ESTACIONES DE HIERRO Y CRISTAL

Seasons of Glass and Iron de Amal El-Mohtar, publicado originalmente en Uncanny Magazine.

Para Lara West.

Tabitha camina, y piensa en zapatos.

Lleva pensando en zapatos desde hace mucho: desde hace tres pares y medio, para ser precisos, aunque es difícil llevar la cuenta cuando están hechos de hierro. Es más fácil contar cuántos pares le quedan: de los sietes con los que partió, le quedan tres, atados cuidadosamente a la mochila que lleva a la espalda, ralentizando su andar con su peso. Las estaciones no la esperan, se deslizan a su lado con el paisaje, por lo que no puede decir con certeza si un año de caminar desgasta una suela, aunque eso cree. Siempre intenta contar los pasos cada vez que empieza un nuevo par, pero es fácil distraerse.

Piensa en zapatos porque de otra manera no podría seguir adelante: cada correa de hierro le corta, roza, causa contusiones y ampollas, pero el dolor alimenta su voluntad para cruzar ríos, montañas, abismos insondables entre acantilados. Debe seguir adelante, o los zapatos nunca se desgastaran. Los zapatos tienen que desgastarse.

Siempre es difícil ponerse un nuevo par.

Hacía tres pares, atravesaba un bosque de pinos, y su penetrante aroma verde despertó algo en ella, algo diferente al entumecimiento habitual: números. Se estremeció bajo la luz que atravesaba las agujas, envolvió los brazos en su capa de piel de oso, hundió los dedos de los pies en la tierra otoñal, y lloró por una emoción, por un momento, por algo que se parecía a la libertad… hasta que los números la asaltaron acompañando al frió, y uno menos, quedan seis acabó con su alivio, uno que, de hecho, solo se podía conseguir cada primer par de zapatos de hierro una vez en la vida.

Hacía dos pares, se encontraba en mitad de un lago, cruzando sobre sus azules profundidades, cuando el último pedazo de suela se deshizo. Cayó y se hundió mientras se desabrochaba las correas, se apresuró a sacar un nuevo par de la mochila, siguió hundiéndose hasta que se rompió un dedo al intentar introducir el pie a toda velocidad, entonces volvió a encontrarse de nuevo en la superficie, cojeando hacia la lejana costa.

Hacía un par, estaba en el mar. Se limpió los pies con sal y miró a las estrellas, preguntándose si ahogarse dolería.

Recuerda los zapatos que han llevado sus hermanos: un par de botas de siete leguas, hechas de cuero blando; sandalias aladas; zapatillas de satén que hacían a uno invisible. Qué extraño, piensa, que sus hermanos llevaran zapatos que aligeraban sus pasos y domesticaban el mundo, haciéndolo más pequeño, fácil de explorar y descubrir.

Quizá, piensa, no es tan extraño: ¿Por qué no deberían los zapatos ayudar a sus dueños en sus viajes? Quizá, piensa, lo extraño son los zapatos que las mujeres son obligadas a llevar: zapatos de cristal; zapatos de papel; zapatos de hierro al rojo vivo; zapatos para bailar hasta la muerte.

Qué extraño, piensa, y sigue caminando.


Amira ha hecho el permanecer quieta un arte .

Se sienta en lo alto de una colina de cristal, su cima esculpida en forma de trono, duro pero suave, hecho a su medida siempre que no se mueva. La magia la constriñe, arraiga su quietud a través de ese trono. Allí ha resistido tormentas, la lluvia, gruesa como dedos, colándose entre el cristal y la tela, la piel y el pelo, intentando hacerla revolverse de una u otra manera, pero ha resistido firme, erguida, con una manzana dorada en su regazo.

A veces tiene hambre, pero la magia también se ocupa de eso; a veces siente cansancio, y la magia la ayuda a dormirse. La magia protege su piel bronceada de quemarse durante el día, y protege sus sedosos pies de congelarse durante la noche -siempre que no se mueva, siempre que siga sentada en su trono en lo alto de la colina de cristal.

Desde sus alturas puede ver muchas cosas: granjeros cuidando de sus tierras, viajeros caminando de aldea a aldea, un robo o un asesinato ocasional. Le gustaría tanto bajar de la colina y hablar con ellos, si no fuera por los pretendientes.

Arremolinados y clamorosos alrededor de la base de la colina de cristal están los caballeros, príncipes, jóvenes pastores que se han enamorado de ella con violencia. Se animan a gritos unos a otros mientras cargan con sus caballos de guerra colina arriba, estrellándose contra sus muros de cristal oleada tras oleada, intentando llegar hasta la ella.

