Mr. X

Mr. X de Carl Sagan

Este ensayo se escribió en 1969 para Marihuana Reconsidered (Lester Grinspoon, 1971), Sagan se encontraba en su treintena por aquel entonces. Continuó fumando cannabis el resto de su vida.

Todo empezó hace unos diez años. Había alcanzado el que podría ser considerado como el periodo más relajado de mi vida – una época en la que descubrí que había algo más en la vida que la ciencia, un tiempo que marcó el despertar de mi conciencia social y mi cordialidad para con los demás, el momento de abrirse a nuevas experiencias. Había hecho amistad con un grupo de personas que fumaban cannabis de forma ocasional, irregular, pero con evidente placer. Al principio era reacio a participar, pero la aparente euforia que les causaba el cannabis y el echo de que la planta no produjese una adicción fisiológica terminó por convencerme. Mis primeras experiencias fueron por entero decepcionantes; no me produjeron efecto alguno y empecé a trabajar en una serie de hipótesis sobre la naturaleza del cannabis como placebo, que funcionaba a base de expectativas e hiperventilación más que por química. Sin embargo, después de unos cinco o seis intentos fracasados, pasó algo. Estaba tumbado boca arriba en el salón de un amigo examinando ocioso el patrón de sombras que una planta (No de cannabis) proyectaba sobre el techo. De repente me di cuenta de que estaba examinando la intrincada y detallada miniatura de un Volkswagen, delineada con claridad por las sombras. Me mostré bastante escéptico ante esta ilusión, e intenté encontrar inconsistencias entre un Volkswagen real y lo que veía en el techo. Pero allí estaban todos los detalles que uno cabría esperar, los tapacubos, lo matrícula, el cromado, e incluso la manecilla para abrir el maletero. Al cerrar los ojos, me sorprendí al descubrir que había una película proyectándose en el interior de mis párpados. Un destello… una simple escena de campo con un granero rojo, un cielo azul, nubes blancas, un camino amarillo serpenteando entre verdes colinas hasta el horizonte… Destello… misma escena, cielo marrón, casa naranja, nubes rojas, camino amarillo, campos violetas… Destello… Destello… Destello. Los destellos se producían casi con cada latido del corazón. Cada destello traía consigo la misma escena, pero cada vez con una paleta diferente de colores… exquisitas y profundas tonalidades, de una armonía sorprendente en su yuxtaposición. Desde entonces he seguido fumando de forma ocasional, y he disfrutado a fondo de cada experiencia. Amplifica sentidos tórpidos y produce lo que para mí son efectos aun más interesantes, como explicaré a continuación.

Recuerdo otra de mis primeras experiencias visuales con el cannabis, durante la cual, observando una vela encendida, descubrí en el corazón de la llama, en pié, mostrando una magnífica indiferencia, al caballero español de negro sombreo y capa que aparece en la etiqueta de las botellas de Jerez Sandeman. Observar fuegos durante una sesión, en especial a través de uno de esos caleidoscopios que distorsionan la imagen a su alrededor, resulta una experiencia conmovedora de gran belleza.

Quiero dejar claro que en ningún momento llegué a creer que alguna de aquellas visiones fueran “reales”. Sabía que no había ningún Volkswagen en el techo ni ningún un caballero español en el fuego. No encuentro ninguna contradicción en estas experiencias. Hay una parte de mí creando esas percepciones que en cualquier otro momento de mi vida diaria parecerían bizarras; hay otra parte de mí que es un simple observador. La mitad del placer proviene de la parte observadora apreciando el trabajo de la parte creativa. Me río, a veces incluso a carcajadas, de las imágenes que se representan en el interior de mis párpados. En este sentido, supongo que el cannabis es psicotomimético, pero no logro encontrar el pánico o el terror que acompañan a otras psicosis. Me imagino que se debe a que se que es mi propio viaje, y puedo bajarme cuando quiera.

