detrás de casa por si algún pez se ha dejado pescar durante la noche atraído por el intenso aroma a basura. Esta noche están vacías, ni tilapias plateadas, ni pacu con sus dientes casi humanos. Ni sirenas de brazos esqueléticos tampoco. Dejo las redes deslizarse de vuelta al agua y troto por la pasarela que une las destartaladas casas que se alzan sobre el río mientras oigo las tablas de madera bostezando bajo mis píes. El verde y denso olor del río se arrastra a lo largo de los muelles, elevándose hacia el cielo nocturno.

   Nuestro raquítico barco de arrastre, el Pakpao, espera al borde del muelle, con la tripulación deambulando como espectros a la luz de la luna. El Pakpao parece el barco de juguete de un niño pequeño hecho con trozos desechados de metal y aumentado a escala 1:20. Banderas de colores tiemblan en el viento húmedo, y el óxido se alza arrastrandose por los costados del barco. La robusta y compacta figura de mi padre se inclina sobre las redes, tirando de ellas hacia arriba.

   “Hey, Lily,” dice Ahbe al acercarme por el muelle. A sus diecinueve años es el pescador mas cercano a mi edad. “¿Preparada para cuatro días en el mar?”

   “Debes sentirte con suerte si crees que vamos a conseguir llenar la bodega en menos de cuatro días.” se queja Sunan al pasar a nuestro lado cargando con una caja de boyas de plástico. Parece haber perdido la camiseta por algún lado. “El cocinero te esta buscando, Ahbe. Quiere saber qué ha pasado con el último lote de arroz.”

   “Se supone que lo iba a traer Gan,” protesta Ahbe, pero desaparece por las escaleras de todos modos.

   Padre no aparta la vista de su trabajo mientras deja espacio libre en la cubierta junto a él para que Sunan pueda dejar la caja con las boyas. Me dejo caer junto a él, cruzando las piernas y alzando las redes hasta mi regazo. Cuando haya más luz me tocará atar las boyas y las pesadas bobinas a la boca de la red, haciendo que la parte superior flote sobre la superficie del río y la inferior se deslice por el fondo fangoso.

   “He intentado despertarte, pero estabas muy dormida,” dice padre. Suena como una disculpa. “El capitán Tanawat me quería aquí pronto para comprobar el motor y el curso hasta el mar. Las lluvias del monzón hacen a los peces demasiado escurridizos.”

   Le miro. Se le marcan los hombros al alzar la última de las redes. Es el pescador mas fuerte y astuto que conozco. Algún día quiero ser como él. “¿Incluso a las especies de aguas profundas?”

   “Incluso a esas.” Padre suspira y deja la red descansar a sus pies, arrodillándose junto a mi. Sus curtidas manos miman las cuerdas de nylon deshaciendo los nudos. “No encontraremos sirenas en al menos una semana.”

   “No me importa perderme el colegio,” digo. “Prefiero estar aquí contigo.” Esto es mejor que el colegio. La matemática de las redes o la geometría del Pakpao en el mar son lecciones más valiosas para mí.

   Padre sonríe y me revuelve el pelo. “Eres una buena chica, Lily.” Se pone de pie, se quita la linterna de bolsillo del cinturón y me la entrega. “Tengo que asegurarme de que tengamos suficiente hielo en la bodega, tú puedes ir empezando con las redes.”

   Según entra en la cabina, enciendo la linterna y sujeto el mango de metal entre los dientes, trabajando bajo el pequeño círculo de luz eléctrica. Engancho las boyas de plástico y las bobinas de metal hasta que el cielo se ilumina y Ahbe se zarandea saliendo de la cocina. “¡Salimos ya! ¿Están preparadas las redes?”

   “Casi,” le contesto. “Estarán listas para cuando las necesitemos.”

   Sonríe, echándose el pelo hacia atrás. “¡Perfecto, le diré al capitán Tanawat que ya estamos listos!” Se precipita dentro del barco de nuevo, con sus delgadas piernas marrones desapareciendo en un parpadeo. Me pregunto si, de todos los jóvenes pescadores, May acabará casándose con Ahbe. Sería una buena elección.

   Los motores rugen arremolinando las aguas bajo nosotros. Otros barcos se arraciman en los muelles, descargando sus capturas de percas, carpas y rayas para el mercado de pescado que empieza a surgir en la orilla. No veo ninguna sirena a la venta, ni siquiera las escuálidas pez gato locales. Quizá las estén reservando para el mercado internacional.