Según se derraman derrotados colina abajo, con sus caballos resollando, sus piernas torcidas o rotas, le gritan maldiciones: la zorra, la bruja, acaso no puede ver lo que les está haciendo, la puta de cristal en la colina de cristal, ya la alcanzaran mañana, mañana, mañana.

Amira aprieta su manzana dorada. Por el día se distrae con los pájaros: los gansos salvajes que vuelan sobre su cabeza, las gaviotas y vencejos y golondrinas, las alondras. Recuerda la historia de unos cisnes a los que les arrojaban unas camisas, se pregunta si podría saltar y alcanzar a arrancar una pluma de algún pájaro para conseguir ella unas alas propias.

De noche, hila formas en las estrellas, imagina constelaciones familiares en formas diferentes: imagina que el gran cazo es una hoz, o un oso. Cuando se queda sin pájaros ni estrellas, recuerda que fue ella quien eligió aquello.


Tabitha alcanza a ver la colina de cristal como si fuera el filo de una navaja hecha de luz, cortando una franja verde en su visión antes de que pueda apartar la mirada. Se encuentra saliendo de un bosque; el sol de la mañana es moribundo, brilla sin dar calor; la hierba congelada cruje bajo la presión de sus tacones de hierro, pero al menos el frió del hielo fundido alivia la piel expuesta entre las correas.

Se sienta al linde del bosque a contemplar cómo cambia la luz.

Hay hombres en la base de la colina; el sonido que producen es un estruendo sordo que le recuerda al océano. Les observa espolear a sus caballos hasta hacerlos sangrar. Magia fuerte debe haber en esa colina, piensa, para hacer a unos hombres comportarse de manera tan estúpida; magia fuerte debe haber en esa colina, para desgastar tantas herraduras de hierro.

Se mira a los pies, y sube la colina. Mide la calidad del dolor de sus pies en números, no en grados: si su dolor es un seis es porque hace frio, es azul hielo; si su dolor es un siete, es rojo, inflamado, sangrante; si su dolor es un tres, es una sensación casi amarilla, embotada, quizá una infección supurante.

Su dolor ahora es un cinco, verde y marrón, robusto y estable, suficiente para permitir el ascenso.

Espera al atardecer, y parte a través del claro.


Amira observa a la niebla alzarse según se oculta el sol, y su corazón canta al ver la realidad hacerse tan ligera: un gran y fresco silencio, un aroma a agua sin pizca de hedor, sudor o sangre. Le encanta ver el mundo desaparecer ante sus ojos, tan silencioso, tan en calma.

Su corazón se salta un latido cuando escucha un sonido procedente de algún lugar por debajo de ella, entre la niebla: raspado, pesado, abrasador, firme, al contrario que sus propios nervios, porque alguien está escalando la colina de cristal y eso no debería ser posible, nadie debería ser capaz de alcanzarla, pero la magia es magia y siempre hay magia más poderosa. Al principio piensa que es un oso, entonces reconoce que es una capucha peluda, percibe una delicada y pálida barbilla bajo ella, una boca ancha retorcida en un gruñido de dientes apretados por el esfuerzo de la ascención.

Amira observa, inquieta, al extraño encapuchado y sin caballo llegar a la cima, y detenerse e inclinarse y jadear, y buscar el refugio cálido de su capa de piel de oso. Amira ve a una mujer, y la mujer la ve a ella, y la mujer parece una pluma y una espada, y muy, muy hambrienta.

Amira le ofrece su manzana dorada sin mencionar palabra.


Tabitha había pensado que la mujer ante ella era una estatua, o un ornamento de cobre, o un ídolo, hasta que su brazo se movió. Una parte de ella la previene de aceptar comida de una mujer mágica en la cima de una colina de cristal, pero la prudencia es reprimida por un ansia que no había sentido en semanas; llevando los zapatos se suele olvidar de su estómago hasta que la debilidad le impide poner un pie delante de otro.

La manzana no parece comestible, pero la muerde de todos modos, y la piel se rompe como azúcar caramelizado, el interior desprende un claro y dulce zumo. Se la come entera, corazón y todo, antes de mirar a la mujer del trono y decir –con una grosería que no siente ni pretende- “Gracias.”

“Mi nombre es Amira,” dice la mujer, y Tabitha se maravilla de cómo consigue hablar sin mover ninguna otra parte de su cuerpo, cuán afinados están los mecanismos de su boca. “¿Has venido a casarte conmigo?”

Tabitha la observa en silencio. Se limpia el jugo de la barbilla, como si eso pudiese borrar la manzana dorada de su estómago. “¿Tengo que hacerlo?”

Amira parpadea. “No, es solo que… es por lo que la gente intenta trepar la colina, ya sabes”

“Oh. No, yo solo…” Tabitha tose, ligeramente incómoda. “Solo estoy de paso.”