Aunque mis primeras percepciones eran solo visuales, y con una curiosa carencia de imágenes de seres humanos, ambos elementos cambiaron en los años siguientes. He descubierto que a día de hoy una simple dosis me sirve para entrar en estado de excitación. Compruebo si estoy en el estado adecuado cerrando los ojos y buscando los destellos. Aparecen mucho antes que cualquier otra alteración visual o de mis otras percepciones. Supongo que es un problema de relación señal/ruido, siendo el nivel de la señal muy bajo al mantener los ojos cerrados. Otro interesante aspecto informativo-teórico es la prevalencia – al menos en mis visiones – de lo que se podría describir como dibujos animados: simples siluetas de figuras, caricaturas, no fotografías. Creo que es una simple cuestión de comprensión de la información; sería imposible captar el contenido completo de una imagen con la cantidad de información contenida en una fotografía ordinaria, de digamos 108 bits, en la fracción de segundo que ocupa un destello. Y la experiencia del destello esta diseñada, si se me permite usar esa palabra, para una apreciación instantánea. El artista y el espectador son uno. Esto no quiere decir que las imágenes no sean maravillosamente detalladas y complejas. Hace poco tuve una visión en la que dos personas estaban conversando, y las palabras que decían aparecían y desaparecían amarillas sobre sus cabezas, a razón de una frase por latido. De este manera era imposible seguir la conversación. Al mismo tiempo, una palabra ocasional aparecía en letras rojas entre el resto de palabras amarillas sobre sus cabezas, en perfecto contexto con el resto de la conversación; pero si uno rememoraba aquellas palabras en rojo, demostraban enunciar un conjunto muy diferente de argumentos, de una naturaleza crítica respecto a la conversación. El total del conjunto de imágenes que he destacado aquí, que diría constaba de 100 palabras amarillas y unas 10 rojas, se sucedió en menos de un minuto.

La experiencia con el cannabis ha mejorado mi apreciación por el arte, un asunto por el que no había mostrado mayor interés con anterioridad. La comprensión de la intencionalidad del artista que logro alcanzar durante mis sesiones, suele perdurar cuando estas han finalizado. Esta es una de las muchas fronteras que el cannabis me ha ayudado a cruzar. También he sufrido algunas epifanías con respecto al arte – no se si son verdaderas o falsas, pero ha sido divertido estudiarlas. Por ejemplo, pasé muchas sesiones observando el trabajo del surrealista belga Yves Tanguy. Algunos años más tarde, salí de un baño en el Caribe y me hundí exhausto en una playa formada por la erosión de un arrecife de coral cercano. Al examinar los fragmentos de coral de tonos pastel y forma de media luna que formaban la playa, vi ante mí una vasta pintura de Tanguy. Quizá Tanguy visitó esa misma playa en su niñez.

Una similar mejora en la apreciación por la música ha surgido de mi relación con el cannabis. Por vez primera he sido capaz de separar las secciones de una armonía de tres partes y distinguir la riqueza de su contrapunto. Desde entonces he descubierto que los músicos profesionales son capaces de mantener muchas piezas separadas sonando simultaneamente dentro de sus cabezas, pero para mí era la primera vez. De nuevo, la experiencia obtenida durante una sesión se extendía a cuando esta ya había acabado. El gusto por la comida se amplifica; surgen sabores y aromas que por algún motivo parecemos estar demasiado ocupados como para apreciar en nuestra vida cotidiana. Soy capaz de ofrecer mi total atención a estas sensaciones. Una patata tendrá una textura, un cuerpo, y un sabor como el de las otras patatas, pero mucho mayor. El cannabis también amplía el placer durante el sexo – por una parte otorga una excepcional sensibilidad, pero por otra pospone el orgasmo: en parte al distraerme con la profusión de imágenes pasando delante de mis ojos. La duración del orgasmo parece alargarse en gran medida, pero esto puede deberse a la usual experiencia de expansión temporal ligada a la consumición de cannabis.

No me considero una persona religiosa en el uso común de la palabra, pero muchas de las sesiones con el cannabis suelen tener un aspecto espiritual. La sensibilidad aumentada en todas las áreas me da una sensación de comunión con todo lo que me rodea, animado o inanimado. A veces me aborda una especie de percepción existencial de lo absurdo y descubro con una horrible certeza las hipocresías y mentiras propias y de mis compañeros. Y otras veces, hay una sensación diferente del absurdo, una toma de conciencia caprichosa y juguetona. Ambas sensibilidades de lo absurdo pueden ser transmitidas, y algunas de mis sesiones más gratificantes han sido al compartir charlas, percepciones, y humor. El cannabis nos hace conscientes de que pasamos la vida siendo entrenados para pasar por alto y olvidar, y dejar nuestras mentes en modo de descanso. La comprensión repentina de como es realmente el mundo puede llegar a volverte loco; el cannabis me ha ofrecido la percepción de como se debe sentir uno al estar loco; y como usamos esa palabra,“loco”, para evitar pensar en todo aquello que nos resulta demasiado doloroso. En la Unión Soviética los disidentes políticos suelen ser ingresados en instituciones mentales. Algo parecido, quizá más sutil, ocurre en occidente: “¿Has oído lo que dijo ayer Lenny Bruce? Debe de estar loco.” Gracias al cannabis, descubrí que hay alguien debajo de esas personas a quienes llamamos locas.