   El Pakpao apenas puede abrirse paso bajo los árboles de pesadas extremidades que se aprietan en la orilla, con sus ramas empapadas en el aroma a almizcle del río. Agachada, mantengo la atención en las redes. Para cuando termino de enganchar la última bobina y me acuerdo de levantar la mirada, nuestro pequeño pueblo de frágiles patas de cigüeña a desparecido de la vista.

LAS LLUVIAS DEL MONZÓN nos alcanzan tras una hora de viaje río abajo, así que no dejamos caer las redes hasta el día siguiente, cuando casi estamos en el delta que se abre al mar. Padre, Sunan, Ahbe y yo trabajamos juntos, cebando primero la red inferior, después la intermedia, y por último la superior. La cuerdas de nylon me arañan la piel al tirar de ellas el agua, pero no me quejo, no delante de padre y los demás. Prefiero lamerme las heridas en privado.

   No pasa mucho tiempo hasta que las redes empiezan a pesar. Pacu, carpas, y montones y montones de peces gato. Los apiñamos en los refrigeradores llenos de hielo donde se quedaran hasta que volvamos a casa. Nada de sirenas todavía, quizá las tormentas las hayan asustado hacia aguas más profundas.

   “Puto infierno,” farfulla Sunan cuando lanzamos las redes de vuelta al río. “Ni una sola puta come-fango. A este paso se va a echar a perder todo lo que tenemos en la bodega antes de que pesquemos algo bueno.”

   “Paciencia,” dice mi padre con calma. La boca del río empieza a ensancharse y la sal corta el denso y vivo olor del agua. “Habrá muchos peces en mar abierto.”

   “Las mejores especies,” añade Ahbe mientras Sunan le lanza una mirada agria. “Peces tigre, peces león, atunes de aleta amarilla…”

   “Yo se que es lo que nos hace ganar dinero de verdad.” le corta Sunan. Mantengo mi cabeza baja y me centro en las redes. “No necesito que me nombres todos los peces del mar.”

   Los dos se evitan mientras el río se vacía en el océano. Los árboles y el denso follaje dan paso a un extenso cielo abierto. Siempre me ha asustado lo expuesto que se encuentra todo en el mar. Al mismo tiempo me emociona. Me siento atraída a la borda del Pakpao, los vientos marinos hacen serpentear mis mechones liberándolos de sus trenzas. El mar rompe a lo largo de los costados del barco, y según nos alzamos en las olas, la respiración es extraída de mis pulmones y sustituida por pura euforia.

   Al intentar subir las redes al día siguiente, estas pesan tanto que tenemos que reclutar al cocinero para tirar de ellas. Hay unos cuantos atunes, percas, e incluso un pequeño tiburón, pero la mayor parte son sirenas que aúllan y se retuercen. A medida que las redes se apilan sobre la cubierta y las bobinas ruedan con estrépito sobre los tablones, me doy cuenta de que hemos capturado algo muy extraño.

   La mayoría de las sirenas que se revuelven en las redes son pálidas, con colas plateadas y cuerpos endebles. Pero esta es de un marrón oscuro, la parte inferior de su cuerpo es gruesa y está llena de bultos. La totalidad de su piel es una capa viscosa casi transparente, cubierta de una fronda de apéndices espinosos. Redondeadas vainas oseas cuelgan de su cintura, cada una de ellas del tamaño de un bebe.

   Peor aún, este pez tiene una cara asombrosamente humana, con una auténtica barbilla y un cuello bien definido. Mientras que todas las sirenas que he visto tienen los ojos separados a cada lado de la cabeza, los ojos de esta –grandes y blancos como conchas– se encuentran en la parte delantera de su rostro. Y al contrario que las otras sirenas, que jadean, se sacuden y chillan por la cubierta –hay pocas cosas peores que el grito de una sirena– esta se mantiene quieta, con las branquias latiendo lentamente.

   “Tenemos una de aguas profundas,” jadea Sunan.

   Ahbe se acerca a la red con la boca abierta. Cuando acerca la mano mi padre grita, “¡No la toques!” y tira del brazo de Ahbe. Su cuerpo se tensa, y cuando sonríe –sonríe, como una persona– sus fauces se desencajan para mostrar varias hileras de largos dientes como agujas.