Silencio.

“La niebla era espesa, me despisté.”

“¿Has escalado” –la voz de Amira es pausada- “una colina de cristal” –casi un susurro- “por accidente?”

Tabitha se limpia nerviosa con el dobladillo de su camisa.

“Bueno,” dice Amira, “ha sido un placer conocerte, ah…”

“Tabitha.”

“Sí. Ha sido un placer conocerte, Tabitha.”

Más silencio. Tabitha se muerde el labio inferior al ver la oscuridad que se extiende a las faldas de la colina. Entonces, dice “¿Por qué estás si quiera aquí?

Amira la mira con frialdad. “Por accidente.”

Taitha suelta un bufido. “Ya veo. Muy bien. Mira.” Señala sus zapatos de hierro. “Tengo que llevar estos zapatos hasta desgastarlos. Son mágicos. Al parecer, cuanto más rara es la superficie –cuanto más difícil fuera andar sobre ella con un calzado normal- más se gasta la suela. Así que tu colina mágica…

Amira asiente, o al menos a Tabitha le da la sensación de que asiente –podía haber sido un parpadeo alargado que transmitiera la sensación de que su cabeza se había movido.

“…parece justo lo que necesito. No sabía que había alguien en la cima; he esperado a que los hombres en la base se fueran, parecían una banda de lo más desagradable.”

No es que Amira se estremezca, es que su quietud se hace aún más densa. Tabitha siente algo parecido a una alarma que empieza a sonar amortiguada en su estómago.

“Se marcharan cuando las noches se hagan más frías. Eres más que bienvenida a quedarte,” dice Amira, en tono de profunda cortesía, “y rascar tus zapatos sobre el cristal.”

Tabitha hace una reverencia, y se queda, pues en algún lugar entre la medida musicalidad de las palabras de Amira ha escuchado un por favor.


Amira se queda medio dormida, sentada y hablando con alguien que no tiene intención de acabar con ella, de abrirla de par en par para hacerse con la mitad del reino que guarda en su interior.

“¿Ellos te pusieron aquí?” Pregunta Tabitha, y Amira encuentra extraño escuchar ira que no está dirigida a ella, ira que parece estar a su favor.

“No,” dijo con suavidad. “Yo elegí esto.” Entonces, antes de que Tabitha pueda preguntar algo más, “¿Por qué andas tú sobre zapatos de hierro?”

La boca de Tabitha se abre pero sus palabras se frenan, y Amira puede verlas cambiar de rumbo en su garganta como una bandada de estorninos. Decide cambiar de conversación.

“¿Alguna vez has escuchado el sonido que hacen los gansos cuando vuelan sobre tu cabeza? No me refiero a los graznidos, todo el mundo puede escuchar eso, si no sus alas. ¿Alguna vez has escuchado sus alas?”

Tabitha sonríe un poco. “Como un trueno, cuando se alzan en vuelo desde un río.”

“¿Qué? Oh.” Una pausa; Amira nunca ha visto un río. “No, no es nada parecido a eso cuando vuelan sobre ti. Es… un chasquido, como la puerta de una estofa que no rechina, como si los gansos fueran máquinas vestidas de carne y plumas. Es un sonido hermoso –bajo los graznidos es un zumbido apagado, pero si vuelan en silencio es como… ropa, como si al escuchar con atención, pudieses descubrirte vistiendo alas.”

Sin darse cuenta, Amira había cerrado los ojos mientras hablaba de gansos; los abre para ver a Tabitha observándola con una mirada curiosa, y se siente brevemente desorientada por el escrutinio. Tampoco está acostumbrada a que la escuchen.

“Si tenemos suerte,” dice suavemente, haciendo girar una manzana dorada entre sus manos, “veremos algunos esta noche. Es el momento adecuado del año.”


Tabitha abre la boca, entonces la cierra con tanta fuerza que sus dientes chocan. No pregunta ¿cuánto tiempo has estado ahí sentada como para saber cuándo vienen los gansos?; no pregunta ¿de dónde viene esa manzana dorada? ¿No me la acabo de comer ahora mismo? Entiende lo que Amira está haciendo y se lo agradece. No quiere hablar de sus zapatos.

“Nunca he escuchado ese sonido,” dice en su lugar, despacio, intentando no mirar a la manzana. “Pero los he visto en ríos y lagos. Centenares a la vez, gimiendo como viejas esposas alrededor de un pozo, hasta que algo les espanta, y entonces son como tambores, o truenos, o el viento de una tormenta entre las ramas. Un sonido inmenso, casi ensordecedor –no uno que quieras escuchar de cerca.”