Durante las sesiones, puedo penetrar en el pasado, recuperar recuerdos de mi juventud, amigos, familiares, juegos, calles, olores, y sabores de una época desaparecida. Puedo reconstruir acontecimientos de mi niñez que apenas podía entender por aquel entonces. Muchos, pero no todos los viajes con cannabis, han tenido un significado simbólico para mí que no intentaré describir aquí, una especie de mandala grabado en la experiencia misma. Y aun los que no han presentado este mandala, tanto visuales como expresados en palabras, han sido una fuente rica en descubrimientos internos.

Hay un mito sobre estos viajes: el usuario adquiere una ilusión de gran comprensión interna, la cual no sobrevive al escrutinio de la mañana. Estoy convencido de que esto es un error, y que las devastadoras enseñanzas adquiridas durante las sesiones son auténticas; el principal problema llega a la hora de plasmar esas epifanías de una forma aceptable para la persona que somos cuando los efectos ya han pasado. Parte del trabajo más duro que he realizado nunca ha sido al intentar plasmar en papel o en cinta dichas enseñanzas. El problema consiste en que incluso las ideas o visiones más interesantes pierden gran parte de su esencia al intentar transmitirlas. Es fácil entender porqué alguien podría pensar que no merece la pena realizar el esfuerzo de pasar por tantos problemas solo para transmitir una idea, una especie de intromisión de la Ética Protestante en los procesos de pensamiento. Pero como me he pasado la mayor parte de mi vida sin usar cannabis, he hecho el esfuerzo de intentarlo – con éxito, creo. De paso, he descubierto que enseñanzas razonablemente interesantes pueden recordarse al día siguiente, pero solo si se ha realizado el esfuerzo de intentar que no se pierdan de alguna otra manera. Si escribo una idea o se la digo a alguien, entonces puedo recordarla sin ayuda al día siguiente; pero si me limito a decirme a mí mismo que he de hacer el esfuerzo de recordarla, termino por no hacerlo.

La mayoría de las ideas que se me ocurren durante las sesiones tratan sobre temas sociales, un área del conocimiento muy alejada de la que por lo general se suele asociar a mi persona. Recuerdo una ocasión, tomando una ducha con mi mujer durante una sesión, durante la cual me surgió una idea sobre los orígenes y nulidades del racismo en términos de curvas de distribución gaussiana. Era una idea bastante obvia, pero de la que rara vez se oye hablar. Dibujé las curvas en la pared de la ducha con jabón, y salí de inmediato a escribir sobre ello. Una idea llevó a la otra, y tras una hora de trabajo extremadamente duro, descubrí que había escrito once ensayos cortos sobre un amplio rango de temas sociales, políticos, filosóficos, y de biología humana. Por problemas de espacio no puedo entrar en detalles sobre aquellos ensayos, pero por señales externas, como reacciones públicas, o el comentario experto, parece que contenían ideas de algún valor. Los he usado en discursos de graduación, lecturas públicas, y en mis libros.

Pero dejadme que intente daros una ligera idea de dichos pensamientos y su alcance. Una noche, bajo los efectos del cannabis, me encontraba profundizando en mi infancia, realizando un poco de auto-análisis, consiguiendo lo que me parecían buenos progresos. Entonces paré y se me ocurrió pensar en cuan extraordinario era el hecho de que Sigmund Freud, sin ayuda de ninguna droga, fuese capaz de llevar a cabo su propio y tan extraordinario auto-análisis. Entonces mi propio error me golpeó como un trueno, recordé que Freud pasó gran parte de la década anterior a su psicoanálisis experimentando con un derivado de la cocaína; y me pareció evidente que las originales ideas sobre el psicoanálisis que Freud regaló al mundo son en parte resultado de sus experiencias con las drogas. No tengo ni idea si es cierto, o si los estudiosos de Freud estarán de acuerdo con esta interpretación, ni siquiera si tal idea ha sido publicada con anterioridad, pero es una hipótesis interesante.