   No puedo apartar la mirada. La sirena tiene un torso enano con cortos y delgados brazos, y una ligera curvatura donde una mujer humana tendría los pechos, pero sin pezones. Esto me choca más de lo que debería. ¿Por qué iba un pez a tener pezones? La cabeza se alza hacia mi rostro. Me siento expuesta, no logro entender como, a pesar de lo vestida que me encuentro.

   “Vaya,” dice Ahbe. Sus ojos brillan como si nunca hubiese visto antes una sirena de aguas profundas. Quizá sea así. Yo tampoco. “Vamos a hacer un montón de dinero con esta, ¿eh?”

   “Si antes no pierdes la mano,” responde mi padre. El resto de sirenas están quietas, gimiendo, con los últimos borbotones de agua salada saliendo de sus branquias en jadeos cortos y agudos. “Vamos a llevarlas abajo. Haced lo posible para no dañarlas; necesitamos tanta carne intacta como podamos para los compradores.”

   Descendemos sobre la red con ganchos y cuerdas. Los ojos de la sirena marrón son espejos ciegos, como los de un rape, pero su rostro me sigue según me muevo por la cubierta. Una vez aseguradas, padre y Sunan las bajan a la bodega. Con Ahbe metiendo el resto del pescado en los refrigeradores, me acerco a la sirena de aguas profundas, cuerda en mano.

   La boca se abre, y juro –juro por dios o dioses, o lo que sea que haya ahí arriba– una palabra sisea a través de sus labios: “L¯uk¯s¯aw

   Dejo caer la cuerda y tropiezo hacia atrás. Ahbe aparece a mi lado al instante. “Mierda Lily ¿Te ha hecho algo?” Me agarra la manos, girándome los brazos. “¿Te ha mordido?”

   Las vainas de su cintura repiquetean y el aire silba entre sus dientes. Se ríe de mí aun cuando la atan y la arrastran a la bodega. “L¯uk¯s¯aw. L¯uk¯s¯aw. L¯uk¯s¯aw.” Hija.

   Me arden las entrañas. No puedo parar de temblar.

   En el Pakpao mantenemos la mayor parte del pescado congelado, pero la de las sirenas es una carne especial, temperamental. Tienes que mantenerlas vivas o la carne se estropea. De hecho, se echa a perder tan pronto que en algunos lugares se han creado delicatesens basadas en carne de sirena podrida por la imposibilidad que supone conseguir cortes frescos en lugares alejados de la costa. Los japoneses que visitan nuestro pueblo traen grandes tanques de agua instalados en sus barcos que llenan con sirenas vivas. De ahí son llevadas a restaurantes que se las ven y se las desean para mantenerlas con vida. Aun así, rara vez pasan más de dos días en cautividad, lo que significa que siempre hay mercado para pescadores como nosotros.

   Cada sirena es una mina de oro. Iris, May y yo misma jamás hubiésemos conseguido ir a la escuela si no fuera por las ridículas sumas de dinero que algunas personas están dispuestas a pagar por los cortes de ciertas especies de sirenas –no las pez gato ribereñas, si no aquellas pescadas en mar abierto. Hay algunos que defienden que el tejido blando y graso de una sirena de aguas profundas es la carne de lujo más suculenta que jamás podrías catar: como ottoro, pero más cremosa, mejor. Hay otros que dicen que es la emoción por lo prohibido lo que hace la carne de sirena tan deliciosa. Tuve un compañero de clase que me dijo que comer carne de sirena, especialmente el torso, era lo más cercano que hay a probar carne humana.

   La verdad es que odio a las putas sirenas. No las soporto. Nunca se lo diré a Iris y May, pero las sirenas me dan miedo. Sus ojos vacíos, sus cuerpos invadidos por enjambres de parásitos, sus casi-manos, sus casi-humanas caras… son los peces más asquerosos y terroríficos que jamás he visto. No hay nada de ellas que me guste.

   Ni si quiera puedo comerlas. Una vez, por el cumpleaños de May, padre trajo a casa un fino corte de cola de sirena de escamas plateadas. Es la comida más cara que jamás hayamos tenido, y sabía como yeso en mi boca. Iris y May no se callaban sobre lo buena que estaba aquella carne blanca. La envolví en una bola de arroz y la empujé por la garganta, sabiendo que padre había gastado gran parte de las ganancias de su última captura para darnos aquel festín especial de cumpleaños. Le gusta mimarnos todo lo posible cuando tiene la oportunidad.