“Me gustaría oírlo,” suspira Amira, mirando hacia los bosques de más abajo. “Verlo. ¿Cómo es?”

“Denso, oscuro…” Tabitha busca las palabras adecuadas. “Como si el río mismo se alzara, levantando sus faldas y despegando.”

Amira sonríe, y Tabitha siente que un calor se enreda en su pecho al pensar que ha conseguido darle algo.


“¿Te gustaría otra manzana?” Ofrece Amira, y nota la cautela en la mirada de Tabitha. “Siguen apareciendo. Yo misma me las como de vez en cuando. No estaba segura si… creía que era una recompensa para quien consiguiera alcanzar la cima, pero supongo que la idea es que seguirán apareciendo hasta que le de una a uno de esos hombres.”

Tabitha frunce el ceño, pero acepta. Mientras se la come, Amira siente la mirada de Tabitha clavada en sus manos vacías, esperando cazar la reaparición de la manzana, e intenta no sonreír –ella hizo lo mismo las primeras cincuenta veces, poniendo a prueba la magia de la colina. Era la primera vez, sin embargo, que veía a alguien que no era ella misma acechando a la manzana.

Al darle el último mordisco, Amira ve cómo su mirada se confunde, distraída, como si notara un pelo en la lengua o un olor extraño –y el peso de la manzana está otra vez en la mano de Amira, que siente como si nunca se hubiese ido.

“No creo que la magia nos deje ver cómo pasa,” dice Amira, casi como una disculpa por la evidente decepción de Tabitha. “Pero desde que estoy sentada aquí, siempre he tenido una manzana.”

“Me gustaría probar otra vez.” Dice Tabitha, y Amira sonríe.


Primero, Tabitha espera. Cuenta los segundos, observando las manos vacías de Amira. Tras setecientos segundos, una manzana aparece en la mano de Amira. Amira la contempla, pasando la mirada de ella a la que reposa en la mano de Tabitha.

“Eso… nunca ha pasado antes. No pensé que pudiese haber más de una a la vez.”

Tabitha coge la segunda manzana pero esta vez la muerde, contando los mordiscos cuidadosamente, mientras mira las manos de Amira. Tras el séptimo mordisco, la mano de Amira vuelve a estar llena. Se hace con la tercera manzana sin decir palabra.

Tabitha cuenta –los minutos, los mordiscos, el número de manzanas- hasta que tiene siete en su regazo; cuando recibe la octava de Amira, las siete primeras se convierten en arena.

“Creo que es la magia que hay en mí,” dice Tabitha pensativa, sacudiendo el polvo de manzana de su piel de oso. “Estoy ligada a los sietes –tú estás ligada a los unos. Solo puedes tener una manzana a la vez -yo puedo tener siete. ¿No es gracioso?”

La sonrisa de Amira parece vaga y forzada, y tan solo tras un momento Tabitha se da cuenta de que está observando la arena siendo arrastrada colina abajo por el viento.


El otoño se convierte en invierno, y la escarcha cubre la colina de cristal con una capa de diamantes. De día, Amira ve cada vez menos y menos hombres sucumbiendo a las faldas de la colina mientras Tabitha se sienta a su lado, acurrucada en su piel de oso; de noche, Tabitha camina en círculos a su alrededor mientras hablan de todo tipo de cosas excepto de hierro y cristal. Mientras Tabitha camina, Amira intenta echar un vistazo a sus pies encadenados, siempre apartando la mirada en el último momento para que no la coja espiando. A través de las correas que le envuelven los pies hasta el tobillo, Amira percibe que no son más que retorcidas ruinas ennegrecidas, con dedos doblados en ángulos extraños, llenos de costras y cicatrices.

Una mañana, Amira se despierta rodeada de una calidez inesperada y descubre la piel de oso de Tabitha envolviéndola. Se sorprende tanto que está a punto de ponerse en pie para ir a buscarla -¿Se ha ido? ¿La ha dejado?- pero Tabitha vuelve a aparecer caminando en su campo de visión antes de que Amira haga algo drástico, frotándose sus delgados brazos, soplándose los dedos. Amira está horrorizada.

“¿Por qué me has dado tu capa? ¡Cógela!”

“Los labios se te estaban poniendo azules mientras dormías, y no puedes moverte.”

“Está bien, Tabitha, por favor.” La desesperación en la voz de Amira frena la caminata de Tabitha, que se queda clavada en el sitio. Recupera su capa a regañadientes y se la pone sobre los hombros. “Las manzanas –o la colina en sí, no lo sé- me mantienen suficientemente abrigada. Ven, toma otra.”

