NUESTRAS GARRAS PUEDEN DESTRUIR GALAXIAS

Our Talons Can Crash Galaxies, de Brooke Bolander

Esta no es la historia de cómo me mataron, gracias a Dios.


Si quieres ese tipo de mierda, no tienes que buscar muy lejos; la mitad del entretenimiento humano moderno gira en torno a ello, a encantadoras y detalladas descripciones de sollozantes mujeres violadas, victimizadas, abandonadas sobre el asfalto. Destripadores, violadores, acosadores, asesinos en serie. Reales o imaginarios, sus nombres se muestran en letras de tres metros de altura en las marquesinas de los cines y en los anuncios del metro, los muertos no son más que peldaños narrativos que sirven para que los asesinos asciendan por ellos. Los héroes tienen nombres; los asesinos tienen nombres; las víctimas tienen primeros planos de sus cajas torácicas abiertas a media autopsia, de los muñones ensangrentados donde solían estar sus alas, de forenses desconcertados haciendo llamadas aún más desconcertadas a los conservadores de los museos locales. Son diseccionadas, se habla de ellas, pero no se les da una historia ni nombres para que la audiencia los recuerde.

Así que no. No vas a leer una descripción de cómo me atacó, dónde lo hizo, quién le jodió tanto de niño (nadie) como para acabar cometiendo tales horrores, o del comportamiento cada vez más aberrante que la policía había decidido ignorar con anterioridad atribuyéndolo a las inocentes excentricidades de un joven de buena familia.  Nada de forcejeos en los bosques, ni sangre bajo las uñas, ni ríos o maleteros o tarjetas telefónicas en la garganta. Estaba oscuro y fue desagradable, y llamé a mis hermanas en un lenguaje ya muerto cuando las leonas de Babilonia todavía merodeaban a las afueras de los muros de la ciudad. Ya está. Eso es todo lo que vas a obtener, y esa soy yo siendo generosa. De nada.


Sin embargo, esto es lo que te voy a contar. Seré rápida:

  • No supo lo que yo era hasta después. No sintió remordimientos ni curiosidad porque debería haber sido estrangulado al nacer. No fui nada para él salvo un objeto, y después no fui nada salvo una curiosidad.
  • Mis plumas de cobre le cortaron las yemas de los dedos y las palmas de las manos mientras me separaba las alas.
  • Estaba haciéndome pasar por mortal este siglo porque me gustan los cigarrillos y el shawarma, y es más fácil pedir shawarma si tus chillidos desgarradores no vuelven loco al repartidor. La mortalidad es entretenida en dosis pequeñas. Es muy auténtica, muy pies-en-la-tierra. Hay canciones de cuna y nenúfares y tormentas de verano y casi nunca un idiota intenta cortarte la cabeza por algún estúpido deber heroico para con los dioses. Si quieres sentarte sobre tus posaderas a leer un libro, nadie va a juzgarte por ello. Y también está el shawarma.
  • Mi espíritu ya había huido antes de que acabara todo el asunto. De vuelta al Nido, de vuelta al Huevo. Mis hermanas cacarearon y piaron y ronronearon con suavidad. Me incubaron bajo sus emplumados traseros como ya habían hecho otras tantas veces, como yo hice muchas veces por ellas. Las hermanas tienen que cuidarse unas a otras. Somos todo lo que tenemos, y la eternidad es un largo y lento infierno si no tienes amor.
  • Eclosioné renovada. Batí mis alas y huracanes desolaron ciudades en seis realidades diferentes. Puede que estuviera un poco jodidamente cabreada.
  • Puede que llorase. Aunque tampoco necesitas saber eso.
  • Nos deslizamos de vuelta al plano mortal con el sonido de un Mercury Cougar del 67 rugiendo por una carretera secundaria, una hermana en el asiento delantero, tres en los de atrás, y yo al volante con un cigarrillo colgando entre mis afilados dientes. Puedes encajar un montón de alas en esos coches viejos, siempre y cuando sepas plegar la realidad de la manera adecuada.
  • Es fácil perderse por esas carreteras secundarias, pero mis viejas alas me llamaban desde su ático. No nos perdimos.
  • Estaba solo cuando paramos a la entrada de su casa, con la grava crepitando bajo las ruedas como si fuese un montón de huesos. Tenía un arma. Cerró las puertas con llave. Las cerraduras se abrieron para nosotras; nos hicimos con su arma.
  • ¿Lloró? Oh, sí. Como un puto bebe.
  • No sabía lo que eras, dijo. No lo sabía. Solo quería llamar tu atención, y tú ni siquiera me mirabas. Lo intenté todo.
  • Bueno, chico, dije yo, apagando mi cigarrillo en la floreada alfombra de la familia, ahora la tienes.
  • Nuestras garras pueden destruir galaxias. Nuestras canciones causan pesadillas a los agujeros negros. El filo de nuestras plumas corta la luz de luna en telarañas de plata y la realidad en universos paralelos. ¿Le hicimos pedazos? Venga, por favor, no hagas preguntas estúpidas.
  • ¿Le matamos? Ehh, dicho de alguna manera, sí. Dicho de otra manera distinta, su materia está siendo despedazada a través de un inabarcable bucle de espacio y tiempo, suplicando por un final a su existencia de muerte continua que no parece llegar nunca. ¿Semántica, verdad? Prefiero no pensar en ello más de lo necesario.

En todo caso, como dije al principio, esta no es la historia de cómo me mató. Es la historia de cómo un puto tornado destrozó una única casa llevándose con él a un prometedor joven de buena familia, dejando atrás un misterio para que los nativos del lugar se pasaran los siguientes veinte años rascándose sus cabezas. Es la historia de cómo una desconocida acabó en una morgue cercana con lo que parecían muñones de alas en su espalda, para nunca ser reconocida o reclamada. Es la historia de cómo mis hermanas y yo nos hicimos con un Mercury Cougar del 67 que todavía usamos de vez en cuando si nos apetece darnos una vuelta por la vertiente mortal del camino.

Lo más seguro es que no recuerdes mi nombre, teniendo en cuenta que no tengo uno que puedas pronunciar o comprender. Lo importante son las historias –cuáles son contadas, cuáles son alabadas, cuáles son lanzadas a una zanja, abandonadas y olvidadas. Esta es mi historia, no la suya. Me pertenece a mí y a mí solamente. La cantaré desde el último árbol marchito en el último planeta destruido por la última explosión estelar cuando la entropía haya disipado todos los mundos y todos los donde, y no quede nada más que unos cuantos y descoloridos envoltorios de caramelos. Mis hermanas y yo cantaremos –todas a la vez, todas juntas, un sonido como un grito que haga justicia por todas las voces olvidadas que alguna vez no hayan querido ser escuchadas en los salones de la Eternidad- y será la última historia de toda la Creación, antes de que las luces parpadeen una última vez y se baje la persiana.

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