Recuerdo la noche en que descubrí lo que debía sentirse al estar loco, o noches en que mis sentimientos y percepciones fueron de una naturaleza religiosa. Tengo la seguridad de que estos sentimientos y percepciones, anotados de forma casual, no soportarían el escrutinio crítico que realizo de manera habitual en mi trabajo científico. Si encuentro al día siguiente una nota dirigida a mi mismo en la que me informo de que hay un mundo a nuestro al rededor que apenas sentimos, de que podemos llegar a ser uno con el universo, o incluso de que algunos políticos son personas desesperadamente asustadas, suelo tender al escepticismo; pero cuando estoy bajo los efectos del cannabis sigo consciente de mi escepticismo. Y así es que tengo una cinta en que me exhorto a mí mismo a tomarme en serio estas afirmaciones. Me digo “¡Escucha, hijodeputa de por la mañana! ¡Esta mierda es real!” Intento demostrarme que la mente me funciona con claridad; recuerdo el nombre de un profesor del instituto en el que no he pensado en treinta años; describo el color, tipografía, y formato de un libro que se encuentra en otra habitación, y esos recuerdos pasan el escrutinio de la mañana. Estoy convencido de que hay validos y genuinos niveles de percepción que se pueden alcanzar con el cannabis (y probablemente con otras drogas) que son, dadas las deficiencias de nuestra sociedad y nuestro sistema educativo, inalcanzables para nosotros sin el uso de tales drogas. Tal afirmación se aplica no solo al auto-descubrimiento y a la realización de actividades intelectuales, también a la percepción sobre personas reales, gracias a un vasto aumento de la sensibilidad para el reconocimiento de las expresiones faciales, entonaciones, y elección de palabras que en ocasiones produce una sensación de cercanía tal entre dos personas que parece como si se estuviesen leyendo la mente la una a la otra.

El cannabis permite a aquellos que no son músicos sentir brevemente lo que supone ser uno, y a los que no son artistas captar los matices del arte. No soy ni músico ni artista ¿Qué hay de mi propio trabajo científico? Aunque encuentro una curiosa falta de inclinación a la hora de pensar sobre mis propias inquietudes profesionales durante las sesiones – las atractivas aventuras intelectuales siempre parecen abordar otras áreas – un día realicé un esfuerzo consciente para reflexionar sobre unos cuantos problemas particularmente complicados en mi campo. Funcionó, al menos hasta cierto punto. Descubrí que podía llegar a concebir, por ejemplo, una serie de factores experimentales relevantes que parecían ser mutuamente inconsistentes. Hasta aquí todo bien. A continuación, intenté encontrar una forma de reconciliar dichos factores dispares. Fui capaz de llegar a una conclusión bastante poco ortodoxa, una de la que estoy seguro habría sido incapaz de llegar por mi mismo sin la ayuda del cannabis. He escrito un ensayo en el que menciono esta idea de pasada. Es muy poco probable que resulte ser cierta, pero tiene consecuencias que son comprobables mediante experimentos, lo cual es el sello de una teoría aceptable.

He mencionado que durante la experiencia con el cannabis hay una parte de ti que se mantiene como un observador desapasionado, que es capaz de sacarte de tu mundo interior si es necesario. En una ocasión me vi obligado a conducir entre tráfico denso bajo la influencia del cannabis. Navegué sin ninguna dificultad en absoluto, aunque si tuve alguna revelación sobre las maravillosas luces color rojo-cereza de los semáforos. Descubrí que tras la conducción ya no sentía los efectos de la droga. Ningún destello en el interior de mis párpados. Si estás en mitad de una sesión y te llama tu hijo, puedes responder más o menos con la misma normalidad con la que lo harías normalmente. No aconsejo conducir mientras se está drogado, pero puedo deciros desde mi experiencia personal que es una actividad que se puede llevar a cabo. Mis sesiones son siempre reflexivas, pacíficas, excitantes desde el punto de vista intelectual, y sociables, no cómo la mayoría de mis experiencias con el alcohol, y no provoca resacas. Tras muchos años he descubierto que cantidades significativamente menores de cannabis son suficientes para hacerme sentir el mismo grado de excitación, y en un cine, hace poco, me sorprendí a mi mismo sintiendo los efectos de la droga al inhalar el humo de cannabis que permanecía en el recinto.

Hay un aspecto de auto-medición muy satisfactorio en el cannabis. Cada calada es una dosis muy pequeña; el lapso entre la inhalación y el momento en el que se empiezan a sentir los efectos es muy breve; y no se crea una necesidad de ir más allá una vez se ha alcanzado el estado de excitación deseado. Creo que el ratio, R, del tiempo que se tarda en notar los efectos de una dosis respecto al tiempo requerido para tomar una dosis excesiva, es una cantidad importante. R es muy grande en el LSD (que nunca he probado) y razonablemente corto en el cannabis. Valores pequeños de R en las drogas psicodélicas deberían ser considerados como una medida para valorar la peligrosidad de una droga. Cuando el cannabis se legalice, espero ver este ratio como uno de los parámetros impresos en la cajetilla. Espero que ese momento no quede demasiado lejos; la ilegalidad del cannabis es indignante, un impedimento para la utilización de una droga que ayuda a producir la serenidad e introspección, sensibilidad y compañerismo que tan desesperadamente se necesitan en este cada vez más loco y peligroso mundo.

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