Tabitha la mira, dudando. “Pero parecías tener tanto frio…”

“A lo mejor es como tus pies,” dice Amira antes de poder censurarse. “Parecen estar rotos, pero todavía puedes caminar con ellos.”


Tabitha se queda mirándola durante un buen rato, antes de aceptar la manzana. “También se sienten como si estuvieran rotos.” –dice bajando su mirada a la manzana, bajando la voz- “aunque cada vez menos.”

Le da un mordisco. Mientras come, Amira se atreve a decir, con cautela, “Creí que te habías ido.”

Tabitha alza una ceja, traga y se ríe. “¿Sin mi capa, en pleno invierno? Me gustas, Amira, pero…” No tanto muere en su lengua al saborear la mentira en ello. Tose. “Sería absurdo. Además, no me iría sin decir adiós.” Una pausa indecisa. “Aunque, si estás cansada de la compañía…”

“No,” dice Amira, rápida, segura. “No.”


La nieve cae, y los últimos pretendientes dejan sus campamentos, retirándose farfullando a sus hogares. Ahora Tabitha anda en círculos alrededor del trono de Amira tanto de día como de noche, sin miedo a ser vista.

“No volverán hasta la primavera,” dice Amira, sonriendo. “Aunque renovaran sus intentos hasta bien entrada la noche ya que los días serán más largos. Quizá para recuperar el tiempo perdido.”

Tabitha frunce el ceño, y el delicado anillo de su charla se ha estrechado lo suficiente por entonces como para que se atreva a preguntar mientras camina, “¿Cuántos inviernos has pasado aquí arriba?”

Amira se encoge de hombros. “Tres, creo. ¿Cuántos inviernos has pasado en esos zapatos?”

“Este es el primero,” dice Tabitha, parándose. “Pero he llevado otros tres pares antes que este.”

Amira asiente. “Quizá para cuando llegue la primavera ya los hayas desgastado.”

“Quizá,” dice Tabitha, antes de retomar su circuito de nuevo.


El invierno se deshiela, y todo huele a nieve derretida y madera mojada. Tabitha se aventura colina abajo y trae copos de nieve para Amira, trenzándolos en su cabello oscuro. “Parecen estrellas,” murmura Tabitha, y algo en Amira se agrieta y se rompe, como un carámbano de hielo en una rama.

“Tabitha,” dice, “casi es primavera.”

“Mm,” dice Tabitha, forcejeando con una trenza especialmente rebelde.

“Me gustaría…” Amira ahoga un profundo y silencioso suspiro. “Me gustaría contarte una historia.”

Tabitha se para –entonces, volviendo a sus trenzas, dice, “me gustaría escuchar una.”

“No sé si soy buena contando historias,” añade Amira, pasándose una manzana dorada de mano en mano, “pero esa no es razón para no intentarlo.”


Hace mucho tiempo había un rey que no tenía hijos y cuya única hija era demasiado bella. Era tan hermosa que los hombres no podían contenerse de tocarla en los pasillos o seguirla hasta su habitación, tan hermosa que palabras de deseo se derramaban de sus bocas como diamantes y sapos, irresistibles e imparables. El rey sintió misericordia por estos hombres y se llevó a su hija aparte, diciéndole, Hija, solo un marido puede romper el hechizo que ha caído sobre estos hombres; solo un marido puede prevenirles de actuar de manera tan galante para contigo.

Cuando la hija de rey sugirió celebrar un baile, para que aquellos hombres encontraran maridos para ellos mismos y se convirtieran así en personas civilizadas, el rey la ignoró. Has de casarte, dijo el rey, antes de que ni siquiera un guardia pueda reprimirse de tomar tu virtud.

La hija del rey tenía miedo, y dijo, ¿Y si me envías lejos?

No, dijo el rey, pues, ¿cómo podría vigilarte entonces?

La hija del rey, que no quería un marido, dijo, ¿Y si escoges el príncipe de un país vecino para mí?

Imposible, dijo el rey, pues eres mi única hija, y no puedo favorecer a un vecino en detrimento de otro; el equilibrio de poder es precario y complicado.

La hija del rey leyó una conclusión innombrable en los ojos de su padre, y rápidamente, para evitar que llegara a su boca, dijo, “¿Y si me dejas en lo alto de una colina de cristal donde nadie pueda alcanzarme, y dices que solo el hombre que pueda cabalgar hasta su cima con la armadura puesta pueda reclamar a tu hija?”

Pero esa es una misión imposible, dijo el rey, pensativo.

Podrías mantener tu reino intacto, y mantenerme vigilada, y a los hombres a salvo de mi belleza, dijo su hija.

Y así se hizo, según su voluntad. Y si no ha muerto aún, allí seguirá.