   Las sirenas en la bodega no dejan de lloriquear. Puedo oír los agudos sonidos sibilantes a través de las paredes del barco mientras me encuentro acostada en mi hamaca con las manos tapándome los oídos, intentando dormir. Según Iris, es un sonido que hacen cuando se encuentran bajo estrés. Algo sobre el aire silbando entre sus branquias y la vibración que se produce dentro de sus cuerpos.

   No me importa una mierda por qué hacen ese sonido. Solo quiero que pare.

   Me es incluso más difícil dormir porque no puedo parar de pensar en la sirena marrón espinosa. Esos ojos ciegos, pálidos, de depredador. La mandíbula desquiciada, la cintura afilada, la breves curvas de su pecho. El olor de su piel, salado y ajeno.

   L¯uk¯s¯aw.

   Trago en silencio.

   Sunan y Ahbe se han ido, están haciendo el turno de noche en cubierta. Al otro lado de la habitación el cocinero y padre duermen. La linterna eléctrica que se balancea sobre nuestras cabezas no le hace ningún bien a nadie, así que la cojo y salto de la hamaca, deslizándome en silencio de la cabina.

   A medida que desciendo por la escalera de la bodega, los quejidos se van haciendo más fuertes hasta que no son más que un gemido febril en mi cabeza. Me imagino a la sirena marrón riéndose, flotando en el agua. Demasiado pronto, estoy en el rellano de la parte inferior de la escalera, con mi mano sudorosa sobre el frío pomo de metal. Abro la puerta.

   La bodega está inundada de agua de mar y refrigeradores llenos de pescado congelado agitándose arriba y abajo con los golpes de las olas del exterior. Las sirenas nadan en círculos confusos, emitiendo arrullos sordos de angustia. Están atadas a anillas metálicas que cuelgan de la pared, con gruesas cuerdas enroscadas alrededor de sus delicadas muñecas de bebe, y clavadas con ganchos a sus caras. Una sirena cuyo cuerpo era sobre todo músculo, largo y pesado como el de un arapaima, asoma sobre la superficie con un gancho triple atravesándole las mejillas y desaparece bajo el agua sin crear una sola honda.

  Sunan está de rodillas junto a la pared, el movimiento de vaivén del Pakpao crea falsas olas que se estrellan contra su pecho. Al principio creo que está herido, porque hay sangre en el agua a su alrededor. Las sirenas se mantienen dando círculos cerca, lamentándose cuando las correas y los ganchos les impiden llegar hasta él. Entonces me doy cuenta de que la pálida luna que veo desaparecer dentro y fuera del agua son sus nalgas. Sus pantalones cuelgan de una anilla cercana, sus piernas están hundidas en agua salada, y agarra algo mientras empuja delante y atrás, delante y atrás. No es el barco el que crea las olas, es él. Una delgada garra le hace un corte en el hombro; el suelta una maldición, el sonido crea un eco, y abofetea lo que sea que hay debajo de él. Una pesada cola plateada golpea el agua.

   Una mano me coge del hombro desde atrás y casi suelto un grito. Soy empujada hacia atrás, la puerta de la bodega se cierra frente a mí.

   “No mires, Lily,” dice mi padre en esa voz baja que pone cuando cree que me está protegiendo de algo. Mi sangre hierve. Miedo, furia y adrenalina rugen por todo mi sistema. “Sube las escaleras y haz como si no hubieses visto nada.”

   “¡Son peces!” gruño. “¿Qué demonios esta haciendo Sunan? Esta mal, esta muy mal ¡Ni siquiera son personas, solo son jodido pescado!”

   “Esto pasa a veces en los barcos,” dice padre, y no me puedo creer lo que estoy escuchando. “No afecta a la carne.” Me mira directamente, esos serenos ojos oscuros me son desconocidos por primera vez en la vida. “No quería que lo supieras hasta que fueses mayor, pero supongo que lo ibas a descubrir por ti misma tarde o temprano.”

  “¿Tú lo sabías?” murmuro. “¿Lo sabe todo el mundo en el barco?”

   Mi padre suspira. “Sube las escaleras y no pienses en ello.”