Cuando Amira terminó de hablar, se sorprendió al descubrir a Tabitha frunciendo el ceño mientras la observaba.

“Eso,” dijo Tabitha, “es absurdo.”

Amira parpadeó. Esperaba, se dio cuenta, algo de simpatía, algo de comprensión. “¿Oh?”

“¿Qué padre busca proteger a los hombres de perseguir a su propia hija? ¡Es como proteger a los lobos del conejo!”

“No soy un conejo,” se ofende Amira, a pesar de lo cuál, Tabitha abandona su cabello y continua con su caminata incesante.

“¿Cómo puede ser culpa tuya que los hombres sean lujuriosos y carezcan de modales? Amira, te lo prometo, si tu pelo fuese solo paja y tu cara sucia como agua de fregar, los hombres –o al menos los peores- seguirían comportándose así. ¿Crees que los pretendientes alrededor de la colina pueden ver cómo eres desde ahí abajo?”

Amira se queda en silencio, sin saber muy bien qué decir. No sabe por qué quiere disculparse con un lado de la boca y defenderse con el otro.

“Tú elegiste esto,” escupe Tabitha. “¿Qué clase de elección es esa? Las fauces de un lobo o una colina de cristal.”

“En la colina,” dice Amira, con los labios apretados. “No me falta nada. No necesito comida ni agua ni refugio. Nadie puede tocarme. Es todo lo que siempre he querido –que nadie pueda tocarme. Mientras permanezca aquí sentada, y coma manzanas, y no me mueva, tendré todo lo que quiera.”

Tabitha permanece callada por un momento. Entonces, más suavemente que antes, dice, “Creía que querías ver un río lleno de gansos.”

Amira no dice nada.

Tabitha dice, con aún más suavidad, “Los míos no son los únicos zapatos de hierro del mundo.”

Todavía nada. El corazón de Amira late con fuerza en su interior, hasta que Tabitha lanza un suspiro.

“Déjame contarte una historia sobre zapatos de hierro.”


Hace mucho tiempo una mujer se enamoró de un oso. No tenía intención de hacerlo; solo que él era temible, pero bueno con ella, era peligroso y listo y podía enseñarle a pescar salmones y a recoger miel salvaje, y ella había estado sola durante mucho tiempo. Se sentía especial cuando él la miraba, pues, ¿qué mujer podía decir que había sido amada por un oso sin acabar despedazada entre sus fauces? Le amaba por amarla a ella como no amó a ninguna otra.

Se casaron, y en la noche de bodas el oso adoptó su forma humana para compartir su lecho en la oscuridad. Al principio era amable y dulce, y la mujer era feliz; pero con el tiempo el oso empezó a cambiar –no su forma, que ella conocía tan bien como la suya propia, si no su manera de ser. Se comportaba de manera amarga y celosa, acusándola de desear en secreto estar con un oso que fuera hombre tanto de día como de noche. Le decía que era una mala esposa porque no sabía cómo complacer a un oso. De día le hablaba en un idioma de espinas y garras, y de noche le hacía daño con su cuerpo. Fue duro para ella, ¿pero cómo puede alguien amar a un oso sin sentir algo de dolor? Hizo todo lo posible por trabajar mucho más duro para complacerle.

Al séptimo año de matrimonio, la mujer suplicó a su esposo que le dejara ir a visitar a su familia. Le contestó que accedía a la visita con la condición de que no se quedara nunca a solas con su madre, pues de bien seguro intentaría ponerla en su contra. Ella se lo prometió –pero su madre descubrió las marcas de los arañazos y los moratones, y la arrastró a una habitación para estar con ella a solas. En un momento de debilidad, la mujer escuchó las palabras de su madre contra su marido, llamándole monstruo, un demonio. La madre insistió en que le dejara -¿Pero cómo podría ella hacer algo así? Todavía era su amado esposo a pesar de todo –solo quería que fuese otra vez como cuando se casaron. Quizá estaba bajo una maldición que solo ella podía romper.

Quema su piel de oso, dijo su madre. A lo mejor esa es su maldición. A lo mejor anhela ser un hombre día y noche pero tiene prohibido decirlo.

Cuando volvió junto a su marido, este parecía haberla echado de menos, y fue amable y dulce. De noche, mientras dormía junto a él en su forma humana, se hizo con su piel de oso tan en silencio como pudo, encendió el fuego y la lanzó dentro.

La piel no ardió. Empezó a gritar.

Despertó a su marido, que estalló en una tormenta de rabia, acusándola de romper su promesa. Cuando la mujer lloró, intentado decirle que lo único que quería era liberarle de su maldición, él cogió la piel, la puso sobre sus hombros, y lanzó una bolsa de zapatos de hierro a sus pies. Le dijo que la única manera de mantenerle como hombre de día y de noche era portando su piel de oso mientras desgastaba siete pares de zapatos de hierro, uno por cada año de matrimonio.

Y se marchó a hacer precisamente eso.


Los ojos de Amira están abiertos de par en par y ribeteados de rojo. Tabitha se sonroja, y libera una aguja atrapada entre el pelaje de su marido.

“Sabía que el matrimonio era monstruoso,” dice Amira, “pero nunca me imaginé…”

Tabitha se encoge de hombros. “No todo fue tan malo. Y yo rompí mi promesa –si no hubiese ido a ver a mi madre, nunca se me habría ocurrido quemarle la piel. Las promesas son importantes para los osos. Esto” –señaló a la colina de cristal- “esto sí es monstruoso: mantenerte prisionera, prohibirte moverte o hablar.”

“¡Tu marido quería prohibirte hablar! ¡Con tu madre!”

“Y mira lo que pasó cuando lo hice,” dice Tabitha con severidad. “Era una prueba de lealtad, y no la pasé. Tú no hiciste nada malo.”

“Qué gracioso,” dice Amira, sin sonreír, “porque a mí todos los días me parecen una prueba: Huiré de la colina o no, intentaré alcanzar un pájaro o no, le lanzaré una manzana al hombre que no debería, hablaré demasiado alto, les daré una razón para intentar herirme y que vuelvan a caer de la colina, y cada día que pasa es una prueba más que logro pasar.”

“Eso es diferente. Eso es espantoso.”

“¡No veo la diferencia!”

“¡Tú no quieres a la colina!”

“Te quiero a ti,” dice Amira con suavidad. “Te quiero, y no entiendo cómo alguien que dice quererte quiera hacerte daño y obligarte andar sobre zapatos de hierro.”

Tabitha se muerde los labios, intentando formar palabras, y falla.

“He contado muy mal la historia,” dice al final. “He sido egoísta. No te he contado lo bueno que era conmigo –cómo me hacía reír, las cosas que me enseñó. He podido sobrevivir a los viajes sobre los zapatos de hierro gracias a su guía, gracias a poder distinguir entre las bayas venenosas y las que no lo son, gracias a que me enseñó a cazar. Lo que le pasó, los cambios que se produjeron en él…” –Tabitha se sentía muy cansada- “tuvo que haber sido mi culpa. Se supone que debería haberlo soportado hasta que se rompiera la maldición, pero fracasé. Es lo único que tiene sentido.”


Amira miró los pies arruinados de Tabitha.

“¿De verdad crees,” dijo con todo el cuidado que pudo para mantener la espalda pegada a su trono de cristal, “que no tengo nada que ver con las atenciones que me ofrecen esos hombres? ¿Que se habrían comportado de igual manera independientemente de si fuera bella o no?”

“Sí,” dice Tabitha con seguridad.

“¿No es posible entonces” –pronunciando con cautela, ahora, la idea en voz alta- “que la crueldad de tu marido no tenga nada que ver contigo? Has dicho que te hizo daño bajo sus dos formas.”

“Pero yo…”

“Si ya has desgastado la mitad de tus zapatos, ¿no deberías volver tus pasos hacia él, para que el último par se desgaste ante la casa que compartíais?”

Bajo la cambiante luz de la luna, sus dos caras tienen un aspecto azulado, pero Amira se percata que la de Tabitha adquiere un tono gris.

“Cuando era una niña,” dijo Tabitha roncamente, como luchando con algo en su garganta, “pensaba que el matrimonio era un hilo dorado que ataba a dos corazones –un fuego que fundía uno al otro, cálido como un día de verano. Nunca pensé en zapatos de hierro.”

“Tabitha” -y Amira no sabe qué otra cosa hacer salvo alcanzar su mano, apretarla, mirarla del mismo modo con el que mira a los gansos, anhelando hablar y ser escuchada- “no hiciste nada malo.”

Tabitha le devuelve la mirada. “Tú tampoco.”

Se quedan así un rato, hasta que el sonido de siete gansos volando sobre ellas les hace alzar la vista hacia las estrellas.


Los días y las noches se hacen más cálidos; más y más gansos pasan sobre ellas. Una mañana, Tabitha empieza a dar sus vueltas de costumbre cuando se tropieza y cae sobre los brazos de Amira.

“¿Estás bien?” se preocupa Amira, mientras Tabitha se agarra al trono, respirando con dificultad, sacudiendo la cabeza.

“Los zapatos,” dice maravillada. “Se han desgastado. El cuarto par. Amira.” Tabitha se ríe, sorprendida al sentir el sonido más como un sollozo. “Se han terminado.”