   Tengo esta terrible epifanía. Padre solía tener su propio barco, hace tiempo. Las sirenas son lo bastante comunes; hasta las más grandes caben en una bañera. Podría haberlas mantenido con vida, alimentándolas, follándoselas. ¿Es su historia sobre mi madre solo eso? ¿Una historia? ¿O es verdad que se guardó un pez para su uso particular, maltratándolo –violándolo– hasta que le dio tres hijas? ¿O hubo más de un pez? Pienso en las estúpidas sirenas pez gato que acaban a veces en las redes de detrás de casa y el estomago me da un vuelco.

   “¿Tú también te las has estado follando?” Las palabras salen antes de poder pararlas.

   “Lily, sube las escaleras.” Su voz se ha vuelto fría y peligrosa.

   “Hay que estar muy enfermo, papa,” consigo decir.

   “No te lo voy a repetir,” y cuando me mira, hubiese deseado que jamás lo hubiese hecho.

   Me voy.

   Mi madre no era un pez. Mi madre era una mujer humana normal. Estoy segura, aunque no lo recuerde.

   Escuché una historia sobre un hombre al que le había mordido la polla un pez gato. Estaba meando en el río cuando el pez siguió la corriente de orina directo hacia su polla arrancándola de cuajo.

   Esta era nuestra segunda historia favorita cuando eramos pequeñas, por detrás de la historia sobre nuestra madre, y ahora que somos mayores e Iris es casi una bióloga marina, le gusta explicarnos con aire de suficiencia que es el amoniaco en la orina lo que atrae a los peces, algo sobre perseguir a las presas a través del amoniaco que se escapa por sus agallas. No se si es verdad, pero he probado el aplastante poder de las fauces de un pez gato, pude sentir las placas oseas en mi brazo mientras luchaba contra ellas para no ser arrastrada hasta el fondo del río. Los peces gato en el Mekong son enormes, más grandes que yo. Estoy aprendiendo, según me hago mayor, que muchas cosas son más grandes que yo.

   En el segundo año de instituto, Iris se apagó. Dejó de ir al colegio, se quedaba enroscada en su cama todo el día, y de noche se dormía llorando. Nunca me habría contado lo que pasó, pero descubrí por May, que conocía a algunos de los amigos de Iris, que uno de los chicos en su colegio había arrastrado a Iris hasta un armario cuando estaban limpiando la clase juntos. Era un amigo cercano, un chico grande y fuerte que llevaba gafas y el pelo corto, e Iris se estremecía cada vez que se mencionaba su nombre.

   Tumbada en la hamaca pienso en peces gato. No paro de pensar en romper bocas, en romper cadenas. Al mismo tiempo, el olor y la voz de la sirena marrón cantan en mi sangre, tirando de ella, y encendiéndola en llamas.

   Cuelgo las piernas al borde de la hamaca y me escabullo fuera del camarote, llevándome la linterna conmigo.

   Ahbe está subiendo las escaleras cuando las alcanzo y me para con una sonrisa y una mano contra la pared. “¿Qué haces despierta tan tarde, Lily?”

   Le miro, el fuego arde frío en mio pecho. Su camisa está mal abotonada, sus piernas empapadas en agua de mar. “Voy a comprobar que los peces estén bien,” le digo. Las palabras parecen mudas en el aire húmedo y sofocante.

   “Ya lo acabo de hacer yo,” dice Ahsbe. “Están bien. Nada se ha estropeado; deberíamos poder entregarlos en el mercado mañana.”

   “No. Quiero ver a las sirenas,” le digo deliberadamente, y su cara cambia.

   “No sabía que sabías de eso,” dice. “Eres demasiado joven como para bajar sola a la bodega.”

   “Tengo quince,” digo. Pienso en la manera en que habla mi padre, el rico y fuerte tono de su voz, y cambio a él cuando digo: “Soy lo suficientemente mayor como para decidir lo que quiero. Y quiero una sirena.”

   Ahbe me mira a la luz de la linterna y puedo ver su determinación vacilar. “Supongo que esta bien,” susurra. “Yo tenía quince la primera vez que tuve una sirena. Pero ten cuidado –muerden.” Se lame un carrillo. “No te tenía por una thøøm.”

   Le golpeo el brazo para que lo aparte de mi camino y se ríe. “Vete a la cama Ahbe,” escupo. “Eres un estúpido. Cerraré la bodega cuando haya terminado.”

   Me lanza las llaves antes de desaparecer por las escaleras y me quedo sola frente la pesada puerta de metal de la bodega.

   Abro la puerta y entro. Más escaleras descienden desde el rellano, desapareciendo bajo el agua tras el tercer escalón. Las sirenas parecen haberse calmado un poco, la superficie del agua ya no se agita en una tormenta de colas. Solo las cuerdas que se estiran y se retuercen desde la pared denotan su presencia bajo las olas. Levanto la linterna lentamente iluminando la bodega, buscando a la sirena marrón. Ahí: alcanzo a ver sus ojos blancos observando justo por encima del agua. Esta está atada con fuerza a la pared, con más ataduras que cualquiera de los demás peces. Para llegar hasta ella voy a tener que cruzar toda la bodega.

   Tomo aliento y me quito la ropa antes de bajar al agua. Esta congelada; el golpe, la nueva ingravidez de mi cuerpo, hace que se me disparen la adrenalina y el terror. Las sirenas están a muy poca distancia, noto el suave contacto de las escamas al rozar mi piel cuando sus colas frotan mis piernas. Ando más deprisa. Recuerdo las aletas y dientes afilados de las sirenas pez tigre que hemos pescado. Puede que si parezco confiada crean que soy un depredador y se mantengan alejadas.

   Para cuando llego a la sirena marrón estoy temblando y la piel de gallina me cubre todo el cuerpo. La linterna se tambalea en mi mano, proyectando una tenue luz naranja sobre las ondulantes olas.

   La sirena emerge con la barbilla goteando agua. Puedo ver sus espinas, vainas y bultos, y el resto de cuerpo corto y abultado flotando con el movimiento del barco.

   Un sonido silba entre sus dientes, y solo pasa un momento hasta que entiendo lo que está diciendo. “La niña.”

   “No soy una niña,” me descubro diciendo entre mis dientes castañeantes.

   Sonríe, sus ojos blancos brillan como plata en la oscuridad. “No, una niña no ¿Cómo te llamas, L¯uk¯s¯aw?”

   Todas esas leyendas europeas que leemos en el colegio dejan claro que nunca hay que darle el nombre a un hada. Pero no es un hada, solo es un pez.

   “Lily,” digo. Me gustaría tener bolsillos para meter mis manos dentro. “¿Por qué sigues llamándome L¯uk¯s¯aw?” ¿Cómo es que puedes hablar? Quiero preguntar, pero la respiración se me estanca en los pulmones. Tengo miedo a la respuesta.

   Sus brazos son delgados como ramas, rematados en dos manos que parecen de un niño pequeño, atadas por encima de su cabeza. “Déjame ir y te lo diré.”

   “No lo creo,” digo. “No he bajado hasta aquí para ser devorada por un pez.”

   Chasquea las mandíbulas “¿Es al revés, no? Eres tu la que se come a los peces.”

   “Si,” digo. “Así es como se supone que debe ser.”

   La sirena se ríe de mí. “¿Y estás feliz con cómo deben ser las cosas, L¯uk¯s¯aw?” Quizá huele mi duda, o nota como agarro con más fuerza la linterna, porque suaviza la voz hasta que solo es un profundo ronroneo. “No te voy a hacer daño. Déjame ir y te contaré todo lo que quieres saber.”

   Quizá porque estoy desesperada por creerla, quizá por el fuego que canta en lo profundo de mi cuerpo, quizá por la imagen de Sunan en el agua sobre una sirena; antes de darme cuenta de lo que estoy haciendo, mis dedos están deshaciendo los nudos que forman las ataduras que la sujetan al anillo sobre su cabeza.

   Tan pronto como en último nudo se desliza desatado entre mis dedos, su mano da un latigazo, rápida como un rayo, agarrándome la barbilla. Las correas que aun se mantienen atadas a sus muñecas arremeten contra mi pecho desnudo. La linterna golpea su cabeza cuando la acerca para lamerme la cara, con su lengua fría, extraña, con textura como de goma. Sus dientes están a centímetros de mi cara.

   “¿Eres de verdad mi madre?” Susurro.

   La lengua de la sirena me lame la frente, baja hasta mi nariz y recorre mi boca hasta volver a meterse en la suya. “Ah.” exclama. “No eres de mi progenie. No, me acordaría de una como tú.”