Amira sonríe y se inclina para besarle la frente. “Felicidades,” murmura, y Tabitha cree escuchar algo más en aquella palabra mientras intenta alcanzar, temblorosa, vacilante, el siguiente par. “Espera,” dice Amira en un susurro, y Tabitha se para.

“Espera. Por favor. No,” y Amira se muerde el labio y aparta la mirada. “No tienes que… puedes quedarte aquí sin…”

Tabitha entiende lo que le quiere decir, y vuelve a coger la mano de Amira. “No puedo permanecer aquí arriba para siempre. Tengo que irme antes de que los pretendientes vuelvan.”

Amira lanza un profundo suspiro. “Lo sé.”

“Aunque tengo una idea.”

“¿Oh?” Amira sonríe con debilidad. “¿Quieres casarte conmigo después de todo?”

“Sí.”

La quietud de Amira se convierte en cristal ante su sorpresa.


Tabitha habla, y Amira apenas la comprende, siente como sus palabras se deslizan de su mente como arena por la ladera de una colina de cristal. Cualquier cosa, cualquier cosa con tal de mantener sus pies fuera de esas celdas de hierro.

“Quiero decir, no como un matrimonio normal, solo para llevarte lejos de aquí. Si quieres. Antes de que los pretendientes vuelvan. ¿Puedo hacerlo?”

Amira contempla la manzana dorada en su mano. “No sé… ¿A dónde iríamos?”

“¡A cualquier parte! Los zapatos pueden caminar por cualquier sitio, sobre cualquier cosa…”

“¿De vuelta con tu esposo?”

Algo como un trueno cruza la cara de Tabitha. “No. Allí no.”

Amira alza la mirada. “Si vamos a casarnos, insisto en un intercambio de regalos. Deja la piel y los zapatos atrás.”

“Pero…”

“Sé lo que te han costado. No quiero caminar sobre el aire y la oscuridad sabiendo que el precio es tu sufrimiento.”

“Amira,” dice Tabitha impotente. “No creo que pueda andar ya sin ellos.”

“¿Lo has intentado? Llevas comiendo manzanas dorados por algún tiempo. Y puedes apoyarte en mí.”

“Pero… podrían resultar útiles.”

“La colina de cristal también me ha sido muy útil,” dice Amira con tranquilidad, “y las manzanas doradas me han mantenido caliente y me han alimentado. Pero las dejaré. Te seguiré a través de bosques y campos, y sentiré hambre y frío y me dolerán los pies. Pero si estás conmigo, Tabitha, aprenderé a cazar y a pescar y a diferenciar entre las bayas venenosas y las que no lo son, y contemplaré un río alzando su velo de gansos, y les escucharé produciendo el sonido del trueno. ¿No crees que pueda hacerlo?”

“Sí,” dice Tabitha, atragantándose de ansia, “Sí que puedes.”

“Pues yo creo que puedes andar sin los zapatos de hierro. Déjalos aquí, y a cambio, te daré mis zapatos de seda, y llenaremos tu mochila con siete manzanas doradas, y si las racionas, quizá puedas caminar hasta que te encontremos algo mejor.”

“¡Pero no podemos descender la colina sin los zapatos!”

“No tenemos que hacerlo.” Amira sonríe, acariciando el pelo de Tabitha. “Caer es fácil, mantenerse en pie es lo que es difícil.”

Ninguna de las dos dice nada por un momento. Entonces, con cuidado, pues ahora la colina es resbaladiza para ella, Tabitha se despoja de su piel de oso, se desabrocha las tiras de hierro de sus zapatos, y se los da junto a su mochila a Amira. Amira saca los tres últimos pares y los reemplaza por manzanas doradas, apretando las correas de la mochila firmemente tras introducir la séptima. Devuelve la mochila a Tabitha, que se la echa al hombro.

Entonces, tomando a Tabitha de la mano, Amira inspira una profunda bocanada de aire y se pone en pie.


El trono de cristal se resquebraja. Se produce un sonido como un rugido de murmullos al deshacerse la colina de cristal en torrentes de arena. Se traga la piel de oso y los zapatos; se traga a Amira y a Tabitha; con un último siseo se asienta en una duna en forma de domo.

Con las manos aún entrelazadas, Amira y Tabitha surgen tosiendo, riéndose, sacudiéndose la arena de su pelo y su piel. Se quedan allí de pie, esperando, pero ninguna manzana dorada aparece de la nada para separar sus manos.

“¿A dónde deberíamos ir?” le susurra una a la otra.

“Lejos,” le responde, y cogidas de la mano, se lanzan a la primavera, con el amplio mundo alzándose para recibirlas con el amanecer.

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