   Su pequeña mano tiene una fuerza de pesadilla. “Pero eres una de las nuestras sin duda. Sabes a océano, no como esos apestosos de tierra firme.” Deja libre mi barbilla, pero no retrocedo. “Te voy a conceder un deseo, L¯uk¯s¯aw, por tu madre. Pero voy a necesitar un mordisco de tu carne para hacerlo realidad.”

   Padre solía contarnos historias sobre peces mágicos que te concedían deseos si los pescabas y los devolvías al mar. No recuerdo esa parte de la historia.

   Sus dedos de bebe me acarician el hombro. “Justo aquí. No va a doler demasiado.”

   Una risa histérica estalla desde mi interior. Estoy de píe, desnuda, en una bodega, rodeada de sirenas, teniendo una conversación con un pez mágico ¿De que puedo tener miedo? He sufrido heridas peores; puedo soportar un simple mordisco. Ahora soy una adulta.

   Abro la boca para pedir suficiente dinero como para salir de este apestoso barco, suficiente como para enterrar a un marinero en oro, para enterrar a todo los marineros en el barco. La abro para preguntarle sobre mi madre, para pedirle que la encuentre y la traiga a casa. Este viva o muerta, sea una humana o un pez.

   Pero entonces pienso en mis hermanas: Iris, temblando bajo las sábanas, abrazando el libro de biología como si fuera un amuleto de buenas suerte, y May, que me dio el suyo para que me protegiese en el mar. Recuerdo que hay cosas más importantes. Pienso en la gente que hace daño a mis hermanas, o que podrían hacerles daño, en el chico del armario y en Sunan en la bodega. En mi padre en el rellano, en su fría y oscura mirada.

   Revelo a la sirena mi verdadero deseo.

   Me lo concede.

HAY MUCHAS VERSIONES de esta historia, cada una con un final diferente.

   En una me alejo nadando con la sirena marrón, el sol vacila en un disco borroso sobre nosotras, brillando en extraños destellos. El agua es fría, la presión enorme. Aplasta mi cuerpo ondulante, blando, amasándolo hasta crear una forma más fina, más elegante. Nuestras pequeñas y delicadas manos se agarran con fuerza mientras nos sumergimos hacia lo más profundo del oceáno.

   En otra, una gran tormenta se traga al Pakpao junto con el resto de barcos de la zona en los arrecifes de Teluk Siam. La bodega se rompe, permitiendo escapar a las sirenas. Todo el mundo sobrevive y son encontrados días después. El resto de la historia prosigue sin acontecimientos notables, igualmente improbables, e inventados por gente que se preocupa más por los finales felices que por la verdad.

   Pero esto es lo que pasa en realidad. La sirena marrón desaparece y el Pakpao realiza su viaje de vuelta sin mayores percances y con una bodega llena de sirenas. Si la tripulación parece un poco mareada y desorientada, si no son del todo ellos mismos y andan como si no estuviesen acostumbrados a tener dos piernas, será por un golpe de calor. Si las sirenas en la bodega nadan frenéticas en círculos, con sus ojos en blanco dando vueltas intentando salirse de sus órbitas, y sus gemidos hacen vibrar las paredes de la bodega, bueno, eso es lo que hacen los peces. Después de todo, las sirenas son pescado, no gente. Los compradores japoneses encuentran satisfactorias las capturas, y las sirenas son transportadas en tanques a restaurantes de todo Hokkaido. Hacemos una gran ganancia.

   Con la excepción de vuestra humilde servidora, todos los miembros de la tripulación del Pakpao se ahogan en menos de una semana tras volver a casa. Pese a que yo vivo, mi familia no escapa indemne de la tragedia; encontramos el cuerpo de mi padre flotando entre las redes de detrás de casa. Se lleva a cabo un funeral conjunto. La viuda de Sunan cuenta entre lágrimas como su marido dejó de hablarle después de su último viaje de pesca y pasó los días anteriores a su muerte intentando adentrarse en el río caminando, una historia que le suena a todas familias de los recientemente fallecidos.

   Mis hermanas lloran, su futuro está asegurado. Yo también lloro, lamiendo la sal de mis lágrimas. Tengo un vendaje en el hombro, y un mordisco bajo él que nunca se curará del todo.

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